sábado, 19 de abril de 2014

¿Qué has hecho de mi resurrección?

¿Qué has hecho de mi resurrección?


Hoy celebramos la fiesta de las fiestas: la Pascua de nuestro Señor Jesucristo. Como escuchamos en el “Pregón Pascual”, es la “noche santa (que) ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”. Porque  “es la noche en que rotas las cadenas,Cristo asciende victorioso del abismo”. La noche Santa “en que nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerta a la vida” (Bendición del fuego).

Desde la Creación Dios había pensado en este día como el día del encuentro con el Hombre Nuevo. Lo esperaba con ansia, porque a partir de este día, todos los hombres y mujeres podremos entrar a la eternidad. Desde hoy no estaremos nunca solos; desde hoy el AMOR reina en el Universo.

Y quiero pensar en aquellos que sienten o creen que su vida es pobre y pequeña; en aquéllos que sienten que no valen nada. Pues bien, tengo en el corazón el recuerdo de un pobre sacerdote de mi infancia. Murió viejo, enfermo y olvidado por su comunidad. Cuando niño no reuníamos con él cada sábado en la “Congregación Mariana”. Toda la chiquillería llegábamos cada fin de semana para escuchar sus historias de Jesús y la historia sagrada, del Universo (tenía mapas de estrellas) y luego regresábamos a nuestras casas con un caramelo, que celosamente nos guardaba y daba a cada niño.

Cuando me avisaron que había muerto el Padre Enrique Torroella –que era su nombre- no pude contener las lágrimas, y recuerdo que celebré la Misa por él. Yo me imagino que ese día que se presentó ante Dios le ha de haber preguntado: “¿qué has hecho de tu vida?”. Y creo que se ha de haber pasado las horas con Jesús platicándole cómo quiso a sus niños y cómo amó a su gente de la parroquia.

Y creo que esas historias que platicó a Jesús fueron tan sagradas como el evangelio mismo.

Les recuerdo esta página de mi vida porque creo que nos narra algo esencial este día de gozo: Dios nuestro Señor nos ha dado una vida para llenarla de amor, y regresar después con él con las manos llenas de ese fruto. Desgraciadamente no es así, ya que la mayoría olvida esta vocación. San Juan en su primera carta, nos dice:

"Conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos, pues el amor de Dios consiste en que cumplamos sus mandamientos...

En este día de Pascua, cuando Cristo se nos presenta como el Viviente es necesario recordar que el motor de la resurrección fue el amor: de un amor generoso que se entregó hasta la muerte, y de un amor igualmente infinito que devolvió la vida a Cristo y desea darla a los hombres. Nuestra vida consiste en "creer" realmente en este misterio de vida; consiste en que cada día, cada acto, cada sueño sea una pequeña resurrección, un verdadero acto de amor redentor, al estilo de Cristo.

No se si se han puesto ha considerar la vida de Jesús. Sabrán que él no vivió muchos años: probablemente alrededor de 33, como nos narra la tradición común. No hizo dinero, no se casó, no tuvo hijos, nunca escribió nada. Podríamos decir que, humanamente hablando, la vida de Jesús fue un tremendo fracaso, como la mucha gente común y corriente, o como del Padre Enrique. Pero muchas personas, como él, creyó que lo importante era ser gentil con las personas y los niños. Que la vida hay que llenarla de amor, que son las semillas de resurrección.

Es por eso que podemos decir que en caso de Jesús, nunca habrá una vida tan plenamente vivida como la de él porque amó como nadie ha amado a Dios y al prójimo.

Pero, ¿qué podemos decir nosotros? Señor, he perdido casi toda mi vida en ideales estúpidos e irrealizables; he querido fincar mi vida en solamente cosas materiales; me he olvidado por muchos años de mi familia, esclavizado, incluso, por algún vicio; ni siquiera he podido dar con amor tiempo a mis hijos y a mi cónyuge, viéndolo todo como una obligación y nunca como amor; y, lo más triste, me he olvidado de ti: no me he acercado a reconciliarme contigo, vengo a Misa más por obligación que por amor a ti, mi fe no es vida sino una serie de ritos.

Creo que celebrar cada año la fiesta de la Pascua del Señor es reconocer que "no hemos amado" ni a Dios ni a la gente, tal vez ni a nosotros mismos. Y vamos por la vida mediocremente, arrastrando los pies, cansados.

La Pascua es una fiesta de alegría, de compromiso, de entrega generosa.

Les confieso que en ocasiones, cuando estoy en oración, me viene a la mente esa pregunta que acabo de hacerles y siento que Jesús me responde: "Qué has hecho con mi resurrección". La respuesta es: pecar a cada rato y ser mediocre como hombre, como cristiano, como persona. Y pido perdón a Él, pues me está ofreciendo la capacidad de la vida eterna, y pido perdón también a los demás hombres porque me he dejado llevar por la apatía y no he descubierto que la fe en la resurrección es algo vivo y activo.




P. Miguel Angel Ramírez González


martes, 8 de abril de 2014

La risa de Lázaro

La risa de Lázaro


Hoy escuchamos esta larga narración de la resurrección de Lázaro en donde el Evangelista nos quiere hacer contemplar a Cristo como Vida. Me imagino que Juan, al escribir este relato, no solamente traía a la mente el episodio sorprendente cuando Lázaro, un cadáver ya putrefacto, regresó a la vida; sino que recordaba vivamente cuando descubrió, en compañía de Pedro, el sepulcro vacío, y después cuando sus ojos vieron la verdad nueva de Cristo resucitado.

Creo que la vida es demasiado dura con nosotros, por lo que olvidamos fácilmente que hay otra vida; y nuestra fe demasiado pequeña para que podamos creer el misterio de la resurrección. Me decía un profesor del Seminario que si verdaderamente creyéramos en la resurrección, nuestra vida sería otra, porque cada día sería nuevo, único y maravilloso. Créanme, Dios no habla en el vacío, ni sus palabras son como las nuestras: palabras muertas, sino que es un Dios de vida y su promesa es hacernos participar de esta vida nueva. Ezequiel así lo describe:

“Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel... os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago” (Ez 37, 12-14)

Creer en la resurrección es creer que llegará un momento en la historia cuando todos los hombres se levantarán para escuchar el juicio de Dios: “Les aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán... No os sorprenda que venga la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de condena. (Jn 5, 17-30). Y esta será una resurrección del hombre completo, no de de almas o de partes de la persona, sino en la imagen de Cristo, primogénito de los resucitados.

En la escena del Evangelio donde Lázaro es devuelto a la vida, solamente es un signo de lo que será el final. Lázaro regresó a este mundo, pero volvió a morir. Y Jesús quiere que en esta imagen nosotros veamos que el tiene el poder de dar la vida o de retenerla. Después de resucitado Cristo es el Señor de vivos y muertos y, como decimos en el Credo, esperamos que “venga a juzgar a vivos y a muertos”.

