Yo nunca pierdo la esperanza
El pasado 23 de febrero de
este 2014 murió, no solamente una de las más
longevas mujeres en el mundo (cumplió 110 años), sino que era una de las más
increíbles testigos del Holocausto, la pianista y
concertista Alice Herz-Sommer. En su honor, Caroline Stoessinger escribió hace
dos años la biografía de esta mujer extraordinaria, en un libro que vale cada
página, y que lleva el título de El mundo
de Alice.
Alice fue una mujer
originaria de Checoeslovaquia que tuvo la dicha de conocer a
personajes de la talla de Gustav Mahler, Sigmund Freud, Viktor Frankl, Martin
Buber, Franz Kafka, Pablo Casals y Golda Meier. Gracias
a una familia maravillosa, después de una bella infancia y
juventud, Alice perdió en la II Guerra Mundial a su madre y a su esposo en el
Holocausto y, acompañada solamente de su pequeño
hijo Rafi que tenía en ese momento 6 años, sobrevivió en el campo de
concentración de Theresienstadt,
debido a que era una extraordinaria pianista. De esa terrible experiencia, Alice
señala: Yo nunca pierdo la esperanza… yo
creo que la esperanza está relacionada con el sentimiento de que la vida tiene
sentido y, mientras sintamos que lo tiene, tenemos razones para vivir. Pues bien, ¿qué aprendemos de esta mujer? Pregunta la autora de la
biografía, y señala que “ella
lo vio todo; lo mejor y lo peor de la humanidad. Ha vivido su vida con un telón
de fondo del bien en medio del caos del mal y, aún así,
continúa riéndose a carcajadas con el mismo optimismo que cuando era niña”.
Quise comentarles la vida de
esta mujer pues ella es una de esos “testigos de la esperanza” que tanto
necesita el mundo de hoy. No solamente fue una sobreviviente del Holocausto, sino que encontró el secreto para iluminar su vida
en medio de la oscuridad de un mundo que respiraba muerte. De este modo, Dios, su hijo, la música, su tenacidad y el buen
humor, fueron los ingredientes que le ayudaron a seguir adelante y nunca darse
por vencida.
Cuando Isaías se dirigía al
Pueblo de Dios, le expresaba que debería confiar en Dios, pues siempre puede aparecer
la tentación de creer que Dios es un
espectador pasivo y distante. Por esta razón, el
profeta
usa la imagen de una madre con su hijo: ¿Es
que puede una madre olvidarse de su creatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas?
(Is 49, 15-15). La lección de Isaías es que Dios nunca
abandonará al hombre de fe, espera solamente del hombre una fe transformada en
confianza absoluta. Así, el profeta prefigura la presencia de un Dios que se
hace hombre para estar con la humanidad participando de su destino. San Juan el
evangelista se atreverá a afirmar que Dios, puso
su tienda entre nosotros.
Decía
antes que la humanidad de este siglo desconcertante necesita de nuevo la
esperanza y la seguridad de que Dios sigue presente entre nosotros. Hay que
preguntarse: ¿Cómo respondemos ante la invitación de Dios? ¿Verdaderamente
creemos y confiamos en Él? ¿Dios es la razón de nuestro vivir, el "sentido
último" de nuestras búsquedas?
Alice, con su amor a toda
gente, su alegría, la música (especialmente Beethoven) y el deseo de hacer algo
bueno en la vida, transfiguró la miseria que
vivió,
haciéndonos ver que el amor y la fe son más fuertes
que la muerte cuando las baña la esperanza.
Esa esperanza que cantó
Jesús tan bellamente está ya presente en toda esperanza humana, por muy pequeña que sea pues nos da certeza de eternidad. Sin embargo, el
diagnóstico para la actualidad es que cada vez más y más nos vamos hundiendo en
la desesperanza.
