domingo, 26 de enero de 2014

DANOS HOY, EL MILAGRO DE CADA DÍA....

Danos hoy, el milagro de cada día...


Lecturas 3er. Domingo ordinario:
Isaías 8, 23-9, 3
1Corintios 1, 10-13.17
Mateo 4, 12-23

San Pablo fue uno de los primeros sorprendidos al contemplar la obra de la gracia en las personas. Sabía que era obra de Cristo, quien trabajaba en la Iglesia mediante el Espíritu Santo. Todo, sus predicaciones, sus desvelos por las comunidades, sus naufragios y persecuciones tendrían a la larga un fruto. Es por eso que a las mismas comunidades las conminaba siempre a no olvidarse de que eran “testigos” de Cristo ante el mundo. Todos, por razón de ese Espíritu, deberían hace presente a Dios, tanto en la vida diaria como en la sociedad. Es por eso que cualquier acto en contra del amor se volvía en una realidad que podía hacer infructuosa la gracia en las comunidades.

La comunidad de Corinto, tan difícil que era, pero tan amada por Pablo, estaba dividida y existían ciertos problemas morales; es la razón por la que el Apóstol les escribe:
“Los exhorto, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes, a que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar” (1 Cor 10,11).

Cualquier división, cualquier violencia, toda envidia o arrogancia, cualquera falta de perdón, cualquier crítica, todo ello eran expresión viva del pecado. Por eso, acuñaría aquella frase que marcaba el ser de la Iglesia: Cristo, con su cuerpo, derrumbó el muro que nos separaba, el odio. La Iglesia es, por lo tanto, no un club de amigos, sino un pueblo de hermanos reconciliados en Jesús.

Como en tiempos de Pablo, hoy podemos decir que el milagro verdadero empieza cuando la comunidad o la familia, empiezan a amarse y a perdonarse realmente. No solamente se convierten en signos del Reino de Cristo, sino que hacen real el milagro de la Pascua.

Esa es nuestra tarea: en la vida diaria, realizar el milagro del amor, del servicio, de la entraga. La Iglesia no se cansa de hablarnos de la importancia que tiene el signo del amor, expresado en la unión y la caridad por los más necesitados.

Casualmente uno de los personajes que más me recuerdan al querido Papa Juan Pablo II es el Papa Jacinto. Se trata de un personaje ficticio nacido de la mente de Gerard Bessière. Este escritor escribió una serie de historias que narran las aventuras del Papa Jacinto, quien un día decide fugarse del Vaticano y se dedica a andar por todas partes y a conocer a todas las gentes bajo el disfraz de un taxista, siempre oculto en la pobreza y el anonimato. Uno de los personajes más pequeños que le acompañan siempre es una niña llamada Gabriela; y en verdad que hay anécdotas maravillosas.

“Aquella tarde a Gabriela le preguntó su amigo Jacinto:
—¿Qué has hecho hoy en la escuela?
—He hecho un milagro—respondió la niña.
—¿Un milagro? ¿Cómo?
—Fue en el catecismo.
—¿Y cómo hiciste el milagro?
—Tenemos como profesora a una señorita que está muy enferma. No puede hacer nada ella sola, sólo hablar y reír.
—¿Y qué pasó?
—La señorita hablaba de los milagros de Jesús. Y los niños dijeron: No es verdad que haya milagros. Porque si los hubiera, Dios te hubiera curado a ti.
—Y ella, ¿qué dijo?
—Dijo: Sí, Dios hace también milagros para mí.
Y los niños dijeron: ¿Qué milagro ha hecho?
— Entonces ella dijo: Mi milagro son ustedes.
- ¿Por qué?, le preguntamos. Y ella dijo: Porque me llevan los miércoles a pa­sear, empujando mi silla de ruedas.
- ¿Lo ves? Hacemos mila­gros todos los miércoles por la tarde. La señorita dijo también que habría muchos más milagros si la gente quisiera hacerlos.
—¿Te gusta a ti hacer milagros?
—Sí. Tengo ganas de hacer un montón. Primero pequeños. Cuando sea mayor voy a hacer milagros grandes.
—¿Todos los miércoles?
—Quiero hacerlos todos los días. toda la vida.
—¿No te parece que la vida es también un milagro? Preguntó el Papa.
No—dijo Gabriela—. La vida es para hacer milagros.