Pero, también, san Juan es insistente al recordarnos a cada momento que la “vida eterna” se va recibiendo desde el momento en que aceptamos por la fe a Jesús y empezamos por vivir una vida nueva en Cristo, cumpliendo su mandamiento de amor; lo mismo la muerte eterna se empieza a vivir ya desde aquí. Dicho en otros términos, vivir en pecado es probar ya la muerte eterna; vivir la vida de Cristo es saborear la vida de Dios.

Creo, hermanos, que Jesús nos toma más en serio de lo que creemos. Nuestro acto de fe involucra de modo responsable y maduro nuestra entrega a su soberana majestad, y nuestra adhesión a su palabra de modo incondicional y absoluto. De no hacerlo así, la vida se irá diluyendo, se irá perdiendo, llegando al final de la vida con nada sino “muerte” entre los huesos. Leer este Evangelio en el tiempo de Cuaresma es para que recordemos que la Pasión del Salvador apunta a que tengamos vida (morimos al pecado y participamos de la vida eterna de Dios), pero también que no existe en el mundo nadie que esté exento de hacer su opción en favor o en contra de Jesús, en favor o en contra de la Vida. “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. Esta pregunta dirigida a Marta nos es dirigida a cada uno en cada momento: ¿crees en la resurrección? ¿crees en la vida?, en última instancia, ¿crees en Jesucristo? Si tu respuesta es “sí”, ¿por qué, entonces, sigues viviendo en las sombras de la muerte y del pecado? ¿por qué sigues en la vida esclavizado por el mal, en lugar de vivir bajo la ley de la vida nueva del Evangelio?

Recuerdo aquella obra de Eugene O'Neill: «La risa de Lázaro». En ella nos platica de un Lázaro que regresa a la tierra después de que Jesús lo resucita. Entonces Lázaro les gritaba a sus conciudadanos:

«Esa es vuestra tragedia. ¡Olvidáis! ¡Olvidáis al Dios que hay en vosotros! ¡Queréis olvidar! El recuerdo implicaría el alto deber de vivir como un hijo de Dios... generosamente, con orgullo, con risa. ¡Esa sería una victoria harto gloriosa para vosotros, una soledad harto terrible! ¡Es más fácil olvidar, convertirse solamente en  un hombre, en el hijo de una mujer; ocultarse en la vida contra su pecho, lloriquearle vuestro miedo a su         resignado corazón y ser consolado por su resignación!
¡Vivir negando la vida!»

Ese texto los he leído cientos de veces y siempre las saboreo, porque es verdad: nunca nos damos cuenta del riesgo en el que vivimos. Somos seres amados por Dios y llamados a vivir con Él después de la muerte; pero desperdiciamos la vida presente y sacrificamos la eterna. Muchos de nosotros nos acurrucamos en nuestra mediocridad; nos olvidamos de los seres a quienes amamos. Dejamos para mañana cosas que deberíamos hacer hoy y despilfarramos horas y horas de esta breve vida.

¡Vivir negando la vida!, decía O'Neill; ¡Cuántos muertos vivos! La vida es un milagro y es un gran riesgo. Yo me imagino que Lázaro, en esta segunda oportunidad, debió de haber aprovechado cada minuto de su vida, cada instante con amor y santidad. Por desgracia la mayoría de nosotros creemos que vale más un momento frente al televisor que un instante de amor y servicio al prójimo. Muchos creemos que vale más un partido de futbol que un día con la familia. Usando los términos de Juan: el mundo nos ha esclavizado. Toda vida, breve o larga, densa o diluida, sana o enferma, tienen un sentido y una misión que cumplir. Yo veo en este pasaje otra imagen: todo hombre, después de una enfermedad, después de una tragedia familiar, después de una traición, puede vivir una segunda oportunidad o, como dice el P. O’Collins, una segunda jornada.

Dios nos dará la vida eterna, pero tengamos presente, nos juzgará como juzgamos en esta vida; nos perdonará pero como perdonamos; nos recibirá como nosotros recibimos a los necesitados; nos dará vida en la medida en que nosotros la aprovechamos en este mundo. Suena cruel, pero atrás de ellos se funda la justicia de un Dios que da la vida, pero no la muerte; un Dios que llama a la resurrección, pero donde cada uno decidirá qué tipo de vida eterna desea.

Sobre la tumba de uno de los personajes de una de sus novelas, el padre Coloma pone una frase bíblica que podría ser el epitafio para muchos: “Fuego fatuo cegó mis ojos y pasé junto a mi felicidad y la pisoteé sin conocerla”. Para muchos tal vez debería de ser el epitafio en sus tumbas: vivieron sin vivir y murieron ya muertos, pues la vida nunca había estado con ellos.

Si Cristo nos llama a la vida, empecemos a vivirla ya desde aquí. Lázaro tuvo la oportunidad única en la historia: la de haber podido empezar de nuevo después de haber probado la muerte. Pero nosotros no tendremos esa oportunidad, a lo más la palabra de Dios que nos advierte que todo llega a su final y que, aunque estamos llamados a la resurrección, tenemos que sembrar semillas de vida en este mundo.

Por eso pidamos a Dios Padre que nos la de, con esas mismas palabras de la oración Colecta: Que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo” (Oración colecta de la quinta semana de Cuaresma).



P. Miguel Ángel Ramírez Gónzalez




jueves, 3 de abril de 2014

Soy un hombre con cita de eternidad

Soy un hombre con cita de eternidad


El inicio del Evangelio del día de hoy (Jn 9, 1-41), introduce el hecho de la curación del ciego con una pregunta que los seres humanos nos hemos hecho desde los albores de la humanidad: “¿Quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” ¿Es Dios quien manda la enfermedad como forma de ejercer su castigo en esta vida?

La respuesta de Jesús puede parecernos desconcertante: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Por supuesto que Juan escribe el texto como una catequesis que muestra el poder de Dios manifestado en Cristo, todo bañado del simbolismo del rito bautismal, así como del símbolo de la comunidad cristiana primitiva simbolizada en el ciego, que terminará siendo echado del templo. Pero, respecto al por qué sufrimos, declara de una manera muy clara que no es porque Dios lo envíe como castigo; una idea muy metida en la mente y fe de los judíos de su tiempo. Nacimos con esta o aquella enfermedad, no porque Dios nos quiera hacer sufrir, sino porque forma parte de nuestra naturaleza humana. Más bien depende de nosotros qué respuesta demos a ello: podemos dar gloria a Dios y manifestar su amor y misericordia, o podemos cerrarnos en la autocompasión y en rechazo de ese amor.

