La
enfermedad moral
Me
convenzo cada vez más que el fruto más grande y positivo para la vida de fe, es
descubrir que existe el pecado en la vida de todos los días; entender
aquella frase del salmo: Mira que en la
culpa nací, pecador me concibió mi madre (Sal 51(50), 7). Por eso es que la
Cuaresma es el gran paréntesis que nos permite asomarnos a nuestra interioridad
para descubrir qué somos, en qué hemos colocado nuestro corazón y qué lugar
ocupa Dios en nuestra existencia; y en medio de todo eso, el daño que el pecado
nos ha hecho.
Hay
un segundo momento en el proceso cuaresmal: conocer el mundo de las
tentaciones que nos han manipulado como títeres, al punto de haber volcado
nuestras vidas hacia ese temido pecado.
Cuaresma
es también un tiempo de fortalecimiento de la voluntad mediante el
ejercicio de la caridad, el ayuno y la oración, para salir de nosotros mismos y
poder dirigir la voluntad, auxiliados con la gracia de Dios, hacia el Otro,
Dios, y hacia el otro, prójimo necesitado.
Si
han podido notar, la vida de fe gira todo en torno de dos realidades opuestas:
gracia-pecado; Dios–mundo; egoísmo–amor de caridad; vida plena–vida vacía;
servicio-egoísmo. Conforme hayamos madurado y resistido la tentación, habremos
podido ir eligiendo aquello que nos da plenitud y vida. Aunque también existe
la otra posibilidad: que vaya pasando el tiempo y sigamos en la misma actitud
de adhesión al pecado, sustituyendo a Dios por alguna creatura o realidad de
este mundo. ¿Qué es, pues, el pecado? Podríamos dar muchas definiciones del
pecado, sin embargo basta decir que consiste en alejarse de Dios y decidir una
vida alejada de Él, y como consecuencia, destruir la propia vida y la de los
demás quedando encerrados en la soberbia y el egoísmo.
El
Papa Benedicto XVI, siendo Cardenal todavía, escribió una obra profunda y
extraordinariamente actual, titulada: "Las
fuentes morales de la teología moral". Hay un párrafo que vale la pena
escuchar: "Decía recientemente un
autor ruso: «la humanidad, hoy, con su terror a los misiles, es como un
individuo que tiene el continuo miedo de que su propia casa puede incendiarse.
No sabe pensar en otra cosa que en el modo de prevenir el incendio. Actuando
así no se da cuenta de que está enfermo de cáncer. Por lo tanto, no morirá en
un incendio, sino por la más profunda descomposición de su cuerpo, provocada
por aquel organismo extraño que es el cáncer».
Prosigue el autor ruso diciendo que el peligro hoy del hombre es el de ser destruido desde dentro por
la propia decadencia moral. En vez de enfrentar esta enfermedad, él mira
como hipnotizado al peligro externo que, por otro lado, es sólo consecuencia de
la enfermedad moral interna".
La
imagen es aterradoramente verdadera: estamos tan sorprendidos y angustiados por
el clima de violencia, la degradación ambiental, los fenómenos naturales y los
desastres que producen, que hemos levantado murallas en derredor nuestro y
queriendo protegernos del mal externo, que hemos olvidado las raíces del
pecado en el propio corazón. Nos aislamos tanto del mundo externo para
protegernos que no hemos querido darnos cuenta que hemos caído en la más
terrible trampa del egoísmo y la ceguera. Como decía el entonces cardenal
Ratzinger: mira como hipnotizado al
peligro externo… y no entendemos que el peligro del hombre es el de ser destruido
desde dentro por la propia decadencia moral.
Mateo
en su Evangelio nos sitúa a Jesús en el desierto, tratando de verlo como la
imagen del Israel que pasó en el desierto 40 años, sujeto a la tentación.
Cristo no solamente padece las mismas tentaciones sino que, a diferencia del
pueblo de Dios, supo mantenerse firme en su vocación. La Iglesia ha querido ver
el modelo paradigmático de la lucha del cristiano con las tentaciones que
destruyen al hombre.
Las
tres tentaciones del desierto iban a ser como un resumen, la obertura de
la gran lucha que duraría tres años. Y en las tentaciones se iba a tratar de
herir lo esencial: en la misma sustancia del mesianismo de Jesús. Es decir, se
le iba a proponer un camino distinto al camino determinado por Dios. Dicho en
términos sencillos: alcanzaría una meta de poder mesiánico, pero destruiría su
vocación y su fidelidad a Dios Padre.
