sábado, 19 de abril de 2014

¿Qué has hecho de mi resurrección?

¿Qué has hecho de mi resurrección?


Hoy celebramos la fiesta de las fiestas: la Pascua de nuestro Señor Jesucristo. Como escuchamos en el “Pregón Pascual”, es la “noche santa (que) ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”. Porque  “es la noche en que rotas las cadenas,Cristo asciende victorioso del abismo”. La noche Santa “en que nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerta a la vida” (Bendición del fuego).

Desde la Creación Dios había pensado en este día como el día del encuentro con el Hombre Nuevo. Lo esperaba con ansia, porque a partir de este día, todos los hombres y mujeres podremos entrar a la eternidad. Desde hoy no estaremos nunca solos; desde hoy el AMOR reina en el Universo.

Y quiero pensar en aquellos que sienten o creen que su vida es pobre y pequeña; en aquéllos que sienten que no valen nada. Pues bien, tengo en el corazón el recuerdo de un pobre sacerdote de mi infancia. Murió viejo, enfermo y olvidado por su comunidad. Cuando niño no reuníamos con él cada sábado en la “Congregación Mariana”. Toda la chiquillería llegábamos cada fin de semana para escuchar sus historias de Jesús y la historia sagrada, del Universo (tenía mapas de estrellas) y luego regresábamos a nuestras casas con un caramelo, que celosamente nos guardaba y daba a cada niño.

Cuando me avisaron que había muerto el Padre Enrique Torroella –que era su nombre- no pude contener las lágrimas, y recuerdo que celebré la Misa por él. Yo me imagino que ese día que se presentó ante Dios le ha de haber preguntado: “¿qué has hecho de tu vida?”. Y creo que se ha de haber pasado las horas con Jesús platicándole cómo quiso a sus niños y cómo amó a su gente de la parroquia.

Y creo que esas historias que platicó a Jesús fueron tan sagradas como el evangelio mismo.

Les recuerdo esta página de mi vida porque creo que nos narra algo esencial este día de gozo: Dios nuestro Señor nos ha dado una vida para llenarla de amor, y regresar después con él con las manos llenas de ese fruto. Desgraciadamente no es así, ya que la mayoría olvida esta vocación. San Juan en su primera carta, nos dice:

"Conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos, pues el amor de Dios consiste en que cumplamos sus mandamientos...

En este día de Pascua, cuando Cristo se nos presenta como el Viviente es necesario recordar que el motor de la resurrección fue el amor: de un amor generoso que se entregó hasta la muerte, y de un amor igualmente infinito que devolvió la vida a Cristo y desea darla a los hombres. Nuestra vida consiste en "creer" realmente en este misterio de vida; consiste en que cada día, cada acto, cada sueño sea una pequeña resurrección, un verdadero acto de amor redentor, al estilo de Cristo.

No se si se han puesto ha considerar la vida de Jesús. Sabrán que él no vivió muchos años: probablemente alrededor de 33, como nos narra la tradición común. No hizo dinero, no se casó, no tuvo hijos, nunca escribió nada. Podríamos decir que, humanamente hablando, la vida de Jesús fue un tremendo fracaso, como la mucha gente común y corriente, o como del Padre Enrique. Pero muchas personas, como él, creyó que lo importante era ser gentil con las personas y los niños. Que la vida hay que llenarla de amor, que son las semillas de resurrección.

Es por eso que podemos decir que en caso de Jesús, nunca habrá una vida tan plenamente vivida como la de él porque amó como nadie ha amado a Dios y al prójimo.

Pero, ¿qué podemos decir nosotros? Señor, he perdido casi toda mi vida en ideales estúpidos e irrealizables; he querido fincar mi vida en solamente cosas materiales; me he olvidado por muchos años de mi familia, esclavizado, incluso, por algún vicio; ni siquiera he podido dar con amor tiempo a mis hijos y a mi cónyuge, viéndolo todo como una obligación y nunca como amor; y, lo más triste, me he olvidado de ti: no me he acercado a reconciliarme contigo, vengo a Misa más por obligación que por amor a ti, mi fe no es vida sino una serie de ritos.