Recuerdo que cuando leí esa frase me cayó como agua fría, pues así debería ser mi vida, pensé. Gabriela tiene razón, la vida es para hacer milagros, los miércoles, y los jueves, y los domingos. La vida no es para sentarse esperando que Dios haga milagros espectaculares, no es para li­mitarse a confiar en que él resuelva nuestros problemas, sino para empezar a hacer ese milagro pequeñito que él puso ya en nuestras manos, el milagro de perdonarnos, de querernos y de ayudarnos.

¿Es que será más milagroso devolverle la vista a un ciego que la felicidad a un amargado? ¿Más prodigioso multiplicar los panes que repartirlos bien? ¿Más asombroso cambiar el agua en vino que el egoís­mo en fraternidad? Si los hombres dedicásemos a construir milagros pequeñitos la mitad del tiempo que invertimos en soñar ­los espectaculares, seguramente el mundo marcharía ya mucho mejor.

Cómo me imagino a esos pescadores llamados por Jesús que un día se pusieron de buenas a primeras a predicar y a curar. Supieron que no habían venido a este mundo a quedarse sentados y a consumirse por la muerte, sino que debían trabajar por el Reino de Dios a fuerza de pequeños milagros. Y así lo hicieron, como Jesús, aunque en ello les llevara la vida. Esa frase de “dejándolo todo lo siguieron” deberá referirse no solamente a que dejaron su fuente de trabajo, sino que es una imagen igualmente valedera para las renuncias a todo aquello que no nos permite vivir la fe y el amor; todo aquello que no nos permite vivir dignamente. Porque dejaste tu egoísmo, porque dejaste el vicio, porque perdonaste, porque dejaste todo eso, eres capaz de seguir a Cristo.

Y el Reino de Dios empieza donde existe el amor, porque Dios es amor, nos dice san Juan. Hermanos, el milagro de amar pueden hacerlo todos, niños y grandes, pobres y ricos, sanos y enfermos. Fíjense bien, a un hombre pueden privarle de todo menos de una cosa: de su capacidad de amar. Un hombre puede sufrir un accidente y no poder volver ya nunca a caminar. Pero no hay accidente alguno que le impida amar. Un enfermo mantiene entera su capacidad de amar: puede amar el paralítico, el moribundo, el condenado a muerte. Amar es una capacidad inseparable del alma humana, algo que conservará siempre incluso el más miserable de los hombres, a menos, claro, que no deseemos amar y prefiramos quedarnos en el capullo del egoísmo.

Lo que nuestra fe católica nos dice es que solamente en el infierno no se podrá amar. Porque el infierno es literalmente eso: no amar, no tener nada que compartir, no tener la posibilidad de sentarse junto a alguien para decirle ¡ánimo! o ¡te perdono! Para los condenados no existe el amor, ni siquiera como posibilidad.

Pero mientras vivimos nosotros en este mundo, no hay cadena que maniate al corazón, salvo claro está la del propio egoísmo, que es como un anticipo del infierno. «Los verdaderos criminales —decía Follerauson los que se pasan la vida diciendo yo y siempre yo».

En cambio, allí donde se ama, se ha empezado a construir ya el cielo a golpe de milagros. En definitiva, los milagros, para Jesús, eran ante todo «los signos del reino», ¿y qué mejor signo de un reino de amor total que empezar queriéndose aquí con amores pequeñitos como el de Gabriela y sus compañeras de escuela?


Con Jesús, en su Iglesia, digámosle: el milagro de cada día, dánoslo hoy, Señor.

P. Miguel Ángel Ramírez González

viernes, 17 de enero de 2014

YO HAGO LA VOLUNTAD DE DIOS


Yo hago la voluntad de Dios

2 Domingo del tiempo Ordinario
1ª Lectura: Is 49, 3,5-6
2ª Lectura: 1Cor 1, 1-3
Evangelio: Jn 1, 29-34


Cuenta el teólogo alemán Teulero: “En un momento dado, yo buscaba dar una definición de la voluntad de Dios. Pero en vano, erraba por los jardines, entraba en las iglesias, investigaba en las bibliotecas. Pero nada”.