Por supuesto que Él es la luz y puede iluminar esos momentos oscuros de la vida. Pero para poder “entender” y “dar un sentido nuevo a lo que vivimos” necesitamos la fe. Los Padres Mateo y Barreto elaboran un argumento filológico donde señalan que la traducción más correcta es: “le untó SU barro en los ojos”; es decir, “su barro” y luego “su saliva”, como si creara de nuevo al hombre ya no del barro de la tierra (cfr. Génesis), sino de Él mismo. El hombre está hecho de Cristo, y se lava en la piscina que se llama el “Enviado” o “Mesías”, que es Jesús mismo.

El “fue, se lavó y volvió con vista” resume el proceso del camino de la fe. Tenemos nosotros también que vivir ese proceso de purificación que tuvo su comienzo el día de nuestro bautismo, y que debe seguir a lo largo de la vida hasta que termines nuestro peregrinar.

Todo hombre y mujer tiene una misión que hacer en la vida. Y casi toda existencia tiene sus momentos bellos, llenos de alegría y plenitud. Pero hay otros momentos, igualmente intensos, pero que miden la calidad del amor humano y la fe en Dios; los momentos que definen la plenitud de esa vida: el sufrimiento.

Por desgracia nosotros los vemos como castigos, como pruebas enviadas por Dios. Y, casi siempre, con la mirada interrogadora preguntamos: “¿por qué a mí?”. Y después del rechazo diluimos nuestra fe y nos encerramos en el rincón de la tristeza y la frustración.

Ojalá y tuviéramos esa fe maravillosa que mueve montañas y poder así hacer de nuestra vida algo grande y maravilloso, algo digno de la gloria de Dios. Y no me refiero a títulos profesionales o a grandes descubrimientos que nos permitan dejar grabado nuestro nombre para la eternidad, no. Me refiero a esa vida tan parecida a la de Cristo que, no importando la cuna humilde, la familia sencilla, el trabajo amoroso de todos los días, las mismas enfermedades y las penas que comúnmente llueven en el tejado de la existencia. Y en medio de todo ello
dejarnos traspasar por su luz.

Muchos de nosotros tenemos fe al estilo de los judíos, caminando ciegos por la vida. Pero nos falta la fe verdadera, nos falta amor a Dios y al prójimo, nos falta mucha esperanza. Ante esa actitud que parece vencernos, Pablo recuerda: En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan por lo tanto, como hijos de la luz (cf. Ef 5, 8-14).

De cómo la fe nos ayuda a ver las cosas de modo distinto y cómo también Jesús nos sale al encuentro para curar nuestra ceguera, tenemos una bella anécdota.

¿Conocen ustedes la historia del maravilloso guitarrista español Narciso Yepes? Casi toda su juventud estuvo alejado de la fe y de la instrucción religiosa. Pero un día, antes de que fuera un músico famoso y con apenas 25 años de edad, se encontraba en París, acodado en el puente del río Sena, viendo pasar el agua… era por la mañana, exactamente el día 18 de mayo de 1951. Y narra Narciso Yepes:

-De pronto le escuché dentro de mí… quizá me había llamado ya en otras ocasiones, pero yo no le había oído. Aquel día yo tenía “la puerta abierta”… Y Dios pudo entrar. No sólo se hizo oír, sino que entró de lleno y para siempre en mi vida.

- y esa voz me preguntó: “¿qué estás haciendo?”. En ese instante todo cambió para mí. Sentí la necesidad de plantearme por qué vivía, para quién vivía.

- Y ya desde aquel momento nunca he dejado de saber que soy una criatura de Dios, hijo de Dios… Un hombre con una cita de eternidad que se va tejiendo y recorriendo ya aquí en compañía de Dios. Así como antes Dios no contaba para nada en mi vida, desde aquel instante no hay nada en mi vida, ni lo más trivial, ni lo más serio, en lo que yo no cuente con Dios…

Pero se trataba del inicio de un peregrinar de la fe, pues la vida le traería más tarde más penas, pero sus ojos estaban ya curados por Jesús.

Años después, un Guardia Civil le comunicó la tremenda noticia que su hijo, Juan de la Cruz, había fallecido en un accidente, destrozado por una máquina quitanieves. Y poco después, cuando un periodista le preguntó si llegó a encararse con Dios y a pedirle explicaciones, si pudo sostenerse en el dolor, contestó Narciso Yepes:

¿Pedirle explicaciones? ¿Por qué iba a hacerlo? Sentí y sigo sintiendo todo el dolor que usted se puede imaginar… y más. Pero sé que la vida de mi hijo Juan de la Cruz estaba y está amorosamente en las manos de Dios… Y ahora lo está aún con más plenitud y felicidad. Por otra parte, dijo a la periodista, cuando se vive con fe y de fe, se entiende mejor el misterio del dolor humano. El dolor acerca a la intimidad con Dios. Es… una predilección, una confianza de Dios hacia el hombre.

Narciso tuvo su cita con la Eternidad en mayo de 1997.

Su hijo no murió por sus pecados, ni Dios había mandado el sufrimiento por algún motivo arcano. Simplemente pasaron las cosas. Pero Narciso Yepes creía y confiaba en Dios.

Si pudiéramos tener la fe de Yepes, si pudiéramos creer que Dios nos acompaña y nunca nos deja solos, y que no ha sido él quien nos manda el sufrimiento, sino que es nuestra propia naturaleza humana, cuántas tristezas se alejarían de nuestra vida y con qué gozo empezaríamos a vivir la vida.

El pecado no es tener miedo, sino dejar de creer, dudar de Dios y tal vez creer que somos marionetas de un destino fatuo. El pecado está en la desconfianza y no creer que Dios es más grande que nuestras penas y más fuerte que la muerte. ¿Qué espera Jesús? Que un día digamos “creo, Señor”, y postrados le adoremos (cf. Jn 9, 41).



En el corazón de la fe cristiana
está la convicción de que,
cuando se acepta la muerte
con espíritu de fe,
y cuando toda la vida se orienta
a la entrega de sí mismo,
de manera que, al final
uno la devuelve alegre y libremente
en las manos de Dios
Creador y Redentor,
entonces la muerte
se transforma en plenitud.
Vencemos a la muerte con el amor,
y no por una heroica virtud nuestra,
sino por participar en aquel amor
con el que Cristo aceptó
su muerte y su cruz.
Todo esto no lo ve nuestra razón,
sólo lo ve nuestra fe.



Thomas Merton. Monje trapense


P. Miguel Ángel Ramírez González



martes, 25 de marzo de 2014

Agua de nuestros pozos

Agua de nuestros pozos


Por la revelación cristiana sabemos que Dios se ha valido de nuestro lenguaje y de nuestros signos. Esto es tan cierto, que las mismas palabras humanas limitadas, así como una diversidad de estilos literarios, conforman lo que conocemos como Sagradas Escrituras. Encontramos en esos textos signos que Dios ha utilizado para hablarnos como el fuego, la nube, algunos animales, etc. De entre esos signos universales, el agua aparece a lo largo de la Biblia una y otra vez, como signo de destrucción, pero también como signo de fecundidad y de vida.