Creo que celebrar cada año la fiesta de la Pascua del Señor es reconocer que "no hemos amado" ni a Dios ni a la gente, tal vez ni a nosotros mismos. Y vamos por la vida mediocremente, arrastrando los pies, cansados.

La Pascua es una fiesta de alegría, de compromiso, de entrega generosa.

Les confieso que en ocasiones, cuando estoy en oración, me viene a la mente esa pregunta que acabo de hacerles y siento que Jesús me responde: "Qué has hecho con mi resurrección". La respuesta es: pecar a cada rato y ser mediocre como hombre, como cristiano, como persona. Y pido perdón a Él, pues me está ofreciendo la capacidad de la vida eterna, y pido perdón también a los demás hombres porque me he dejado llevar por la apatía y no he descubierto que la fe en la resurrección es algo vivo y activo.




P. Miguel Angel Ramírez González


martes, 8 de abril de 2014

La risa de Lázaro

La risa de Lázaro


Hoy escuchamos esta larga narración de la resurrección de Lázaro en donde el Evangelista nos quiere hacer contemplar a Cristo como Vida. Me imagino que Juan, al escribir este relato, no solamente traía a la mente el episodio sorprendente cuando Lázaro, un cadáver ya putrefacto, regresó a la vida; sino que recordaba vivamente cuando descubrió, en compañía de Pedro, el sepulcro vacío, y después cuando sus ojos vieron la verdad nueva de Cristo resucitado.

Creo que la vida es demasiado dura con nosotros, por lo que olvidamos fácilmente que hay otra vida; y nuestra fe demasiado pequeña para que podamos creer el misterio de la resurrección. Me decía un profesor del Seminario que si verdaderamente creyéramos en la resurrección, nuestra vida sería otra, porque cada día sería nuevo, único y maravilloso. Créanme, Dios no habla en el vacío, ni sus palabras son como las nuestras: palabras muertas, sino que es un Dios de vida y su promesa es hacernos participar de esta vida nueva. Ezequiel así lo describe:

“Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel... os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago” (Ez 37, 12-14)

Creer en la resurrección es creer que llegará un momento en la historia cuando todos los hombres se levantarán para escuchar el juicio de Dios: “Les aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán... No os sorprenda que venga la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de condena. (Jn 5, 17-30). Y esta será una resurrección del hombre completo, no de de almas o de partes de la persona, sino en la imagen de Cristo, primogénito de los resucitados.

En la escena del Evangelio donde Lázaro es devuelto a la vida, solamente es un signo de lo que será el final. Lázaro regresó a este mundo, pero volvió a morir. Y Jesús quiere que en esta imagen nosotros veamos que el tiene el poder de dar la vida o de retenerla. Después de resucitado Cristo es el Señor de vivos y muertos y, como decimos en el Credo, esperamos que “venga a juzgar a vivos y a muertos”.

Pero, también, san Juan es insistente al recordarnos a cada momento que la “vida eterna” se va recibiendo desde el momento en que aceptamos por la fe a Jesús y empezamos por vivir una vida nueva en Cristo, cumpliendo su mandamiento de amor; lo mismo la muerte eterna se empieza a vivir ya desde aquí. Dicho en otros términos, vivir en pecado es probar ya la muerte eterna; vivir la vida de Cristo es saborear la vida de Dios.

Creo, hermanos, que Jesús nos toma más en serio de lo que creemos. Nuestro acto de fe involucra de modo responsable y maduro nuestra entrega a su soberana majestad, y nuestra adhesión a su palabra de modo incondicional y absoluto. De no hacerlo así, la vida se irá diluyendo, se irá perdiendo, llegando al final de la vida con nada sino “muerte” entre los huesos. Leer este Evangelio en el tiempo de Cuaresma es para que recordemos que la Pasión del Salvador apunta a que tengamos vida (morimos al pecado y participamos de la vida eterna de Dios), pero también que no existe en el mundo nadie que esté exento de hacer su opción en favor o en contra de Jesús, en favor o en contra de la Vida. “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. Esta pregunta dirigida a Marta nos es dirigida a cada uno en cada momento: ¿crees en la resurrección? ¿crees en la vida?, en última instancia, ¿crees en Jesucristo? Si tu respuesta es “sí”, ¿por qué, entonces, sigues viviendo en las sombras de la muerte y del pecado? ¿por qué sigues en la vida esclavizado por el mal, en lugar de vivir bajo la ley de la vida nueva del Evangelio?