Un día, al salir de la Iglesia, donde acababa de rezar, encontré a un anciano que pedía limosna a la puerta. Le dije:
- Buenos días, señor. Y le di una limosna.
Pero el anciano me replicó:
- Todos los días son buenos.
Me detuve extrañado:
- Pero, ¿cómo puede usted decir, en el estado en que se encuentra, que todos los días son buenos?
- Sí, señor –respondió-. Yo hago la voluntad de Dios. Si él quiere que llueva, yo lo quiero también. Si quiere que haga buen tiempo, yo estoy de acuerdo. Si él quiere que sufra un poco, estoy de acuerdo. Cuando era joven trabajaba. Ahora que soy viejo, gracias a la bondad de la gente puedo seguir viviendo. Por eso todos los días son buenos para mí.

Teulero razonó: “Este anciano es más sabio que yo. Acaba de darme la definición de la voluntad de Dios”.

Cuando Dios presentó a su Hijo, lo hizo diciendo que era el Hijo bienamado, pero añadió un mandato: ¡escúchenlo! La voluntad de Dios es que escuchemos a Jesús y, como dijo María en las bodas de Caná a los sirvientes: “hagan lo que él les diga” (Jn 2,5). Escuchar su palabra significa obedecerla, es vivirla, es hacer del evangelio el vivir cotidiano. Porque obedecer a Dios no es obedecer una fuerza ciega; no es tampoco algo inalcanzable, lejano a nosotros, sino que se trata de escuchar y obedecer a una persona: Jesús de Nazaret.

Un día, cuando Juan el Bautista señaló a Jesús, lo hizo sabiendo que él tenía que desaparecer para que la luz verdadera brillara; lo señaló para que todo el pueblo de Israel lo reconociera como el Enviado: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es de quien yo he dicho : ‘el que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque existía antes que yo’... Yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34). Juan nos muestra en ese hombre al Hijo de Dios, al que “quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29); es él quien nos bautizará con el Espíritu (cf. Jn 1, 33) para tener la vida nueva.
 
Estamos iniciando un año más, y la Iglesia nos invita a que volvamos los ojos a Dios, sabiendo que solamente así podremos encontrar el sentido a lo que somos y hacemos. La fe cristiana no es una fe entre tantas. Creer en Jesús no es creer solamente en Dios, es aceptar que su entrada en la historia humana realmente ha transformado todo y sigue transformándolo todo, incluso la propia vida.

Ver a Jesús; sí, ver a ese hombre de Galilea y decirle “creo, Señor, que eres el Hijo de Dios”, significará que aceptemos transformar la vida desde la dimensión nueva de la fe. La historia que les platiqué me ha impresionado, porque yo descubro que no he podido llegar a ese nivel de fe; muchas veces me revuelve el estómago tener que aceptar muchas cosas difíciles que me pasan. ¡Qué difícil es ponerse ante él y, llevando encima las enfermedades, los problemas, tal vez la cercanía de la muerte, poder decirle : Yo hago tu voluntad, Señor.

Estar ante Jesús en esa actitud de fe y de oración significa llegarse a él totalmente desnudos y vulnerables. Sin máscaras. Sin barreras. Mostrando lo que somos y tenemos, con el deseo de que él vuelva su rostro a nosotros.

Cómo me gustaría seguir los doce meses de este año con esa actitud de ofrecimiento y de entrega a Dios. El Papa Bueno, el beato Juan XXIII, siendo seminarista escribió lo siguiente: “Ya llueva, ya haga sol o haga frío, ya sea alto o bajo el superior, ya decida esto o aquello, lo acepto todo gustoso. Sin una murmuración, sin una crítica, ni por fuera ni en mi corazón. En mis labios siempre una sonrisa. Ni me emborracha el éxito ni me inquietan las tristezas de la vida”. Juan XXIII y el anciano limosnero de la historia de Teulero eran hombres de fe que sabían confiarse a la palabra de Dios; eran personas que sabían que no importa qué pase, estamos en las manos del Señor. Ambos reconocían el rostro de Jesús en cada acontecer de su vida, en las buenas y en las malas.

