domingo, 9 de marzo de 2014

La enfermedad moral

La enfermedad moral

Me convenzo cada vez más que el fruto más grande y positivo para la vida de fe, es descubrir que existe el pecado en la vida de todos los días; entender aquella frase del salmo: Mira que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre (Sal 51(50), 7). Por eso es que la Cuaresma es el gran paréntesis que nos permite asomarnos a nuestra interioridad para descubrir qué somos, en qué hemos colocado nuestro corazón y qué lugar ocupa Dios en nuestra existencia; y en medio de todo eso, el daño que el pecado nos ha hecho.

Hay un segundo momento en el proceso cuaresmal: conocer el mundo de las tentaciones que nos han manipulado como títeres, al punto de haber volcado nuestras vidas hacia ese temido pecado.

Cuaresma es también un tiempo de fortalecimiento de la voluntad mediante el ejercicio de la caridad, el ayuno y la oración, para salir de nosotros mismos y poder dirigir la voluntad, auxiliados con la gracia de Dios, hacia el Otro, Dios, y hacia el otro, prójimo necesitado.

Si han podido notar, la vida de fe gira todo en torno de dos realidades opuestas: gracia-pecado; Dios–mundo; egoísmo–amor de caridad; vida plena–vida vacía; servicio-egoísmo. Conforme hayamos madurado y resistido la tentación, habremos podido ir eligiendo aquello que nos da plenitud y vida. Aunque también existe la otra posibilidad: que vaya pasando el tiempo y sigamos en la misma actitud de adhesión al pecado, sustituyendo a Dios por alguna creatura o realidad de este mundo. ¿Qué es, pues, el pecado? Podríamos dar muchas definiciones del pecado, sin embargo basta decir que consiste en alejarse de Dios y decidir una vida alejada de Él, y como consecuencia, destruir la propia vida y la de los demás quedando encerrados en la soberbia y el egoísmo.

El Papa Benedicto XVI, siendo Cardenal todavía, escribió una obra profunda y extraordinariamente actual, titulada: "Las fuentes morales de la teología moral". Hay un párrafo que vale la pena escuchar: "Decía recientemente un autor ruso: «la humanidad, hoy, con su terror a los misiles, es como un individuo que tiene el continuo miedo de que su propia casa puede incendiarse. No sabe pensar en otra cosa que en el modo de prevenir el incendio. Actuando así no se da cuenta de que está enfermo de cáncer. Por lo tanto, no morirá en un incendio, sino por la más profunda descomposición de su cuerpo, provocada por aquel organismo extraño que es el cáncer».

Prosigue el autor ruso diciendo que el peligro hoy del hombre es el de ser destruido desde dentro por la propia decadencia moral. En vez de enfrentar esta enfermedad, él mira como hipnotizado al peligro externo que, por otro lado, es sólo consecuencia de la enfermedad moral interna".

La imagen es aterradoramente verdadera: estamos tan sorprendidos y angustiados por el clima de violencia, la degradación ambiental, los fenómenos naturales y los desastres que producen, que hemos levantado murallas en derredor nuestro y queriendo protegernos del mal externo, que hemos olvidado las raíces del pecado en el propio corazón. Nos aislamos tanto del mundo externo para protegernos que no hemos querido darnos cuenta que hemos caído en la más terrible trampa del egoísmo y la ceguera. Como decía el entonces cardenal Ratzinger: mira como hipnotizado al peligro externo… y no entendemos que el peligro del hombre es el de ser destruido desde dentro por la propia decadencia moral.

Mateo en su Evangelio nos sitúa a Jesús en el desierto, tratando de verlo como la imagen del Israel que pasó en el desierto 40 años, sujeto a la tentación. Cristo no solamente padece las mismas tentaciones sino que, a diferencia del pueblo de Dios, supo mantenerse firme en su vocación. La Iglesia ha querido ver el modelo paradigmático de la lucha del cristiano con las tentaciones que destruyen al hombre.

Las tres tentaciones del desierto iban a ser como un resumen, la obertura de la gran lucha que duraría tres años. Y en las tentaciones se iba a tratar de herir lo esencial: en la misma sustancia del mesianismo de Jesús. Es decir, se le iba a proponer un camino distinto al camino determinado por Dios. Dicho en términos sencillos: alcanzaría una meta de poder mesiánico, pero destruiría su vocación y su fidelidad a Dios Padre.

