Agua de nuestros
pozos
Por la
revelación cristiana sabemos que Dios se ha valido de nuestro lenguaje y de
nuestros signos. Esto es tan cierto, que las mismas palabras humanas limitadas,
así como una diversidad de estilos literarios, conforman lo que conocemos como
Sagradas Escrituras. Encontramos en esos textos signos que Dios ha utilizado
para hablarnos como el fuego, la nube, algunos animales, etc. De entre esos
signos universales, el agua aparece a lo largo de la Biblia una y otra vez,
como signo de destrucción, pero también como signo de fecundidad y de vida.
Fundamentalmente
al agua se le identificaba con el Espíritu de Dios, quien es el que purifica,
quien da la vida incluso en las tierras desérticas.
El Pueblo de
Dios esperaba que para los tiempos mesiánicos se concedería la abundancia del
don del Espíritu de Dios. San Juan en su Evangelio, será el que más insistirá
acerca de esta relación entre el agua y el Espíritu Santo. En el diálogo con la
Samaritana, Jesús la va llevando del agua material al agua del Espíritu, que él
puede dar porque es el Mesías, el Cristo: "Yo
soy, el que habla contigo". Aquí Jesús, al adjudicarse el título de
"Yo Soy" (Ego Eimí), lo que está afirmando es que él es Yahvé, el
Dios revelado en el A.T.
San Juan se
expresa más profundamente en los capítulos siguientes, en la fiesta de los
Tabernáculos. En ese rito, que consistía en derramar agua traída de la fuente
de Siló, Jesús exclamará: "Si alguno
tiene sed, que venga a mí, y que beba el crea en mí". Y añade: "De su seno correrán ríos de agua
viva", advirtiendo San Juan que estas palabras se referían a la gran
fiesta de Pentecostés, o el don del Espíritu que hizo Cristo resucitado a su
Iglesia. Espíritu-agua como don que serán simbolizados por san Juan en aquella
imagen de Cristo en la cruz, de cuyo costado manara sangre y agua, es decir, la
Iglesia y el Espíritu, la Eucaristía y el Bautismo.
San Pablo,
por su parte, señalará que "el
amor de Dios ha sido derramado (agua en el bautismo) en nuestros corazones con
el Espíritu Santo que se nos ha dado". Morimos al pecado en las aguas
del Bautismo, para renacer a la vida nueva en Cristo. Desde ese momento,
llevamos dentro de nuestros corazones una verdadera fuente de gracia; agua que
nos alimenta, que nos renueva incesantemente. Estas lecturas, pues, nos empujan
a observar aquella gran solemnidad de la Vigilia Pascual, fiesta de la luz y
del agua; fiesta de la gracia y de la vida.
En el pasaje
de la samaritana, Jesús manifiesta un conocimiento profundo del hombre, de su
realidad y sus necesidades.
Dame de beber.
Es rara la expresión.
Cristo ha venido a la tierra para traernos la salvación. Más aún, se ha hecho
don para todos. Sin embargo, siempre pide primero algo. Antes de nacer, Dios
pide el "sí" a María. Pide un lugar en la posada. A Juan le pide que
lo bautice. A Pedro, a Andrés, a los hijos del Zebedeo, a los demás, les pide
que lo sigan. A Leví un puesto en la mesa. Y luego un asno prestado para la
entrada triunfal a Jerusalén. Una habitación para celebrar la Pascua. A los discípulos
predilectos les pide una hora de sueño. Y también el último grito: tengo sed, es una petición. Después de
la resurrección les pide de comer a los apóstoles. A la samaritana le pide un
vaso con agua.
Cristo siempre pide, pero para hacernos descubrir
nuestras necesidades e indigencias.
En el caso de la mujer le irá descubriendo su vida, y ella irá descubriendo al
Maestro. Primero lo llamar judío, luego Señor, después Profeta,
y al final lo reconocer como el Enviado, el Mesías.
Ella cambió
porque Jesús la enfrentó a su propia verdad: era una adúltera, pecadora.
A partir de
ese momento no es él quien pide agua, sino que se descubre como el donante: ... el que beba del agua que yo le dé, no
tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le de, se convertirá en él en fuente
de agua que brota para la vida eterna.
Dios da algo
propio para el corazón humano. Este ha sido fabricado para cosas demasiado
grandes. Todos los pozos del mundo nos satisfacen sólo por momentos pero nos
dejarán siempre sedientos. Jesús ofrece lo que el hombre necesita:
Al pan de los
habitantes de Cafarnaún, les ofrece algo mejor: el pan de vida: el que coma de este pan vivir
eternamente.
Al sorbo de
agua de la samaritana, sacada del pozo de Sicar, ofrece el agua que brota para
la vida eterna.
Cristo nunca va
a condenar nuestras aguas, más o menos cenagosas de nuestras vidas, ni nos
quita nuestras cisternas rotas, sino que ofrece algo mejor.
Si Cristo
viene a interrumpir nuestros pobre sueños es para que abramos los ojos frente a
una extraordinaria realidad.
Si borra
nuestros "renglones torcidos" con los que escribimos nuestras vidas,
es para invitarnos a producir de nuestra existencia una obra maestra.
Como con la
samaritana, siempre tenemos en nuestras vidas, instantes en que Jesús viene a
pedirnos agua de nuestros pozos. Desgraciadamente algunos los tenemos secos,
otros demasiado contaminados, pero no obstante sabemos que él tiene sed de
nosotros, pero en orden a darnos el AGUA VIVA, su propia vida para que vivamos
en abundancia.
II
Nueva samaritana,
mi alma se hace, Señor, la
encontradiza
en tus caminos interiores.
¡Oye,
no pases tan de prisa!
¡He aquí el pozo, el corazón,
el agua;
reposa tu fatiga!
¡Oiga yo tus palabras! ¡Haga un
alto
tu amor en mi conquista!
¡He aquí el brocal del corazón!
Sentaos
aquí, junto a mi vida!
En este
tiempo de cuaresma, es necesario dejar que el Señor nos cuestione acerca de
nuestras vidas. Sabemos que no andamos muy bien, pero sabemos también que del más
terrible desierto y de la más dura piedra ha hecho brotar un manantial. Hoy le
pedimos, pues, el don de su Espíritu. Le pedimos el agua de vida.
P. Miguel Ángel Ramírez González
[1] Félix García
nació en Aguilar del Campo (Palencia) en 1897.
Fragmento tomado de Dios en la
Poesía Actual. ERNESTINA DE CHAMPOURCIN. (selección). BAC. Madrid, 1972. p.
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