Por eso mismo, les invito a que dejemos nuestras vidas en sus manos. Creo que ya podemos darnos cuenta que sin él nada podemos: ni perdonar, ni creer en el mañana, ni seguir caminando cada día.

Ver a Jesús, creer en él, depositarle nuestras vidas en sus manos, seguirle aunque el camino sea crucificado, significa que la fe nos ha dado una dimensión nueva para vivir. Es verdad, tenemos que vivir para algo y para Alguien.

Desde hace dos mil años, primero Juan y después la Iglesia nos muestran a Jesús: este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Quedará de nosotros el modo de ver cómo seguiremos en la vida: a él en la fe, o solos en el vacío.



P. Miguel Angel Ramírez González

martes, 14 de enero de 2014

RECORDEMOS NUESTRO BAUTIZO


Recordemos nuestro bautizo
 

El domingo pasado celebrábamos la "Manifestación" del Señor a todos los pueblos; era la luz que llegaba a un mundo cubierto de tinieblas. Hoy tenemos otra "epifanía", pero de las tres personas divinas: el Padre deja escuchar su voz, presentando a su Hijo "bien amado", y lo consagra para la misión bajo la sombra del Espíritu Santo, simbolizada en la paloma.
 
El Bautismo de Jesús por Juan no fue propiamente un sacramento, sino la expresión de solidaridad de Jesús, como parte del pueblo de Israel, mediante un rito purificatorio. Israel estaba preparándose para el día de la llegada del Mesías, y Dios mismo lo presente como tal al "pequeño resto" reunido con Juan, quienes son testigos de esta "epifanía". Jesús es el “Hijo amado”, el “consagrado por el Espíritu. 

La liturgia es también apta este día para recordarnos nuestro bautismo, así como los frutos de este en nuestras vidas. Cuando San Agustín recordaba en "Las Confesiones" su bautismo, lo hacía con un gozo profundo y sincero: rebosante de dulzura extraordinaria, aquellos días no me saciaba de considerar la profundidad de su designio para la salvación del género humano.[1] Yo no tengo memoria de mi bautismo, ya que lo recibí a los 8 días de nacido; pero, desde que tengo conciencia de su significado, no dejo de asombrarme y gozarme de ese don, expresión del amor de Dios en Cristo Jesús. En primer lugar, descubro que ese día del bautismo "entramos" a la casa de la Trinidad, de modo que por la presencia del Espíritu, fue plasmado Cristo en nuestro ser para la eternidad, de modo que, a partir de ese instante, el Padre nos hizo sus hijos: Ya no eres esclavo, sino hijo: y si hijo, también heredero (Gál 4, 7), señaló Pablo.
 
De verdad, el bautismo es un "nuevo nacimiento" y, por lo mismo, un nuevo llamado a la vida en el amor y por el Amor. La muerte al pecado en cada uno de nosotros, nos abre el horizonte de la realización en el amor. El bautismo nos incorpora en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, muriendo al pecado y disfrutando ya la vida resucitada de Cristo.
 
Viene después, a lo largo de toda la vida, el compromiso de hacer fructificar el regalo de esa filiación con Dios, del regalo de la muerte y resurrección de Cristo. Dicho en palabras sencillas, nuestra vida desde ese día no tiene otra meta que la santidad, para volvernos morada digna de Dios Trinidad.
 
Dios ha llamado a todos a la vida en Él, pero dependerá de cada uno el modo en que construye y hace fructificar los dones recibidos en el bautismo. En el NT la Parábola de los Talentos se explica muy bien, ya que habla de don gratuito, pero también de justicia, pues ese mismo Señor pide cuentas al final del regalo que se encargó antes de su partida.
 
Lo triste es que no todos aceptan el regalo, y muchísimos decidirán producir frutos al final (aún así la misericordia de Dios estará presente hasta el último segundo de sus vidas). Pero debemos nosotros buscar la santidad de vida a toda costa, aunque no alcancemos ser nombrados en el santoral ni se escriban libros sobre nuestras pequeñas existencias.
 