Pero vayamos a esas tentaciones a la luz de nuestra propia experiencia. Esas tentaciones de Jesús constituyen otros tantos peligros para nuestras almas, porque son las mismas que aparecen una y otra vez a lo largo de la vida de cada uno:

·      convertir las piedras en pan, se refiere a una vida centrada en la búsqueda exclusiva de los bienes de la tierra; es la vida de una persona que ha puesto sus sueños y sus metas en la adquisición única de bienes y riquezas; y cuando no lo obtiene envidia a los otros;

·      arrojarse desde la torre del templo, es simplemente echar mano de una falsa ostentación para ocultar nuestra vaciedad, nuestra insuficiencia. Es tentar a Dios, pedir que cumpla cosas que no deben hacerse; es la actitud de la milagrería y de la falsa devoción que manifiesta una fe en un Dios que va a solucionarnos los problemas mientras que nosotros, como niños inmaduros, esperaremos que Él realice el milagro;

·      para arrodillarse ante Satán basta idolatrar cualquier bien o persona que no sea Dios; abdicar de nuestra dignidad humana ante cualquier tirano, dejarnos corromper. Quien adora a una creatura -llámese como se llame: dinero, poder, sensualidad, riquezas- termina por ser esclavo de ellas.

Jesús fue tentado en el desierto, nosotros lo somos toda la vida.

Sí, el desierto, ¿no es este mundo marcado por las modas, las ostentaciones, la sensualidad, los placeres desmedidos, nuestro desierto en el cual terminamos por ser derrotados por el mal? ¿No ha sido en este mundo, nuestro falso Jardín del Edén, donde se nos ofrecen los apetitosos frutos que no son otra cosa que caminos que llevan a la deshumanización y a la soberbia?

El número 40 es un símbolo que totaliza la vida temporal del hombre, y es una indicación de que la tentación estará presente toda la vida, por lo que, olvidándonos un poco del “peligro del incendio externo”, volvamos la mirada a nuestra interioridad para reorientar nuestro camino; eso es conversión.

Entonces, en esta Cuaresma que iniciamos, ¿qué actitud tomar?

Ante la solicitud satánica de la búsqueda exclusiva de los bienes materiales deberemos asegurar que «no sólo de pan vive el hombre». Primero y sobre todo, está la palabra de Dios, de la cual obtendremos la luz para encontrar su voluntad. Educar a la familia a que no ponga su corazón en las cosas, que deberán ser un medio, nunca un fin en la vida.

Ante esa actitud infantil de pedir a Dios que nos resuelva todo en nuestras vidas, deberemos responder que nunca se debe «tentar a Dios». El gran error de los cristianos es que hemos olvidado que la CRUZ forma parte de la vida, y que esta nos hace humildes, sencillos y fraternos. Tal vez hay que aprender a orar como Jesús, quien dijo en el momento difícil: “que pase de mí este cáliz”, pero al darse cuenta que el camino era el del Calvario, pidió fortaleza solamente: “pero no se haga mi voluntad sino la tuya".

Ante el constante deseo de arrodillarse ante Satán (que es la idolatría), abdicando de nuestra dignidad y libertad humanas, deberemos entender que «sólo a Dios adorarás». En mi experiencia con familias, he podido darme cuenta que al ídolo que se educa para adorar es a la persona misma. Hoy los padres de familia educan a los hijos para volverlos tiranos ególatras; seres que solamente se miran a sí mismos buscando satisfacer sus necesidades inmediatas. También hemos permitido que ídolos falsos propuestos por la cultura posmoderna y mediática ocupen el lugar de Dios; ellos son los modelos a imitar en todo, incluso en su poca o nula moralidad, quedándonos los padres de familia como simple espectadores. Recordemos, nadie, absolutamente nadie deberá ocupar el lugar de Dios.

En esta Cuaresma tomamos con Cristo el camino del desierto y la Palabra de Dios nos invita a descubrir ese mundo interior para sanar el corazón y dirigir nuevamente a Cristo. Responderemos como Pedro: “a dónde iremos, Tú tienes palabras de vida eterna”.

Rezaba Rabindranath Tagore lo siguiente:

Es esta la oración que te dirijo, Señor:
Sacude, sacude las paupérrimas raíces de mi corazón.
Dame fuerza para llevar con garbo
    mis alegrías y mis tristezas.
Dame fuerza para que mis amores
    fructifiquen en servicio.
Dame fuerza para no abandonar al pobre
    y para no doblar mi rodilla
    ante ningún poder insolente.
Dame fuerza para elevar mi mente
    por encima de las trivialidades de cada día.
Y dame fuerza para rendir mi fuerza
    a tu voluntad, con todo el amor.


P. Miguel Ángel Ramírez González







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