domingo, 9 de marzo de 2014

Yo nunca pierdo la esperanza

Yo nunca pierdo la esperanza


El pasado 23 de febrero de este 2014 murió, no solamente una de las más longevas mujeres en el mundo (cumplió 110 años), sino que era una de las más increíbles testigos del Holocausto, la pianista y concertista Alice Herz-Sommer. En su honor, Caroline Stoessinger escribió hace dos años la biografía de esta mujer extraordinaria, en un libro que vale cada página, y que lleva el título de El mundo de Alice.

Alice fue una mujer originaria de Checoeslovaquia que tuvo la dicha de conocer a personajes de la talla de Gustav Mahler, Sigmund Freud, Viktor Frankl, Martin Buber, Franz Kafka, Pablo Casals y Golda Meier. Gracias a una familia maravillosa, después de una bella infancia y juventud, Alice perdió en la II Guerra Mundial a su madre y a su esposo en el Holocausto y, acompañada solamente de su pequeño hijo Rafi que tenía en ese momento 6 años, sobrevivió en el campo de concentración de Theresienstadt, debido a que era una extraordinaria pianista. De esa terrible experiencia, Alice señala: Yo nunca pierdo la esperanza… yo creo que la esperanza está relacionada con el sentimiento de que la vida tiene sentido y, mientras sintamos que lo tiene, tenemos razones para vivir. Pues bien, ¿qué aprendemos de esta mujer? Pregunta la autora de la biografía, y señala que “ella lo vio todo; lo mejor y lo peor de la humanidad. Ha vivido su vida con un telón de fondo del bien en medio del caos del mal y, aún así, continúa riéndose a carcajadas con el mismo optimismo que cuando era niña”.[1]

Quise comentarles la vida de esta mujer pues ella es una de esos “testigos de la esperanza” que tanto necesita el mundo de hoy. No solamente fue una sobreviviente del Holocausto, sino que encontró el secreto para iluminar su vida en medio de la oscuridad de un mundo que respiraba muerte. De este modo, Dios, su hijo, la música, su tenacidad y el buen humor, fueron los ingredientes que le ayudaron a seguir adelante y nunca darse por vencida.

Cuando Isaías se dirigía al Pueblo de Dios, le expresaba que debería confiar en Dios, pues siempre puede aparecer la tentación de creer que Dios es un espectador pasivo y distante. Por esta razón, el profeta usa la imagen de una madre con su hijo: ¿Es que puede una madre olvidarse de su creatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? (Is 49, 15-15). La lección de Isaías es que Dios nunca abandonará al hombre de fe, espera solamente del hombre una fe transformada en confianza absoluta. Así, el profeta prefigura la presencia de un Dios que se hace hombre para estar con la humanidad participando de su destino. San Juan el evangelista se atreverá a afirmar que Dios, puso su tienda entre nosotros.

Decía antes que la humanidad de este siglo desconcertante necesita de nuevo la esperanza y la seguridad de que Dios sigue presente entre nosotros. Hay que preguntarse: ¿Cómo respondemos ante la invitación de Dios? ¿Verdaderamente creemos y confiamos en Él? ¿Dios es la razón de nuestro vivir, el "sentido último" de nuestras búsquedas?

Alice, con su amor a toda gente, su alegría, la música (especialmente Beethoven) y el deseo de hacer algo bueno en la vida, transfiguró la miseria que vivió, haciéndonos ver que el amor y la fe son más fuertes que la muerte cuando las baña la esperanza.

Esa esperanza que cantó Jesús tan bellamente está ya presente en toda esperanza humana, por muy pequeña que sea pues nos da certeza de eternidad. Sin embargo, el diagnóstico para la actualidad es que cada vez más y más nos vamos hundiendo en la desesperanza.

Alice estuvo en medio de una realidad terrible, no imaginable para nosotros. La música era como una ventana que le hacía ver un cielo diferente, lleno de luz y de vida. En lugar de amargarse, quiso construir su vida, no a base de lo que había perdido, sino de lo que le quedaba: su hijo, la música y un corazón invencible (pregunto: ¿qué no todos contamos con lo mismo?).

Esperar es creer en que Dios, creer que desde su silencio nos ama y nos acompaña. Como muchos judíos en momentos distintos de su historia, nosotros en ocasiones, por falta de fe, nos atrevemos a decir: El señor me ha abandonado. El Señor me tiene el olvido. Pero Dios no puede dejar a su creatura, pues Él es como la madre que ama hasta lo indecible.

Dios nos está pidiendo que dejemos de pensar en nosotros mismos; que alejemos la mirada de nuestros apoyos humanos y terrenos en los que nos habíamos sostenido hasta el día de hoy y que, aunque estemos rodeados de maldad y violencia, no dejemos de creer y de confiar en su poder salvador.

Así lo leemos en el Evangelio del día de hoy. Jesús vivió y enseñó esa confianza absoluta en Dios Padre: afirma que nuestra vida vale más que el alimento; además, dice, que no debemos dejar que las preocupaciones nos agobien; nos anima a que descubramos que valemos más que cualquier cosa a los ojos del Padre celestial y, añade, que no ganamos nada con preocuparnos de forma desmesurada. Pero hay una condición, afirma Cristo: busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura (cf Mt 6, 24-34).

Cuenta una leyenda que un caballero, yendo de casa, se había extraviado en el bosque. Mientras caminaba al azar, atento a escuchar la voz de un compañero, oyó en lo más oscuro del bosque un canto de admirable suavidad y belleza. Lleno de asombro dirigió sus pasos hacia donde provenía la voz, y aquí se produjo una gran sorpresa.