Por desgracia, por las historias de los hagiógrafos, se nos ha ido clavando en la mente la idea de que la santidad es algo alejado de nosotros, algo inalcanzable. Sobre todo porque han brillado en la historia de la Iglesia hombres de la talla de Pablo, Pedro, Agustín, Francisco de Asís, Teresa de Avila, Juan de la Cruz, etc., y vemos que nosotros llevamos una vida que no brilla casi nada, pobres estrellas opacadas ante tales lumbreras.
 
Joseph Malegue escribió una novela, que no terminó, titulada: "LAS CLASES MEDIAS DE LA SANTIDAD". Dice él que no debemos buscar solamente "en los grandes santos, los aristócratas de la santidad; sino mirar también a esas almas modestas o clases medias de la santidad".
 
Hemos trazado muy tajante la línea entre aquellos hombres que han tomado al Evangelio por donde más quemaba y lo realizaron en sus vidas, alcanzando una luminosidad que todavía hoy alumbra, y aquellos otros, hombre y mujeres que parece que vegetan en el cristianismo.
 
Además de falsa, esta distinción es terriblemente desalentadora. Algunos hemos llegado a creer que como no alcanzaremos la pobreza de Francisco de Asís, la entrega de Teresa de Ávila o la devoción del Cura de Ars, tendremos que cumplir y esperar a que Dios nos meta al cielo, al final, por la puerta de servicio, casi a escondidas. Además, sabemos que muchos santos han realizado milagros, y nosotros ya tenemos bastante con hacer cada día unos cuantos pecados.
 
Si abrimos bien los ojos, podremos ver que además de esos santos de primera (bendito Dios que los hay), hay un mundo lleno de santos de segunda y hasta de tercera. Son esa gente buena que ama a Dios; son esos laicos y sacerdotes que, cuando estamos cerca de ellos, sentimos casi una presencia física de Dios por la bondad que reflejan. Son almas sencillas, pero entregadas; normales, pero fidelísimas a su vocación personal. Personas que descubrieron que la santidad se construye con los ladrillos de todos los días, buscando solamente unirlos con la argamasa del amor a Dios y al prójimo. Al final de cuentas es facilísima la santidad si estamos dispuestos a poner nuestra voluntad en las manos divinas y si queremos arriesgarnos en la fe para vivir el encuentro con Dios en el amor al prójimo.
 
Les confieso que yo me he encontrado con muchas personas así, y me he sentido feliz de estar a su lado. Y he pensado que con un poquito de esfuerzo, hasta podría parecerme a ellas, ya que estas personas son como señales de la presencia de Dios en su Iglesia, en medio de un mundo desacralizado y ausente de Dios.
 
Les platico esto para que nos se desalienten. Cuántos han pasado 20 o 30 años de sus matrimonios donde han habido más gritos que abrazos, más problemas que alegrías. Pero ello no es motivo para desalentarse. Recuerden que los pescadores del Evangelio estuvieron "trabajando toda la noche"; y cuando parecía que allí acababa todo, aparece Jesús, diciéndoles que echen nuevamente la red, y por el lugar más inesperado. Dios nos permite que luchemos un momento solos, para que después lo hagamos con Él, pero de un modo sencillo, en la cotidianeidad de la vida común. El P. Charles Möeller lo dice mejor que yo: "el centro del cristianismo es el misterio de esta humildad de Dios". Sí, el Dios cristiano, amén de todopoderoso (como lo muestra Isaías), al hacerse visible todo fue humilde y sencillo. Se hizo simplemente hombre a quien sus enemigos pudieran abofetear sin que por ello sacara relámpagos del cielo. Un Dios que es humilde en su revelación, hecha a través de textos igualmente humildes, difíciles de interpretar, expuestos a malas interpretaciones, mucho menos claros que un texto de algún filósofo o un matemático. Un Dios humilde en su Iglesia, la cual no fue formada con una élite de escogidos, sino como una esposa indefensa, tartamudeante y armada con una modesta honda y unos pocos guijarros contra el Goliat del mundo. Un Dios humilde también en la tierra que eligió nacer: en Palestina, que no es un  de prodigio de belleza ni paraíso de orden y paz.
 