Fundamentalmente al agua se le identificaba con el Espíritu de Dios, quien es el que purifica, quien da la vida incluso en las tierras desérticas.

El Pueblo de Dios esperaba que para los tiempos mesiánicos se concedería la abundancia del don del Espíritu de Dios. San Juan en su Evangelio, será el que más insistirá acerca de esta relación entre el agua y el Espíritu Santo. En el diálogo con la Samaritana, Jesús la va llevando del agua material al agua del Espíritu, que él puede dar porque es el Mesías, el Cristo: "Yo soy, el que habla contigo". Aquí Jesús, al adjudicarse el título de "Yo Soy" (Ego Eimí), lo que está afirmando es que él es Yahvé, el Dios revelado en el A.T.

San Juan se expresa más profundamente en los capítulos siguientes, en la fiesta de los Tabernáculos. En ese rito, que consistía en derramar agua traída de la fuente de Siló, Jesús exclamará: "Si alguno tiene sed, que venga a mí, y que beba el crea en mí". Y añade: "De su seno correrán ríos de agua viva", advirtiendo San Juan que estas palabras se referían a la gran fiesta de Pentecostés, o el don del Espíritu que hizo Cristo resucitado a su Iglesia. Espíritu-agua como don que serán simbolizados por san Juan en aquella imagen de Cristo en la cruz, de cuyo costado manara sangre y agua, es decir, la Iglesia y el Espíritu, la Eucaristía y el Bautismo.

San Pablo, por su parte, señalará  que "el amor de Dios ha sido derramado (agua en el bautismo) en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado". Morimos al pecado en las aguas del Bautismo, para renacer a la vida nueva en Cristo. Desde ese momento, llevamos dentro de nuestros corazones una verdadera fuente de gracia; agua que nos alimenta, que nos renueva incesantemente. Estas lecturas, pues, nos empujan a observar aquella gran solemnidad de la Vigilia Pascual, fiesta de la luz y del agua; fiesta de la gracia y de la vida.
    
En el pasaje de la samaritana, Jesús manifiesta un conocimiento profundo del hombre, de su realidad y sus necesidades.

Dame de beber.

Es rara la expresión. Cristo ha venido a la tierra para traernos la salvación. Más aún, se ha hecho don para todos. Sin embargo, siempre pide primero algo. Antes de nacer, Dios pide el "sí" a María. Pide un lugar en la posada. A Juan le pide que lo bautice. A Pedro, a Andrés, a los hijos del Zebedeo, a los demás, les pide que lo sigan. A Leví un puesto en la mesa. Y luego un asno prestado para la entrada triunfal a Jerusalén. Una habitación para celebrar la Pascua. A los discípulos predilectos les pide una hora de sueño. Y también el último grito: tengo sed, es una petición. Después de la resurrección les pide de comer a los apóstoles. A la samaritana le pide un vaso con agua.   

Cristo siempre pide, pero para hacernos descubrir nuestras necesidades e indigencias. En el caso de la mujer le irá descubriendo su vida, y ella irá descubriendo al Maestro. Primero lo llamar  judío, luego Señor, después Profeta, y al final lo reconocer  como el Enviado, el Mesías.

Ella cambió porque Jesús la enfrentó a su propia verdad: era una adúltera, pecadora.

A partir de ese momento no es él quien pide agua, sino que se descubre como el donante: ... el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le de, se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna.

Dios da algo propio para el corazón humano. Este ha sido fabricado para cosas demasiado grandes. Todos los pozos del mundo nos satisfacen sólo por momentos pero nos dejarán siempre sedientos. Jesús ofrece lo que el hombre necesita:

Al pan de los habitantes de Cafarnaún, les ofrece algo mejor: el pan de vida: el que coma de este pan vivir  eternamente.

Al sorbo de agua de la samaritana, sacada del pozo de Sicar, ofrece el agua que brota para la vida eterna.

Cristo nunca va a condenar nuestras aguas, más o menos cenagosas de nuestras vidas, ni nos quita nuestras cisternas rotas, sino que ofrece algo mejor.

Si Cristo viene a interrumpir nuestros pobre sueños es para que abramos los ojos frente a una extraordinaria realidad.

Si borra nuestros "renglones torcidos" con los que escribimos nuestras vidas, es para invitarnos a producir de nuestra existencia una obra maestra.

Como con la samaritana, siempre tenemos en nuestras vidas, instantes en que Jesús viene a pedirnos agua de nuestros pozos. Desgraciadamente algunos los tenemos secos, otros demasiado contaminados, pero no obstante sabemos que él tiene sed de nosotros, pero en orden a darnos el AGUA VIVA, su propia vida para que vivamos en abundancia.

El poeta Félix García[1] escribió este verso que tituló: La Samaritana

II
Nueva samaritana,
mi alma se hace, Señor, la encontradiza
en tus caminos interiores.
           ¡Oye,
no pases tan de prisa!
¡He aquí el pozo, el corazón, el agua;
reposa tu fatiga!
¡Oiga yo tus palabras! ¡Haga un alto
tu amor en mi conquista!
¡He aquí el brocal del corazón! Sentaos
aquí, junto a mi vida!

En este tiempo de cuaresma, es necesario dejar que el Señor nos cuestione acerca de nuestras vidas. Sabemos que no andamos muy bien, pero sabemos también que del más terrible desierto y de la más dura piedra ha hecho brotar un manantial. Hoy le pedimos, pues, el don de su Espíritu. Le pedimos el agua de vida.



P. Miguel Ángel Ramírez González





[1] Félix García nació en Aguilar del Campo (Palencia) en 1897.  Fragmento tomado de Dios en la Poesía Actual. ERNESTINA DE CHAMPOURCIN. (selección). BAC. Madrid, 1972. p. 125




sábado, 15 de marzo de 2014

Hágase te voluntad en mi vida, Señor

Hágase te voluntad en mi vida, Señor


Hemos comenzado la cuaresma, y lo hicimos mediante el signo de la imposición sobre nuestras cabezas de la ceniza. Este signo nos recordaba algo que fácilmente olvidamos: que somos polvo, barro; que de la tierra venimos y a la tierra volveremos.  Este signo nos hablaba de que somos seres humanos, esto es, criaturas limitadas y mortales. Y aquí está precisamente el origen de todas las tentaciones que tiene y ha tenido el hombre. El relato del Génesis nos lo explicaba usando un lenguaje simbólico y maravilloso, para decirnos que en el origen de la humanidad está el rechazo y la no aceptación de nuestra condición de ser humanos, de nuestra condición de criaturas. Es la tentación de querer ser como dioses sin contar con Dios, o dicho de otra manera, querer construir nuestra vida a espaldas a Dios y, una vida que se construye de espaldas a Dios, acaba construyéndose a costa de los demás