Alice estuvo en medio de una
realidad terrible, no imaginable para nosotros. La música era como una ventana
que le hacía ver un cielo diferente, lleno de luz y de vida. En lugar de
amargarse, quiso construir su vida, no a base de lo que había perdido, sino de
lo que le quedaba: su hijo, la música y un corazón invencible (pregunto: ¿qué no todos contamos con lo mismo?).
Esperar es creer en que
Dios, creer que desde su silencio nos ama y nos acompaña. Como muchos judíos en
momentos distintos de su historia, nosotros en ocasiones, por falta de fe, nos
atrevemos a decir: El señor me ha
abandonado. El Señor me tiene el olvido. Pero
Dios no puede dejar a su creatura, pues Él es como la madre que ama hasta lo
indecible.
Dios nos está pidiendo que
dejemos de pensar en nosotros mismos; que alejemos la mirada de nuestros apoyos
humanos y terrenos en los que nos habíamos sostenido hasta el día de hoy y que,
aunque estemos rodeados de maldad y violencia, no dejemos de creer y de confiar
en su poder salvador.
Así lo leemos en el
Evangelio del día de hoy. Jesús vivió y enseñó esa confianza absoluta en Dios Padre: afirma que nuestra vida vale más que el alimento;
además, dice, que no debemos dejar que las preocupaciones nos
agobien; nos anima a que descubramos que valemos más que cualquier cosa a los
ojos del Padre celestial y, añade, que no ganamos nada con preocuparnos de forma desmesurada. Pero hay una condición, afirma Cristo: busquen primero el Reino de Dios y su
justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura (cf Mt 6, 24-34).
Cuenta una leyenda que un caballero,
yendo de casa, se había extraviado en el bosque. Mientras caminaba al azar,
atento a escuchar la voz de un compañero, oyó en lo más oscuro del bosque un
canto de admirable suavidad y belleza. Lleno de asombro dirigió sus pasos hacia
donde provenía la voz, y aquí se produjo una gran sorpresa.
Cantaba un pobre leproso,
con su carne comida por la enfermedad.
-
¿Es posible que cantes con alegría hallándote en estado tan lastimoso?
Respondió el enfermo:
-
¿Acaso no tengo motivos suficientes para alegrarme y cantar? ¿No ves cómo la
única pared que me separa de Dios, este maltrecho cuerpo, va desmoronándose
poco a poco, y que mi espíritu aguarda con esperanza el momento de volar libre
hacia Dios? Esta es la causa de mi alegría y de mis cantos.
Aunque sintamos que nuestro cuerpo se derrumbe, como decía el apóstol
Pablo; aunque pareciera que no hay más que mal en el
mundo, debemos “esperar contra toda esperanza”, pues es Dios quien
guía la historia.
Decía Gabriel Marcel, y con razón, que somos de las generaciones más desprotegidas de
la historia. Es verdad. Nos hemos quedado huérfanos de Dios,
apegados enfermizamente a los bienes materiales, a las modas y los
falsos ídolos del mundo; hemos dejado que la
realidad de violencia nos llene de tristeza y de amargura nuestro corazón;
hemos, en otras palabras, perdido la fe y la
esperanza (y sin estas virtudes, ¿cómo podremos tener amor?). Sin embargo, Dios
ha venido a recordarnos hoy que está presente, a nuestro lado, y nos canta su
amor y protección de una manera maravillosa. Nos pide que dejemos de
preocuparnos y pongamos nuestra confianza en él solamente, luchando por su
Reino que es de paz, de justicia, y de gozo.
Juan
Pablo I decía: [...] a todos los que
esperan se puede aplicar lo que dijo San Pablo de Abraham: creyó, esperando
contra toda esperanza (Rom 4, 8). Diréis todavía: "¿Cómo puede suceder
esto?" Sucede porque se aferra a tres verdades: Dios es omnipotente, Dios
me ama inmensamente, Dios es fiel a sus promesas. y es Él, el Dios de las misericordias,
quien enciende en mí la confianza; por lo cual yo no me siento ni solo, ni
inútil, ni abandonado, sino implicado en un destino de salvación que
desembocará un día en el Paraíso (Juan Pablo I. Alocución 20-IX-1978).