Añade el P. Möeller: "El Señor de la gloria no ha querido ni el poder ni la nada, ni el trueno ni el silencio del abismo, pues el poder tiránico o la sombría nada son lo contrario del amor. El amor quiere la dulzura humilde y gratuita, que nos defiende, que ofrece de antemano su cuello a los verdugos y, sin embargo, es más poderoso que la muerte, y mil torrentes de agua no podrán extinguir el fuego de la caridad. El amor quiere también la vida, la vida dulce; el amor da la vida, no la nada."
 
Por eso estoy convencido, hermanos, que a este Dios humilde le gustan los santos humildes y pequeños, como lo fue María, su Madre. Y es una suerte que nos permite el no desanimarnos quienes tenemos un amor de hoguera y no de volcán.
 
Aprender que la santidad, a la que Dios nos llama por el bautismo, consiste en subir, no importando cual camino se tome. Lo que importa es amar, aunque sea un amor balbuciente. Al final los caminos se encuentran. Allí nos quitaremos las sandalias, pues estaremos ante el que es verdadera y totalmente santo: Dios.
 
Como les decía, todos hemos sido llamados a la santidad. Muchos de nosotros nos hemos de sentir indignos de Dios por una vida pecadora y mediocre. Pero a Dios no le importa, de hecho, y como lo dice san Pablo a la comunidad de Corinto que Dios elige lo débil en orden a que brille su fuerza y su gloria, y esa, hermanos es la santidad.
 
Sí, Dios nos ama y nos llama no por méritos, sino por puro amor. Poco antes de morir, el P. Carlo Carreto escribió su obra póstuma: "Y vio Dios que era bueno", donde dice de un modo conmovedor: "Lo que vives en la tierra es sólo un comienzo, un gemido de un niño, un abrir los ojos a la luz, una primera experiencia de amor, una prueba de fidelidad, una escuela de signos, un primer alfabeto divino, una comunicación de luz... un tensión cada vez más fuerte hacia el Padre, una búsqueda del tesoro escondido en el campo de la tierra, donde has nacido a la vida".

Es verdad, vivimos apenas el comienzo, por ello debemos seguir luchando, dando el alma a jirones, amando hasta el final, buscando en nuestro caminar siempre las huellas del divino Maestro. Como Pedro, que "dejándolo todo lo siguieron".
 
La autora suiza Sabine Naegeli compuso una oración que traza los rasgos del espíritu que debe guiar a todos los bautizados, a sabiendas que el que hace aunque sea un poco, logra hacer mucho:
 
 
         Señor, bendice mis manos
         para que sean delicadas
         y sepan tomar
         sin jamás aprisionar,
         que sepan dar sin calcular
         y que tengan la fuerza
         de bendecir y consolar.

         Señor, bendice mis ojos
         para que sepan ver la necesidad
         y no olviden nunca
         lo que a nadie deslumbra;
         que ven detrás de la superficie
         para que los demás se sientan felices
         por mi modo de mirarles.

         Señor, bendice mis oídos
         para que sepan oír tu voz
         y perciban muy claramente
         el grito de los afligidos;
         que sepan quedarse sordos
         al ruido inútil y a la palabrería,
         pero no a las voces que llaman
         y piden que las oigan y comprendan
         aunque turben mi comodidad.
 
         Señor, bendice mi boca
         para que dé testimonio de ti
         y no diga nada que hiera o destruya;
         que sólo pronuncie palabras que alivian,
         que nunca traicione confidencias o secretos,
         que consigan despertar sonrisas.

         Señor, bendice mi corazón
         para que sea templo vivo de tu Espíritu
         y sepa dar calor y refugio;
         que sea generoso en perdonar y comprender
         y aprenda a compartir dolor y alegría
              con un gran amor.
         Dios mío, que puedas disponer de mí
         con todo lo que soy y con todo lo que tengo. Amén.
 