Alguien definió al hombre como un ser con un deseo de infinito. Y es cierto, porque en nuestro interior una fuerza poderosa nos impulsa a desear ser más y mejor, pero también constatamos que cuando conseguimos algo no nos satisface plenamente, y que inmediatamente surge en nosotros el mismo deseo de más y más.  Nosotros los cristianos sabemos que ese deseo insaciable del hombre sólo se puede satisfacer en Dios, sólo Dios puede colmar el deseo del hombre porque el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios (“nos hiciste para ti…” decía San Agustín), porque el hombre ha sido hecho para la relación y comunión con Dios.  Por eso mismo, el mal no está en desear, el deseo no es malo, antes bien, es la fuerza que nos impulsa a progresar, a crear, a construir. En esta fuerza del deseo radica nuestra grandeza pero también nuestra tragedia, porque en esa fuerza está siempre la tentación de usarla para nuestro provecho egoísta, para establecernos como dioses. Todos los hombres y mujeres de la historia participamos de ésta tragedia, de la gran mentira que el hombre ha consentido en aceptar y que la Biblia nos relataba con la figura de la serpiente: “si comen la manzana.... serán como dioses”, esto es, si dan la espalda a Dios, serán como Él.  Trágica y ridícula mentira en la que todos seguimos cayendo, y que hoy adquiere otros lenguajes: si consigues la riqueza, lo podrás todo, si consigues dominar, todos te adorarán, si consigues el poder todos te servirán..... Y después de todo, después de comer la manzana o acumular riqueza y el poder surge la misma decepción, porque ni la riqueza ni el poder están a la altura del hombre, porque la riqueza y el poder no satisfacen plenamente y en última instancia tampoco evitan el destino de volver a la ceniza de la que salimos. 

Pero, hermanos, hoy el Evangelio nos dice que hubo un hombre de nuestra raza y condición,  Jesús de Nazaret, que sufriendo las mismas tentaciones que todos nosotros, las superó, y fue capaz de vivir y morir sin romper jamás su relación con Dios, aceptando su condición humana hasta la muerte, aceptando vivir con los demás no desde el dominio, la opresión y la mentira, sino desde el servicio, el amor y la verdad. Aceptando en plenitud la voluntad de Dios y poniendo toda su confianza en El. Y por este hombre, la gracia de Dios se ha desbordado sobre nuestro mundo. Por este hombre, Dios se ha reconciliado con la humanidad, Dios nos ha dado su Espíritu para que con nuestro esfuerzo superemos también nosotros las tentaciones. En Jesús el deseo infinito del hombre finalmente se ha cumplido. En Jesús, el hombre puede ser como Dios, porque ya Él se ha hecho Hombre. Y por Jesús nosotros también estamos llamados a ser como Dios pero no arrebatándoselo a nadie, ni erigiéndonos por encima de los demás, sino recibiéndolo como don gratuito del Señor.

Es por eso que el secreto de una vida plena y feliz es vivir como Cristo, haciendo la voluntad de Dios. No olvidemos que Dios no quiere enfermedades, ni la muerte de nadie, sino el amor; quiere la entrega de nuestros esfuerzo por construir un mundo donde exista la verdad, la justicia, el perdón, el servicio por los más sencillos. Que exista el amor. Eso significa “hacer su voluntad”.

¿Qué es hacer su voluntad?

Se trata de vivir diariamente una vida coherente con la fe; solamente eso. No obstante, en nuestras vidas hay momentos cuando Dios tiene un deseo específico para noso­tros. La mayoría de nosotros pasamos por la vida haciendo nuestros propios planes y después le pedi­mos a Dios que los convierta en realidad, en lugar de preguntarle cuáles son sus planes y pedirle que nos ilumine respecto a nuestra parte en esos planes. Dios nos envió a ti y a mí a este mundo para hacer algo que sólo nosotros podemos hacer. Para recordar esta verdad necesaria, tengo un letrero en mi espejo que dice: "Gracias Jesús por amarme. ¿Qué tienes preparado para hoy? Me gustaría ser parte de eso". Esa oración representa mi ideal.

Cuando Dios tiene algo específico para nosotros, trata de dirigirnos por medio del impulso de su gracia. Lo imagino de esta manera: me veo recorriendo un pasillo largo (que es la vida), y trato de ser una persona amorosa. Hay muchas puertas a lo largo de este pasillo, pero todas están cerradas. De pronto, llego a una que está abierta y Dios me toca con su gracia. Señala con gentileza la puerta y me pide con amabilidad que la cruce. Soy libre para negarme, pero si acepto, del otro lado descubro el regalo que Dios me quiere dar: la felicidad.

Para conocer estos momentos, así como la voluntad específica de Dios, es necesario un deseo real y el anhelo de ser y hacer lo que Él desea. No quita que sintamos algo de temor por lo desconocido, pero ese es el camino de la fe, como Abraham, que abrió la puerta a los desconocido cuando todo apuntaba al fracaso. Como Jesús, que en el Huerto de los Olivos se pone en las manos del Padre, para que "se haga tu voluntad, no la mía".

Hacer la voluntad de Dios es también posible sólo si se sostiene en otras dos convicciones. (1) Tengo que creer que Dios me ama más de lo que yo me amo y que desea mi felicidad más de lo que yo la deseo. (2)Tengo que creer que Dios sabe más que yo acerca de lo que me hará realmente feliz.

Sí, nuestras vidas están en las manos de Dios. Cuando esos momentos especiales lleguen, cuando vayamos a entregar nuestro mensaje y otorgar nuestro acto de amor especial, Dios hablará a nuestros corazo­nes. Lo importante es cultivar corazones que escuchen, como María, que escuchaba y guardaba todo en el corazón.

Un atleta norteamericano, quien luego de un accidente quedó postrado en una silla de ruedas, Kirk Kilgour, escribió una oración (hoy bastante famosa) que resume su vida, pero también la fe de un hombre que sabe que Dios es su mayor bien y que de él recibimos lo que nos conviene. Dice:

Pedí a Dios ser fuerte para realizar proyectos grandiosos, y Él me ha preferido débil para conservarme en humildad.
Pedí a Dios que me diese salud para grandes empresas, y Él me ha dado el dolor para comprenderlo mejor.
Le pedí riquezas para poseer muchas cosas, y Él me ha dejado pobre para no ser egoísta.
Pedí a Dios todo para poder gozar de la vida, y Él me ha dejado la vida para poder ser feliz.
Señor, no he recibido nada de cuanto pedí, pero me has dado todo aquello de lo que tenía necesidad, y casi contra mi voluntad.[1]

P. Miguel Ángel Ramírez González






[1] JULIO EUGUI. Más anécdotas y virtudes. Editoral RIALP. Madrid, 1999. p. 212

domingo, 9 de marzo de 2014

La enfermedad moral

La enfermedad moral

Me convenzo cada vez más que el fruto más grande y positivo para la vida de fe, es descubrir que existe el pecado en la vida de todos los días; entender aquella frase del salmo: Mira que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre (Sal 51(50), 7). Por eso es que la Cuaresma es el gran paréntesis que nos permite asomarnos a nuestra interioridad para descubrir qué somos, en qué hemos colocado nuestro corazón y qué lugar ocupa Dios en nuestra existencia; y en medio de todo eso, el daño que el pecado nos ha hecho.