Theresienstadt, Aushwitz, Birkenau,
Westerbork, Bergen-Belsen, son símbolos de desesperanza
contemporáneos, símbolos de maldad y de muerte; son
símbolos de pecado y desesperanza. Así, mientras que Alice,
Ana Frank, y tantos otros nos hacen recordar que
Cristo también enfrentó el sin sentido del mal y la soledad, el Viernes Santo es un recordatorio de que, aún así confió en el "Dios de las misericordias", tuvo fe en el Padre y así
entregó su Espíritu, sabiendo que Dios nunca abandona a nadie.
Llevémonos en el corazón el
día de hoy una certeza: Dios está con nosotros. Y en esa certeza,
abramos la vida a la fe y la confianza, recordando las apalabras de Cristo que
nos dice que valemos más que cualquier cosa del Universo. Dejemos madurar las
palabras de Isaías donde Dios nos dice que “nunca te
abandonaré”.
Inicié comentando la vida de
Alice Herz-Sommer, y quiero terminar citando algunas frases de esta mujer que supo tener fe en Dios, en la
humanidad y en sí misma gracias a la música. En ese aprendizaje como ser humano
dice:
Sólo cuando somos viejos nos damos cuenta de la
belleza de la vida.
La gratitud es esencial para la felicidad.
El sentido del humor nos mantiene equilibrados en
todas las circunstancias, incluso la muerte.
Quejarse no sirve de nada. Sólo hace que nos
sintamos mal.
La risa es maravillosa. Hace que tú y los demás se
sientan felices.
Ama el trabajo. Cuando amas el trabajo, nunca te
aburres. El aburrimiento es insalubre.
La escuela es importante, pero lo que los niños
aprenden en la atmósfera de sus hogares lo conservan toda la vida. La hermosa
atmósfera intelectual y musical de mi infancia me ha sostenido hasta hoy.
Yo crecí con amistad. Me enamoré de la mente y de
los conocimientos de mi futuro marido. En el matrimonio, la amistad es más
importante que el amor romántico.
Yo nunca me canso porque mi mente
es activa siempre.
Aprendí a seguir adelante con esperanza.
Los niños necesitan amor incondicional para crecer y
desarrollarse como seres humanos completos. Mi consejo es que razones con tus
hijos, nunca utilices palabras duras. Paciencia, amabilidad y amor, ése es el
alimento que necesita el niño.
Sé amable, la amabilidad es gratis. No te cuesta
nada y todo el mundo sale beneficiado.
Cuando toco a Bach, estoy en el cielo.
Mi mundo es la música. La música es un sueño. Te
lleva al paraíso.
Cuando estoy con gente joven, soy la más joven.
Me encanta la gente. Me interesa siempre la vida de
los demás.
La comprensión de los otros puede conducir a la paz.
Puedo decir que la guerra sólo conduce a la guerra.
Casi todas las religiones del mundo dicen “no matarás”, sin embargo, la mayoría
de las religiones matan en nombre de Dios. Incluso las dagas de Hitler decían
Gott mit uns (“Dios con nosotros”).
Cada día es un milagro. No importa lo malas que
puedan ser las circunstancias, tengo la libertad de elegir mi actitud de vida,
incluso para encontrar la dicha. El mal no es nuevo. Depende de nosotros cómo
tratemos con el bien y el mal…
No necesitamos cosas, los amigos son valiosos.
Tenemos que apreciar el tiempo como un tesoro. Cada
momento que pasa se va para siempre.
La música me salvó la vida…
Cuanto más leo, pienso, hablo con la gente, más me
doy cuenta de lo feliz que soy.
Cuando muera, me puedo ir con una buena sensación: He hecho lo mejor que he podido. Creo que he vivido
mi vida de forma correcta.
P. Miguel Ángel Ramírez González