Yo espero que el día de nuestra muerte, cuando veamos a Dios cara a cara, podamos escuchar las mismas palabras que dijo a su Hijo Jesús: este es mi hijo amado, en quien me he complacido. Porque esa será la expresión que resume la vida de alguien que tal vez no fue un gran santo, pero que puso su granito de arena para la construcción del Reino de Dios.
 
 
P. Miguel Ángel Ramírez González

 

 




[1] SAN AGUSTÍN. Confesiones. 1, 9, 6.

PRESENTACIÒN


Senderos de Vida

Presentación
 

No he edificado nada, no he transformado el paisaje, lo más probable es que no dejaré huella en ninguna parte. Estos han sido los pensamientos que han girado por mi mente a lo largo de varios años. Sin embargo aconteció un milagro maravilloso hace poco. He tenido la oportunidad en estos días de ver crecer, entre las grietas de unas piedras, una plantita de cedro. Me preguntaba: ¿cómo es posible que en medio de la aridez nace la vida? Probablemente quede como un pequeño árbol o se levantará gigante y romperá las piedras mismas para mirar de frente al sol. ¿No es esta una parábola de la vida, un signo de Dios para mí?

Así es, a más del medio siglo de edad, me preguntaba, ¿será esto acaso un símbolo? ¿Es acaso el símbolo de la vida en medio de la aparente esterilidad? Tal vez mi vida sí ha sido fecunda después de todo. Tal vez en medio de la aridez de la historia soy esa plantita que lucha por brotar y ser signo del Dios de la vida.

Pensaba también que no he engendrado a nadie. Nadie por las calles lleva mis rasgos. Pero he visto en muchas miradas la luz de agradecimiento. He descubierto que me gusta mucho mirar los rostros de las personas, desde el terso rostro de un bebé, hasta el rostro surcado de arrugas de un anciano. Cada uno esconde una historia y un sueño; cada rostro es un universo que no se volverá a repetir, y cada rostro ha sido una epifanía para mí. A lo largo de mis años de ministerio sacerdotal he podido dar una luz nueva de esperanza y de fe a esos rostros, que al paso de los años se van haciendo parte de mi propia historia. Sé que ahora algunos de esos rostros llevan esa luz nueva que les he trasmitido, y ese ha sido el gran gozo de mi “paternidad”, la alegría pastoral de haber comunicado la Vida misma.

Así he visto mi vida: como la tarea de ayudar a los otros a amar la vida, su vida, a amar a los otros, a que se descubran y amen a sí mismos, y llevarlos a la fuente del amor para que amen a Dios. Ser colaborador de esa transfiguración, y ser parte de esa vida que, en Dios, busca un sendero nuevo. Después de eso, regreso a mi habitación, enriquecido por esa gracia de haber sido portador y colaborador con Dios; me guardo entonces en el bolsillo de mis recuerdos la imagen de un rostro más y de una historia que forma parte ya del “quinto evangelio”. 

En ese caminar de mi vida he encontrado a Cristo, sigo encontrando a mi Señor. Estamos en un mundo enfermo, no cabe duda, pero Jesús sigue estando presente como una luz en medio de la oscuridad, como vida en el desierto. Y sé también que él se vale de mí, de sacerdotes como yo, vasijas frágiles, para comunicar esa luz y esa esperanza. Al paso de los años se hacen cada vez más vivas para mí las palabras de Pablo, cuando dice a su comunidad de Filipos: ya sea por mi vida, ya sea por mi muerte, Cristo será glorificado en mí, pues para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia (Flp 1, 19-20).

En esta serie de textos que llevarán el título de "SEnderos de Vida", queremos compartir estas semillas del Evangelio que, por las aguas de la gracia divina, brotarán en el corazón de muchas personas. Estos textos han sido alimento de muchos a lo largo de años, y he podido ser testigo de sus frutos en la vida de todos ellos. Ahora, con la ayuda de la ciencia humana, queremos que más personas lean, se alimenten con estas reflexiones y caminen por los senderos de  vida, guiados por la única luz que es Cristo.

Enero de 2014

P. Miguel Ángel Ramírez González