Hay un segundo momento en el proceso cuaresmal: conocer el mundo de las tentaciones que nos han manipulado como títeres, al punto de haber volcado nuestras vidas hacia ese temido pecado.

Cuaresma es también un tiempo de fortalecimiento de la voluntad mediante el ejercicio de la caridad, el ayuno y la oración, para salir de nosotros mismos y poder dirigir la voluntad, auxiliados con la gracia de Dios, hacia el Otro, Dios, y hacia el otro, prójimo necesitado.

Si han podido notar, la vida de fe gira todo en torno de dos realidades opuestas: gracia-pecado; Dios–mundo; egoísmo–amor de caridad; vida plena–vida vacía; servicio-egoísmo. Conforme hayamos madurado y resistido la tentación, habremos podido ir eligiendo aquello que nos da plenitud y vida. Aunque también existe la otra posibilidad: que vaya pasando el tiempo y sigamos en la misma actitud de adhesión al pecado, sustituyendo a Dios por alguna creatura o realidad de este mundo. ¿Qué es, pues, el pecado? Podríamos dar muchas definiciones del pecado, sin embargo basta decir que consiste en alejarse de Dios y decidir una vida alejada de Él, y como consecuencia, destruir la propia vida y la de los demás quedando encerrados en la soberbia y el egoísmo.

El Papa Benedicto XVI, siendo Cardenal todavía, escribió una obra profunda y extraordinariamente actual, titulada: "Las fuentes morales de la teología moral". Hay un párrafo que vale la pena escuchar: "Decía recientemente un autor ruso: «la humanidad, hoy, con su terror a los misiles, es como un individuo que tiene el continuo miedo de que su propia casa puede incendiarse. No sabe pensar en otra cosa que en el modo de prevenir el incendio. Actuando así no se da cuenta de que está enfermo de cáncer. Por lo tanto, no morirá en un incendio, sino por la más profunda descomposición de su cuerpo, provocada por aquel organismo extraño que es el cáncer».

Prosigue el autor ruso diciendo que el peligro hoy del hombre es el de ser destruido desde dentro por la propia decadencia moral. En vez de enfrentar esta enfermedad, él mira como hipnotizado al peligro externo que, por otro lado, es sólo consecuencia de la enfermedad moral interna".

La imagen es aterradoramente verdadera: estamos tan sorprendidos y angustiados por el clima de violencia, la degradación ambiental, los fenómenos naturales y los desastres que producen, que hemos levantado murallas en derredor nuestro y queriendo protegernos del mal externo, que hemos olvidado las raíces del pecado en el propio corazón. Nos aislamos tanto del mundo externo para protegernos que no hemos querido darnos cuenta que hemos caído en la más terrible trampa del egoísmo y la ceguera. Como decía el entonces cardenal Ratzinger: mira como hipnotizado al peligro externo… y no entendemos que el peligro del hombre es el de ser destruido desde dentro por la propia decadencia moral.

Mateo en su Evangelio nos sitúa a Jesús en el desierto, tratando de verlo como la imagen del Israel que pasó en el desierto 40 años, sujeto a la tentación. Cristo no solamente padece las mismas tentaciones sino que, a diferencia del pueblo de Dios, supo mantenerse firme en su vocación. La Iglesia ha querido ver el modelo paradigmático de la lucha del cristiano con las tentaciones que destruyen al hombre.

Las tres tentaciones del desierto iban a ser como un resumen, la obertura de la gran lucha que duraría tres años. Y en las tentaciones se iba a tratar de herir lo esencial: en la misma sustancia del mesianismo de Jesús. Es decir, se le iba a proponer un camino distinto al camino determinado por Dios. Dicho en términos sencillos: alcanzaría una meta de poder mesiánico, pero destruiría su vocación y su fidelidad a Dios Padre.

Pero vayamos a esas tentaciones a la luz de nuestra propia experiencia. Esas tentaciones de Jesús constituyen otros tantos peligros para nuestras almas, porque son las mismas que aparecen una y otra vez a lo largo de la vida de cada uno:

·      convertir las piedras en pan, se refiere a una vida centrada en la búsqueda exclusiva de los bienes de la tierra; es la vida de una persona que ha puesto sus sueños y sus metas en la adquisición única de bienes y riquezas; y cuando no lo obtiene envidia a los otros;

·      arrojarse desde la torre del templo, es simplemente echar mano de una falsa ostentación para ocultar nuestra vaciedad, nuestra insuficiencia. Es tentar a Dios, pedir que cumpla cosas que no deben hacerse; es la actitud de la milagrería y de la falsa devoción que manifiesta una fe en un Dios que va a solucionarnos los problemas mientras que nosotros, como niños inmaduros, esperaremos que Él realice el milagro;

·      para arrodillarse ante Satán basta idolatrar cualquier bien o persona que no sea Dios; abdicar de nuestra dignidad humana ante cualquier tirano, dejarnos corromper. Quien adora a una creatura -llámese como se llame: dinero, poder, sensualidad, riquezas- termina por ser esclavo de ellas.

Jesús fue tentado en el desierto, nosotros lo somos toda la vida.

Sí, el desierto, ¿no es este mundo marcado por las modas, las ostentaciones, la sensualidad, los placeres desmedidos, nuestro desierto en el cual terminamos por ser derrotados por el mal? ¿No ha sido en este mundo, nuestro falso Jardín del Edén, donde se nos ofrecen los apetitosos frutos que no son otra cosa que caminos que llevan a la deshumanización y a la soberbia?

El número 40 es un símbolo que totaliza la vida temporal del hombre, y es una indicación de que la tentación estará presente toda la vida, por lo que, olvidándonos un poco del “peligro del incendio externo”, volvamos la mirada a nuestra interioridad para reorientar nuestro camino; eso es conversión.

Entonces, en esta Cuaresma que iniciamos, ¿qué actitud tomar?

Ante la solicitud satánica de la búsqueda exclusiva de los bienes materiales deberemos asegurar que «no sólo de pan vive el hombre». Primero y sobre todo, está la palabra de Dios, de la cual obtendremos la luz para encontrar su voluntad. Educar a la familia a que no ponga su corazón en las cosas, que deberán ser un medio, nunca un fin en la vida.