Recuerdo aquella obra de Eugene O'Neill: «La risa de Lázaro». En ella nos platica de un Lázaro que regresa a la tierra después de que Jesús lo resucita. Entonces Lázaro les gritaba a sus conciudadanos:

«Esa es vuestra tragedia. ¡Olvidáis! ¡Olvidáis al Dios que hay en vosotros! ¡Queréis olvidar! El recuerdo implicaría el alto deber de vivir como un hijo de Dios... generosamente, con orgullo, con risa. ¡Esa sería una victoria harto gloriosa para vosotros, una soledad harto terrible! ¡Es más fácil olvidar, convertirse solamente en  un hombre, en el hijo de una mujer; ocultarse en la vida contra su pecho, lloriquearle vuestro miedo a su         resignado corazón y ser consolado por su resignación!
¡Vivir negando la vida!»

Ese texto los he leído cientos de veces y siempre las saboreo, porque es verdad: nunca nos damos cuenta del riesgo en el que vivimos. Somos seres amados por Dios y llamados a vivir con Él después de la muerte; pero desperdiciamos la vida presente y sacrificamos la eterna. Muchos de nosotros nos acurrucamos en nuestra mediocridad; nos olvidamos de los seres a quienes amamos. Dejamos para mañana cosas que deberíamos hacer hoy y despilfarramos horas y horas de esta breve vida.

¡Vivir negando la vida!, decía O'Neill; ¡Cuántos muertos vivos! La vida es un milagro y es un gran riesgo. Yo me imagino que Lázaro, en esta segunda oportunidad, debió de haber aprovechado cada minuto de su vida, cada instante con amor y santidad. Por desgracia la mayoría de nosotros creemos que vale más un momento frente al televisor que un instante de amor y servicio al prójimo. Muchos creemos que vale más un partido de futbol que un día con la familia. Usando los términos de Juan: el mundo nos ha esclavizado. Toda vida, breve o larga, densa o diluida, sana o enferma, tienen un sentido y una misión que cumplir. Yo veo en este pasaje otra imagen: todo hombre, después de una enfermedad, después de una tragedia familiar, después de una traición, puede vivir una segunda oportunidad o, como dice el P. O’Collins, una segunda jornada.

Dios nos dará la vida eterna, pero tengamos presente, nos juzgará como juzgamos en esta vida; nos perdonará pero como perdonamos; nos recibirá como nosotros recibimos a los necesitados; nos dará vida en la medida en que nosotros la aprovechamos en este mundo. Suena cruel, pero atrás de ellos se funda la justicia de un Dios que da la vida, pero no la muerte; un Dios que llama a la resurrección, pero donde cada uno decidirá qué tipo de vida eterna desea.

Sobre la tumba de uno de los personajes de una de sus novelas, el padre Coloma pone una frase bíblica que podría ser el epitafio para muchos: “Fuego fatuo cegó mis ojos y pasé junto a mi felicidad y la pisoteé sin conocerla”. Para muchos tal vez debería de ser el epitafio en sus tumbas: vivieron sin vivir y murieron ya muertos, pues la vida nunca había estado con ellos.

Si Cristo nos llama a la vida, empecemos a vivirla ya desde aquí. Lázaro tuvo la oportunidad única en la historia: la de haber podido empezar de nuevo después de haber probado la muerte. Pero nosotros no tendremos esa oportunidad, a lo más la palabra de Dios que nos advierte que todo llega a su final y que, aunque estamos llamados a la resurrección, tenemos que sembrar semillas de vida en este mundo.