Pero
vayamos a esas tentaciones a la luz de nuestra propia experiencia. Esas
tentaciones de Jesús constituyen otros tantos peligros para nuestras almas,
porque son las mismas que aparecen una y otra vez a lo largo de la vida de cada
uno:
·
convertir las piedras en
pan, se refiere a una vida centrada en la
búsqueda exclusiva de los bienes de la tierra; es la vida de una persona que ha
puesto sus sueños y sus metas en la adquisición única de bienes y riquezas; y
cuando no lo obtiene envidia a los otros;
·
arrojarse desde la torre
del templo, es simplemente echar mano de una falsa
ostentación para ocultar nuestra vaciedad, nuestra insuficiencia. Es tentar a
Dios, pedir que cumpla cosas que no deben hacerse; es la actitud de la
milagrería y de la falsa devoción que manifiesta una fe en un Dios que va a
solucionarnos los problemas mientras que nosotros, como niños inmaduros, esperaremos
que Él realice el milagro;
·
para arrodillarse ante
Satán basta idolatrar cualquier bien o persona que
no sea Dios; abdicar de nuestra dignidad humana ante cualquier tirano, dejarnos
corromper. Quien adora a una creatura -llámese como se llame: dinero, poder,
sensualidad, riquezas- termina por ser esclavo de ellas.
Jesús
fue tentado en el desierto, nosotros lo somos toda la vida.
Sí,
el desierto, ¿no es este mundo marcado por las modas, las ostentaciones, la
sensualidad, los placeres desmedidos, nuestro desierto en el cual terminamos
por ser derrotados por el mal? ¿No ha sido en este mundo, nuestro falso Jardín
del Edén, donde se nos ofrecen los apetitosos frutos que no son otra cosa que
caminos que llevan a la deshumanización y a la soberbia?
El
número 40 es un símbolo que totaliza la vida temporal del hombre, y es una
indicación de que la tentación estará presente toda la vida, por lo que,
olvidándonos un poco del “peligro del incendio externo”, volvamos la mirada a
nuestra interioridad para reorientar nuestro camino; eso es conversión.
Entonces,
en esta Cuaresma que iniciamos, ¿qué actitud tomar?
Ante
la solicitud satánica de la búsqueda exclusiva de los bienes materiales
deberemos asegurar que «no sólo de pan vive el hombre».
Primero y sobre todo, está la palabra de Dios, de la cual obtendremos la luz
para encontrar su voluntad. Educar a la familia a que no ponga su corazón en
las cosas, que deberán ser un medio, nunca un fin en la vida.
Ante
esa actitud infantil de pedir a Dios que nos resuelva todo en nuestras
vidas, deberemos responder que nunca se debe «tentar a Dios». El gran
error de los cristianos es que hemos olvidado que la CRUZ forma parte de la
vida, y que esta nos hace humildes, sencillos y fraternos. Tal vez hay que
aprender a orar como Jesús, quien dijo en el momento difícil: “que pase de mí
este cáliz”, pero al darse cuenta que el camino era el del Calvario, pidió
fortaleza solamente: “pero no se haga mi voluntad sino la tuya".
Ante
el constante deseo de arrodillarse ante Satán (que es la idolatría),
abdicando de nuestra dignidad y libertad humanas, deberemos entender que «sólo
a Dios adorarás». En mi experiencia con familias, he podido darme
cuenta que al ídolo que se educa para adorar es a la persona misma. Hoy los
padres de familia educan a los hijos para volverlos tiranos ególatras; seres
que solamente se miran a sí mismos buscando satisfacer sus necesidades
inmediatas. También hemos permitido que ídolos falsos propuestos por la cultura
posmoderna y mediática ocupen el lugar de Dios; ellos son los modelos a imitar
en todo, incluso en su poca o nula moralidad, quedándonos los padres de familia
como simple espectadores. Recordemos, nadie, absolutamente nadie deberá ocupar
el lugar de Dios.
En
esta Cuaresma tomamos con Cristo el camino del desierto y la Palabra de Dios
nos invita a descubrir ese mundo interior para sanar el corazón y dirigir
nuevamente a Cristo. Responderemos como Pedro: “a dónde iremos, Tú tienes palabras de vida eterna”.
Rezaba
Rabindranath Tagore lo siguiente:
Es esta la oración que te
dirijo, Señor:
Sacude, sacude las
paupérrimas raíces de mi corazón.
Dame fuerza para llevar
con garbo
mis alegrías y mis tristezas.
Dame fuerza para que mis
amores
fructifiquen en servicio.
Dame fuerza para no
abandonar al pobre
y para no doblar mi rodilla
ante ningún poder insolente.
Dame fuerza para elevar mi
mente
por encima de las trivialidades de cada día.
Y dame fuerza para rendir
mi fuerza
a tu voluntad, con todo el amor.
P. Miguel Ángel Ramírez González
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