Ante esa actitud infantil de pedir a Dios que nos resuelva todo en nuestras vidas, deberemos responder que nunca se debe «tentar a Dios». El gran error de los cristianos es que hemos olvidado que la CRUZ forma parte de la vida, y que esta nos hace humildes, sencillos y fraternos. Tal vez hay que aprender a orar como Jesús, quien dijo en el momento difícil: “que pase de mí este cáliz”, pero al darse cuenta que el camino era el del Calvario, pidió fortaleza solamente: “pero no se haga mi voluntad sino la tuya".

Ante el constante deseo de arrodillarse ante Satán (que es la idolatría), abdicando de nuestra dignidad y libertad humanas, deberemos entender que «sólo a Dios adorarás». En mi experiencia con familias, he podido darme cuenta que al ídolo que se educa para adorar es a la persona misma. Hoy los padres de familia educan a los hijos para volverlos tiranos ególatras; seres que solamente se miran a sí mismos buscando satisfacer sus necesidades inmediatas. También hemos permitido que ídolos falsos propuestos por la cultura posmoderna y mediática ocupen el lugar de Dios; ellos son los modelos a imitar en todo, incluso en su poca o nula moralidad, quedándonos los padres de familia como simple espectadores. Recordemos, nadie, absolutamente nadie deberá ocupar el lugar de Dios.

En esta Cuaresma tomamos con Cristo el camino del desierto y la Palabra de Dios nos invita a descubrir ese mundo interior para sanar el corazón y dirigir nuevamente a Cristo. Responderemos como Pedro: “a dónde iremos, Tú tienes palabras de vida eterna”.

Rezaba Rabindranath Tagore lo siguiente:

Es esta la oración que te dirijo, Señor:
Sacude, sacude las paupérrimas raíces de mi corazón.
Dame fuerza para llevar con garbo
    mis alegrías y mis tristezas.
Dame fuerza para que mis amores
    fructifiquen en servicio.
Dame fuerza para no abandonar al pobre
    y para no doblar mi rodilla
    ante ningún poder insolente.
Dame fuerza para elevar mi mente
    por encima de las trivialidades de cada día.
Y dame fuerza para rendir mi fuerza
    a tu voluntad, con todo el amor.


P. Miguel Ángel Ramírez González







Yo nunca pierdo la esperanza

Yo nunca pierdo la esperanza


El pasado 23 de febrero de este 2014 murió, no solamente una de las más longevas mujeres en el mundo (cumplió 110 años), sino que era una de las más increíbles testigos del Holocausto, la pianista y concertista Alice Herz-Sommer. En su honor, Caroline Stoessinger escribió hace dos años la biografía de esta mujer extraordinaria, en un libro que vale cada página, y que lleva el título de El mundo de Alice.

Alice fue una mujer originaria de Checoeslovaquia que tuvo la dicha de conocer a personajes de la talla de Gustav Mahler, Sigmund Freud, Viktor Frankl, Martin Buber, Franz Kafka, Pablo Casals y Golda Meier. Gracias a una familia maravillosa, después de una bella infancia y juventud, Alice perdió en la II Guerra Mundial a su madre y a su esposo en el Holocausto y, acompañada solamente de su pequeño hijo Rafi que tenía en ese momento 6 años, sobrevivió en el campo de concentración de Theresienstadt, debido a que era una extraordinaria pianista. De esa terrible experiencia, Alice señala: Yo nunca pierdo la esperanza… yo creo que la esperanza está relacionada con el sentimiento de que la vida tiene sentido y, mientras sintamos que lo tiene, tenemos razones para vivir. Pues bien, ¿qué aprendemos de esta mujer? Pregunta la autora de la biografía, y señala que “ella lo vio todo; lo mejor y lo peor de la humanidad. Ha vivido su vida con un telón de fondo del bien en medio del caos del mal y, aún así, continúa riéndose a carcajadas con el mismo optimismo que cuando era niña”.[1]

Quise comentarles la vida de esta mujer pues ella es una de esos “testigos de la esperanza” que tanto necesita el mundo de hoy. No solamente fue una sobreviviente del Holocausto, sino que encontró el secreto para iluminar su vida en medio de la oscuridad de un mundo que respiraba muerte. De este modo, Dios, su hijo, la música, su tenacidad y el buen humor, fueron los ingredientes que le ayudaron a seguir adelante y nunca darse por vencida.

Cuando Isaías se dirigía al Pueblo de Dios, le expresaba que debería confiar en Dios, pues siempre puede aparecer la tentación de creer que Dios es un espectador pasivo y distante. Por esta razón, el profeta usa la imagen de una madre con su hijo: ¿Es que puede una madre olvidarse de su creatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? (Is 49, 15-15). La lección de Isaías es que Dios nunca abandonará al hombre de fe, espera solamente del hombre una fe transformada en confianza absoluta. Así, el profeta prefigura la presencia de un Dios que se hace hombre para estar con la humanidad participando de su destino. San Juan el evangelista se atreverá a afirmar que Dios, puso su tienda entre nosotros.

Decía antes que la humanidad de este siglo desconcertante necesita de nuevo la esperanza y la seguridad de que Dios sigue presente entre nosotros. Hay que preguntarse: ¿Cómo respondemos ante la invitación de Dios? ¿Verdaderamente creemos y confiamos en Él? ¿Dios es la razón de nuestro vivir, el "sentido último" de nuestras búsquedas?

Alice, con su amor a toda gente, su alegría, la música (especialmente Beethoven) y el deseo de hacer algo bueno en la vida, transfiguró la miseria que vivió, haciéndonos ver que el amor y la fe son más fuertes que la muerte cuando las baña la esperanza.

Esa esperanza que cantó Jesús tan bellamente está ya presente en toda esperanza humana, por muy pequeña que sea pues nos da certeza de eternidad. Sin embargo, el diagnóstico para la actualidad es que cada vez más y más nos vamos hundiendo en la desesperanza.

Alice estuvo en medio de una realidad terrible, no imaginable para nosotros. La música era como una ventana que le hacía ver un cielo diferente, lleno de luz y de vida. En lugar de amargarse, quiso construir su vida, no a base de lo que había perdido, sino de lo que le quedaba: su hijo, la música y un corazón invencible (pregunto: ¿qué no todos contamos con lo mismo?).

Esperar es creer en que Dios, creer que desde su silencio nos ama y nos acompaña. Como muchos judíos en momentos distintos de su historia, nosotros en ocasiones, por falta de fe, nos atrevemos a decir: El señor me ha abandonado. El Señor me tiene el olvido. Pero Dios no puede dejar a su creatura, pues Él es como la madre que ama hasta lo indecible.

Dios nos está pidiendo que dejemos de pensar en nosotros mismos; que alejemos la mirada de nuestros apoyos humanos y terrenos en los que nos habíamos sostenido hasta el día de hoy y que, aunque estemos rodeados de maldad y violencia, no dejemos de creer y de confiar en su poder salvador.