Cantaba un pobre leproso, con su carne comida por la enfermedad.
- ¿Es posible que cantes con alegría hallándote en estado tan lastimoso?
Respondió el enfermo:
- ¿Acaso no tengo motivos suficientes para alegrarme y cantar? ¿No ves cómo la única pared que me separa de Dios, este maltrecho cuerpo, va desmoronándose poco a poco, y que mi espíritu aguarda con esperanza el momento de volar libre hacia Dios? Esta es la causa de mi alegría y de mis cantos.

Aunque sintamos que nuestro cuerpo se derrumbe, como decía el apóstol Pablo; aunque pareciera que no hay más que mal en el mundo, debemos “esperar contra toda esperanza”, pues es Dios quien guía la historia.

Decía Gabriel Marcel, y con razón, que somos de las generaciones más desprotegidas de la historia. Es verdad. Nos hemos quedado huérfanos de Dios, apegados enfermizamente a los bienes materiales, a las modas y los falsos ídolos del mundo; hemos dejado que la realidad de violencia nos llene de tristeza y de amargura nuestro corazón; hemos, en otras palabras, perdido la fe y la esperanza (y sin estas virtudes, ¿cómo podremos tener amor?). Sin embargo, Dios ha venido a recordarnos hoy que está presente, a nuestro lado, y nos canta su amor y protección de una manera maravillosa. Nos pide que dejemos de preocuparnos y pongamos nuestra confianza en él solamente, luchando por su Reino que es de paz, de justicia, y de gozo.

Juan Pablo I decía: [...] a todos los que esperan se puede aplicar lo que dijo San Pablo de Abraham: creyó, esperando contra toda esperanza (Rom 4, 8). Diréis todavía: "¿Cómo puede suceder esto?" Sucede porque se aferra a tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a sus promesas. y es Él, el Dios de las misericordias, quien enciende en mí la confianza; por lo cual yo no me siento ni solo, ni inútil, ni abandonado, sino implicado en un destino de salvación que desembocará un día en el Paraíso (Juan Pablo I. Alocución 20-IX-1978).

Theresienstadt, Aushwitz, Birkenau, Westerbork, Bergen-Belsen, son símbolos de desesperanza contemporáneos, símbolos de maldad y de muerte; son símbolos de pecado y desesperanza. Así, mientras que Alice, Ana Frank, y tantos otros nos hacen recordar que Cristo también enfrentó el sin sentido del mal y la soledad, el Viernes Santo es un recordatorio de que, aún así confió en el "Dios de las misericordias", tuvo fe en el Padre y así entregó su Espíritu, sabiendo que Dios nunca abandona a nadie.

Llevémonos en el corazón el día de hoy una certeza: Dios está con nosotros. Y en esa certeza, abramos la vida a la fe y la confianza, recordando las apalabras de Cristo que nos dice que valemos más que cualquier cosa del Universo. Dejemos madurar las palabras de Isaías donde Dios nos dice que “nunca te abandonaré”.

Inicié comentando la vida de Alice Herz-Sommer, y quiero terminar citando algunas frases de esta mujer que supo tener fe en Dios, en la humanidad y en sí misma gracias a la música. En ese aprendizaje como ser humano dice:

Sólo cuando somos viejos nos damos cuenta de la belleza de la vida.
La gratitud es esencial para la felicidad.
El sentido del humor nos mantiene equilibrados en todas las circunstancias, incluso la muerte.
Quejarse no sirve de nada. Sólo hace que nos sintamos mal.
La risa es maravillosa. Hace que tú y los demás se sientan felices.
Ama el trabajo. Cuando amas el trabajo, nunca te aburres. El aburrimiento es insalubre.
La escuela es importante, pero lo que los niños aprenden en la atmósfera de sus hogares lo conservan toda la vida. La hermosa atmósfera intelectual y musical de mi infancia me ha sostenido hasta hoy.
Yo crecí con amistad. Me enamoré de la mente y de los conocimientos de mi futuro marido. En el matrimonio, la amistad es más importante que el amor romántico.
Yo nunca me canso porque mi mente es activa siempre.
Aprendí a seguir adelante con esperanza.
Los niños necesitan amor incondicional para crecer y desarrollarse como seres humanos completos. Mi consejo es que razones con tus hijos, nunca utilices palabras duras. Paciencia, amabilidad y amor, ése es el alimento que necesita el niño.
Sé amable, la amabilidad es gratis. No te cuesta nada y todo el mundo sale beneficiado.
Cuando toco a Bach, estoy en el cielo.
Mi mundo es la música. La música es un sueño. Te lleva al paraíso.
Cuando estoy con gente joven, soy la más joven.
Me encanta la gente. Me interesa siempre la vida de los demás.
La comprensión de los otros puede conducir a la paz.
Puedo decir que la guerra sólo conduce a la guerra. Casi todas las religiones del mundo dicen “no matarás”, sin embargo, la mayoría de las religiones matan en nombre de Dios. Incluso las dagas de Hitler decían Gott mit uns (“Dios con nosotros”).
Cada día es un milagro. No importa lo malas que puedan ser las circunstancias, tengo la libertad de elegir mi actitud de vida, incluso para encontrar la dicha. El mal no es nuevo. Depende de nosotros cómo tratemos con el bien y el mal…
No necesitamos cosas, los amigos son valiosos.
Tenemos que apreciar el tiempo como un tesoro. Cada momento que pasa se va para siempre.
La música me salvó la vida…
Cuanto más leo, pienso, hablo con la gente, más me doy cuenta de lo feliz que soy.
Cuando muera, me puedo ir con una buena sensación: He hecho lo mejor que he podido. Creo que he vivido mi vida de forma correcta.

P. Miguel Ángel Ramírez González




[1] CAROLINE STOESSINGER. El mundo de Alice. Lecciones de vida de una superviviente del Holocausto. Editorial Planeta. Barcelona, 2012




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