Por eso pidamos a Dios Padre que nos la de, con esas mismas palabras de la oración Colecta: Que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo” (Oración colecta de la quinta semana de Cuaresma).



P. Miguel Ángel Ramírez Gónzalez




jueves, 3 de abril de 2014

Soy un hombre con cita de eternidad

Soy un hombre con cita de eternidad


El inicio del Evangelio del día de hoy (Jn 9, 1-41), introduce el hecho de la curación del ciego con una pregunta que los seres humanos nos hemos hecho desde los albores de la humanidad: “¿Quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” ¿Es Dios quien manda la enfermedad como forma de ejercer su castigo en esta vida?

La respuesta de Jesús puede parecernos desconcertante: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Por supuesto que Juan escribe el texto como una catequesis que muestra el poder de Dios manifestado en Cristo, todo bañado del simbolismo del rito bautismal, así como del símbolo de la comunidad cristiana primitiva simbolizada en el ciego, que terminará siendo echado del templo. Pero, respecto al por qué sufrimos, declara de una manera muy clara que no es porque Dios lo envíe como castigo; una idea muy metida en la mente y fe de los judíos de su tiempo. Nacimos con esta o aquella enfermedad, no porque Dios nos quiera hacer sufrir, sino porque forma parte de nuestra naturaleza humana. Más bien depende de nosotros qué respuesta demos a ello: podemos dar gloria a Dios y manifestar su amor y misericordia, o podemos cerrarnos en la autocompasión y en rechazo de ese amor.

Por supuesto que Él es la luz y puede iluminar esos momentos oscuros de la vida. Pero para poder “entender” y “dar un sentido nuevo a lo que vivimos” necesitamos la fe. Los Padres Mateo y Barreto elaboran un argumento filológico donde señalan que la traducción más correcta es: “le untó SU barro en los ojos”; es decir, “su barro” y luego “su saliva”, como si creara de nuevo al hombre ya no del barro de la tierra (cfr. Génesis), sino de Él mismo. El hombre está hecho de Cristo, y se lava en la piscina que se llama el “Enviado” o “Mesías”, que es Jesús mismo.

El “fue, se lavó y volvió con vista” resume el proceso del camino de la fe. Tenemos nosotros también que vivir ese proceso de purificación que tuvo su comienzo el día de nuestro bautismo, y que debe seguir a lo largo de la vida hasta que termines nuestro peregrinar.

Todo hombre y mujer tiene una misión que hacer en la vida. Y casi toda existencia tiene sus momentos bellos, llenos de alegría y plenitud. Pero hay otros momentos, igualmente intensos, pero que miden la calidad del amor humano y la fe en Dios; los momentos que definen la plenitud de esa vida: el sufrimiento.

Por desgracia nosotros los vemos como castigos, como pruebas enviadas por Dios. Y, casi siempre, con la mirada interrogadora preguntamos: “¿por qué a mí?”. Y después del rechazo diluimos nuestra fe y nos encerramos en el rincón de la tristeza y la frustración.

Ojalá y tuviéramos esa fe maravillosa que mueve montañas y poder así hacer de nuestra vida algo grande y maravilloso, algo digno de la gloria de Dios. Y no me refiero a títulos profesionales o a grandes descubrimientos que nos permitan dejar grabado nuestro nombre para la eternidad, no. Me refiero a esa vida tan parecida a la de Cristo que, no importando la cuna humilde, la familia sencilla, el trabajo amoroso de todos los días, las mismas enfermedades y las penas que comúnmente llueven en el tejado de la existencia. Y en medio de todo ello
dejarnos traspasar por su luz.

Muchos de nosotros tenemos fe al estilo de los judíos, caminando ciegos por la vida. Pero nos falta la fe verdadera, nos falta amor a Dios y al prójimo, nos falta mucha esperanza. Ante esa actitud que parece vencernos, Pablo recuerda: En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan por lo tanto, como hijos de la luz (cf. Ef 5, 8-14).