Así lo leemos en el Evangelio del día de hoy. Jesús vivió y enseñó esa confianza absoluta en Dios Padre: afirma que nuestra vida vale más que el alimento; además, dice, que no debemos dejar que las preocupaciones nos agobien; nos anima a que descubramos que valemos más que cualquier cosa a los ojos del Padre celestial y, añade, que no ganamos nada con preocuparnos de forma desmesurada. Pero hay una condición, afirma Cristo: busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura (cf Mt 6, 24-34).

Cuenta una leyenda que un caballero, yendo de casa, se había extraviado en el bosque. Mientras caminaba al azar, atento a escuchar la voz de un compañero, oyó en lo más oscuro del bosque un canto de admirable suavidad y belleza. Lleno de asombro dirigió sus pasos hacia donde provenía la voz, y aquí se produjo una gran sorpresa.

Cantaba un pobre leproso, con su carne comida por la enfermedad.
- ¿Es posible que cantes con alegría hallándote en estado tan lastimoso?
Respondió el enfermo:
- ¿Acaso no tengo motivos suficientes para alegrarme y cantar? ¿No ves cómo la única pared que me separa de Dios, este maltrecho cuerpo, va desmoronándose poco a poco, y que mi espíritu aguarda con esperanza el momento de volar libre hacia Dios? Esta es la causa de mi alegría y de mis cantos.

Aunque sintamos que nuestro cuerpo se derrumbe, como decía el apóstol Pablo; aunque pareciera que no hay más que mal en el mundo, debemos “esperar contra toda esperanza”, pues es Dios quien guía la historia.

Decía Gabriel Marcel, y con razón, que somos de las generaciones más desprotegidas de la historia. Es verdad. Nos hemos quedado huérfanos de Dios, apegados enfermizamente a los bienes materiales, a las modas y los falsos ídolos del mundo; hemos dejado que la realidad de violencia nos llene de tristeza y de amargura nuestro corazón; hemos, en otras palabras, perdido la fe y la esperanza (y sin estas virtudes, ¿cómo podremos tener amor?). Sin embargo, Dios ha venido a recordarnos hoy que está presente, a nuestro lado, y nos canta su amor y protección de una manera maravillosa. Nos pide que dejemos de preocuparnos y pongamos nuestra confianza en él solamente, luchando por su Reino que es de paz, de justicia, y de gozo.

Juan Pablo I decía: [...] a todos los que esperan se puede aplicar lo que dijo San Pablo de Abraham: creyó, esperando contra toda esperanza (Rom 4, 8). Diréis todavía: "¿Cómo puede suceder esto?" Sucede porque se aferra a tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a sus promesas. y es Él, el Dios de las misericordias, quien enciende en mí la confianza; por lo cual yo no me siento ni solo, ni inútil, ni abandonado, sino implicado en un destino de salvación que desembocará un día en el Paraíso (Juan Pablo I. Alocución 20-IX-1978).

Theresienstadt, Aushwitz, Birkenau, Westerbork, Bergen-Belsen, son símbolos de desesperanza contemporáneos, símbolos de maldad y de muerte; son símbolos de pecado y desesperanza. Así, mientras que Alice, Ana Frank, y tantos otros nos hacen recordar que Cristo también enfrentó el sin sentido del mal y la soledad, el Viernes Santo es un recordatorio de que, aún así confió en el "Dios de las misericordias", tuvo fe en el Padre y así entregó su Espíritu, sabiendo que Dios nunca abandona a nadie.

Llevémonos en el corazón el día de hoy una certeza: Dios está con nosotros. Y en esa certeza, abramos la vida a la fe y la confianza, recordando las apalabras de Cristo que nos dice que valemos más que cualquier cosa del Universo. Dejemos madurar las palabras de Isaías donde Dios nos dice que “nunca te abandonaré”.

Inicié comentando la vida de Alice Herz-Sommer, y quiero terminar citando algunas frases de esta mujer que supo tener fe en Dios, en la humanidad y en sí misma gracias a la música. En ese aprendizaje como ser humano dice:

Sólo cuando somos viejos nos damos cuenta de la belleza de la vida.
La gratitud es esencial para la felicidad.
El sentido del humor nos mantiene equilibrados en todas las circunstancias, incluso la muerte.
Quejarse no sirve de nada. Sólo hace que nos sintamos mal.
La risa es maravillosa. Hace que tú y los demás se sientan felices.
Ama el trabajo. Cuando amas el trabajo, nunca te aburres. El aburrimiento es insalubre.
La escuela es importante, pero lo que los niños aprenden en la atmósfera de sus hogares lo conservan toda la vida. La hermosa atmósfera intelectual y musical de mi infancia me ha sostenido hasta hoy.
Yo crecí con amistad. Me enamoré de la mente y de los conocimientos de mi futuro marido. En el matrimonio, la amistad es más importante que el amor romántico.
Yo nunca me canso porque mi mente es activa siempre.
Aprendí a seguir adelante con esperanza.
Los niños necesitan amor incondicional para crecer y desarrollarse como seres humanos completos. Mi consejo es que razones con tus hijos, nunca utilices palabras duras. Paciencia, amabilidad y amor, ése es el alimento que necesita el niño.
Sé amable, la amabilidad es gratis. No te cuesta nada y todo el mundo sale beneficiado.
Cuando toco a Bach, estoy en el cielo.
Mi mundo es la música. La música es un sueño. Te lleva al paraíso.
Cuando estoy con gente joven, soy la más joven.
Me encanta la gente. Me interesa siempre la vida de los demás.
La comprensión de los otros puede conducir a la paz.
Puedo decir que la guerra sólo conduce a la guerra. Casi todas las religiones del mundo dicen “no matarás”, sin embargo, la mayoría de las religiones matan en nombre de Dios. Incluso las dagas de Hitler decían Gott mit uns (“Dios con nosotros”).
Cada día es un milagro. No importa lo malas que puedan ser las circunstancias, tengo la libertad de elegir mi actitud de vida, incluso para encontrar la dicha. El mal no es nuevo. Depende de nosotros cómo tratemos con el bien y el mal…
No necesitamos cosas, los amigos son valiosos.
Tenemos que apreciar el tiempo como un tesoro. Cada momento que pasa se va para siempre.
La música me salvó la vida…
Cuanto más leo, pienso, hablo con la gente, más me doy cuenta de lo feliz que soy.
Cuando muera, me puedo ir con una buena sensación: He hecho lo mejor que he podido. Creo que he vivido mi vida de forma correcta.

P. Miguel Ángel Ramírez González




[1] CAROLINE STOESSINGER. El mundo de Alice. Lecciones de vida de una superviviente del Holocausto. Editorial Planeta. Barcelona, 2012