martes, 25 de marzo de 2014

Agua de nuestros pozos

Agua de nuestros pozos


Por la revelación cristiana sabemos que Dios se ha valido de nuestro lenguaje y de nuestros signos. Esto es tan cierto, que las mismas palabras humanas limitadas, así como una diversidad de estilos literarios, conforman lo que conocemos como Sagradas Escrituras. Encontramos en esos textos signos que Dios ha utilizado para hablarnos como el fuego, la nube, algunos animales, etc. De entre esos signos universales, el agua aparece a lo largo de la Biblia una y otra vez, como signo de destrucción, pero también como signo de fecundidad y de vida.

Fundamentalmente al agua se le identificaba con el Espíritu de Dios, quien es el que purifica, quien da la vida incluso en las tierras desérticas.

El Pueblo de Dios esperaba que para los tiempos mesiánicos se concedería la abundancia del don del Espíritu de Dios. San Juan en su Evangelio, será el que más insistirá acerca de esta relación entre el agua y el Espíritu Santo. En el diálogo con la Samaritana, Jesús la va llevando del agua material al agua del Espíritu, que él puede dar porque es el Mesías, el Cristo: "Yo soy, el que habla contigo". Aquí Jesús, al adjudicarse el título de "Yo Soy" (Ego Eimí), lo que está afirmando es que él es Yahvé, el Dios revelado en el A.T.

San Juan se expresa más profundamente en los capítulos siguientes, en la fiesta de los Tabernáculos. En ese rito, que consistía en derramar agua traída de la fuente de Siló, Jesús exclamará: "Si alguno tiene sed, que venga a mí, y que beba el crea en mí". Y añade: "De su seno correrán ríos de agua viva", advirtiendo San Juan que estas palabras se referían a la gran fiesta de Pentecostés, o el don del Espíritu que hizo Cristo resucitado a su Iglesia. Espíritu-agua como don que serán simbolizados por san Juan en aquella imagen de Cristo en la cruz, de cuyo costado manara sangre y agua, es decir, la Iglesia y el Espíritu, la Eucaristía y el Bautismo.

San Pablo, por su parte, señalará  que "el amor de Dios ha sido derramado (agua en el bautismo) en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado". Morimos al pecado en las aguas del Bautismo, para renacer a la vida nueva en Cristo. Desde ese momento, llevamos dentro de nuestros corazones una verdadera fuente de gracia; agua que nos alimenta, que nos renueva incesantemente. Estas lecturas, pues, nos empujan a observar aquella gran solemnidad de la Vigilia Pascual, fiesta de la luz y del agua; fiesta de la gracia y de la vida.
    
En el pasaje de la samaritana, Jesús manifiesta un conocimiento profundo del hombre, de su realidad y sus necesidades.

Dame de beber.

Es rara la expresión. Cristo ha venido a la tierra para traernos la salvación. Más aún, se ha hecho don para todos. Sin embargo, siempre pide primero algo. Antes de nacer, Dios pide el "sí" a María. Pide un lugar en la posada. A Juan le pide que lo bautice. A Pedro, a Andrés, a los hijos del Zebedeo, a los demás, les pide que lo sigan. A Leví un puesto en la mesa. Y luego un asno prestado para la entrada triunfal a Jerusalén. Una habitación para celebrar la Pascua. A los discípulos predilectos les pide una hora de sueño. Y también el último grito: tengo sed, es una petición. Después de la resurrección les pide de comer a los apóstoles. A la samaritana le pide un vaso con agua.   

Cristo siempre pide, pero para hacernos descubrir nuestras necesidades e indigencias. En el caso de la mujer le irá descubriendo su vida, y ella irá descubriendo al Maestro. Primero lo llamar  judío, luego Señor, después Profeta, y al final lo reconocer  como el Enviado, el Mesías.

Ella cambió porque Jesús la enfrentó a su propia verdad: era una adúltera, pecadora.

A partir de ese momento no es él quien pide agua, sino que se descubre como el donante: ... el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le de, se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna.

Dios da algo propio para el corazón humano. Este ha sido fabricado para cosas demasiado grandes. Todos los pozos del mundo nos satisfacen sólo por momentos pero nos dejarán siempre sedientos. Jesús ofrece lo que el hombre necesita:

Al pan de los habitantes de Cafarnaún, les ofrece algo mejor: el pan de vida: el que coma de este pan vivir  eternamente.

Al sorbo de agua de la samaritana, sacada del pozo de Sicar, ofrece el agua que brota para la vida eterna.

Cristo nunca va a condenar nuestras aguas, más o menos cenagosas de nuestras vidas, ni nos quita nuestras cisternas rotas, sino que ofrece algo mejor.

Si Cristo viene a interrumpir nuestros pobre sueños es para que abramos los ojos frente a una extraordinaria realidad.

Si borra nuestros "renglones torcidos" con los que escribimos nuestras vidas, es para invitarnos a producir de nuestra existencia una obra maestra.

Como con la samaritana, siempre tenemos en nuestras vidas, instantes en que Jesús viene a pedirnos agua de nuestros pozos. Desgraciadamente algunos los tenemos secos, otros demasiado contaminados, pero no obstante sabemos que él tiene sed de nosotros, pero en orden a darnos el AGUA VIVA, su propia vida para que vivamos en abundancia.

El poeta Félix García[1] escribió este verso que tituló: La Samaritana

II
Nueva samaritana,
mi alma se hace, Señor, la encontradiza
en tus caminos interiores.
           ¡Oye,
no pases tan de prisa!
¡He aquí el pozo, el corazón, el agua;
reposa tu fatiga!
¡Oiga yo tus palabras! ¡Haga un alto
tu amor en mi conquista!
¡He aquí el brocal del corazón! Sentaos
aquí, junto a mi vida!

En este tiempo de cuaresma, es necesario dejar que el Señor nos cuestione acerca de nuestras vidas. Sabemos que no andamos muy bien, pero sabemos también que del más terrible desierto y de la más dura piedra ha hecho brotar un manantial. Hoy le pedimos, pues, el don de su Espíritu. Le pedimos el agua de vida.



P. Miguel Ángel Ramírez González





[1] Félix García nació en Aguilar del Campo (Palencia) en 1897.  Fragmento tomado de Dios en la Poesía Actual. ERNESTINA DE CHAMPOURCIN. (selección). BAC. Madrid, 1972. p. 125




No hay comentarios.:

Publicar un comentario