De cómo la fe nos ayuda a ver las cosas de modo distinto y cómo también Jesús nos sale al encuentro para curar nuestra ceguera, tenemos una bella anécdota.

¿Conocen ustedes la historia del maravilloso guitarrista español Narciso Yepes? Casi toda su juventud estuvo alejado de la fe y de la instrucción religiosa. Pero un día, antes de que fuera un músico famoso y con apenas 25 años de edad, se encontraba en París, acodado en el puente del río Sena, viendo pasar el agua… era por la mañana, exactamente el día 18 de mayo de 1951. Y narra Narciso Yepes:

-De pronto le escuché dentro de mí… quizá me había llamado ya en otras ocasiones, pero yo no le había oído. Aquel día yo tenía “la puerta abierta”… Y Dios pudo entrar. No sólo se hizo oír, sino que entró de lleno y para siempre en mi vida.

- y esa voz me preguntó: “¿qué estás haciendo?”. En ese instante todo cambió para mí. Sentí la necesidad de plantearme por qué vivía, para quién vivía.

- Y ya desde aquel momento nunca he dejado de saber que soy una criatura de Dios, hijo de Dios… Un hombre con una cita de eternidad que se va tejiendo y recorriendo ya aquí en compañía de Dios. Así como antes Dios no contaba para nada en mi vida, desde aquel instante no hay nada en mi vida, ni lo más trivial, ni lo más serio, en lo que yo no cuente con Dios…

Pero se trataba del inicio de un peregrinar de la fe, pues la vida le traería más tarde más penas, pero sus ojos estaban ya curados por Jesús.

Años después, un Guardia Civil le comunicó la tremenda noticia que su hijo, Juan de la Cruz, había fallecido en un accidente, destrozado por una máquina quitanieves. Y poco después, cuando un periodista le preguntó si llegó a encararse con Dios y a pedirle explicaciones, si pudo sostenerse en el dolor, contestó Narciso Yepes:

¿Pedirle explicaciones? ¿Por qué iba a hacerlo? Sentí y sigo sintiendo todo el dolor que usted se puede imaginar… y más. Pero sé que la vida de mi hijo Juan de la Cruz estaba y está amorosamente en las manos de Dios… Y ahora lo está aún con más plenitud y felicidad. Por otra parte, dijo a la periodista, cuando se vive con fe y de fe, se entiende mejor el misterio del dolor humano. El dolor acerca a la intimidad con Dios. Es… una predilección, una confianza de Dios hacia el hombre.

Narciso tuvo su cita con la Eternidad en mayo de 1997.

Su hijo no murió por sus pecados, ni Dios había mandado el sufrimiento por algún motivo arcano. Simplemente pasaron las cosas. Pero Narciso Yepes creía y confiaba en Dios.

Si pudiéramos tener la fe de Yepes, si pudiéramos creer que Dios nos acompaña y nunca nos deja solos, y que no ha sido él quien nos manda el sufrimiento, sino que es nuestra propia naturaleza humana, cuántas tristezas se alejarían de nuestra vida y con qué gozo empezaríamos a vivir la vida.

El pecado no es tener miedo, sino dejar de creer, dudar de Dios y tal vez creer que somos marionetas de un destino fatuo. El pecado está en la desconfianza y no creer que Dios es más grande que nuestras penas y más fuerte que la muerte. ¿Qué espera Jesús? Que un día digamos “creo, Señor”, y postrados le adoremos (cf. Jn 9, 41).



En el corazón de la fe cristiana
está la convicción de que,
cuando se acepta la muerte
con espíritu de fe,
y cuando toda la vida se orienta
a la entrega de sí mismo,
de manera que, al final
uno la devuelve alegre y libremente
en las manos de Dios
Creador y Redentor,
entonces la muerte
se transforma en plenitud.
Vencemos a la muerte con el amor,
y no por una heroica virtud nuestra,
sino por participar en aquel amor
con el que Cristo aceptó
su muerte y su cruz.
Todo esto no lo ve nuestra razón,
sólo lo ve nuestra fe.



Thomas Merton. Monje trapense


P. Miguel Ángel Ramírez González