¿Qué has hecho de mi resurrección?
Hoy
celebramos la fiesta de las fiestas: la Pascua de nuestro Señor Jesucristo.
Como escuchamos en el “Pregón Pascual”, es la “noche santa (que) ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la
inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la
concordia, doblega a los poderosos”. Porque “es la noche en que rotas las cadenas,Cristo asciende victorioso del
abismo”. La noche Santa “en que
nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerta a la vida” (Bendición del
fuego).
Desde
la Creación Dios había pensado en este día como el día del encuentro con el
Hombre Nuevo. Lo esperaba con ansia, porque a partir de este día, todos los
hombres y mujeres podremos entrar a la eternidad. Desde hoy no estaremos nunca
solos; desde hoy el AMOR reina en el Universo.
Y
quiero pensar en aquellos que sienten o creen que su vida es pobre y pequeña;
en aquéllos que sienten que no valen nada. Pues bien, tengo en el corazón el
recuerdo de un pobre sacerdote de mi infancia. Murió viejo, enfermo y olvidado
por su comunidad. Cuando niño no reuníamos con él cada sábado en la
“Congregación Mariana”. Toda la chiquillería llegábamos cada fin de semana para
escuchar sus historias de Jesús y la historia sagrada, del Universo (tenía mapas
de estrellas) y luego regresábamos a nuestras casas con un caramelo, que
celosamente nos guardaba y daba a cada niño.
Cuando me avisaron que había muerto el Padre
Enrique Torroella –que era su nombre- no pude contener las lágrimas, y recuerdo
que celebré la Misa por él. Yo me imagino que ese día que se presentó ante Dios
le ha de haber preguntado: “¿qué has hecho de tu vida?”. Y creo que se
ha de haber pasado las horas con Jesús platicándole cómo quiso a sus niños y
cómo amó a su gente de la parroquia.
Y
creo que esas historias que platicó a Jesús fueron tan sagradas como el
evangelio mismo.
Les
recuerdo esta página de mi vida porque creo que nos narra algo esencial este
día de gozo: Dios nuestro Señor nos
ha dado una vida para llenarla de amor, y regresar después con él con las manos
llenas de ese fruto. Desgraciadamente no es así, ya que la mayoría
olvida esta vocación. San Juan en su primera carta, nos dice:
"Conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos, pues el amor de Dios consiste en que cumplamos
sus mandamientos...
En
este día de Pascua, cuando Cristo se nos presenta como el Viviente es necesario
recordar que el motor de la resurrección fue el amor: de un amor generoso que
se entregó hasta la muerte, y de un amor igualmente infinito que devolvió la
vida a Cristo y desea darla a los hombres. Nuestra vida consiste en "creer"
realmente en este misterio de vida; consiste
en que cada día, cada acto, cada sueño sea una pequeña resurrección, un
verdadero acto de amor redentor, al estilo de Cristo.
No
se si se han puesto ha considerar la vida de Jesús. Sabrán que él no vivió
muchos años: probablemente alrededor de 33, como nos narra la tradición común.
No hizo dinero, no se casó, no tuvo hijos, nunca escribió nada. Podríamos decir
que, humanamente hablando, la vida de Jesús fue un tremendo fracaso, como la
mucha gente común y corriente, o como del Padre Enrique. Pero muchas personas,
como él, creyó que lo importante era ser gentil con las personas y los niños.
Que la vida hay que llenarla de amor, que son las semillas de resurrección.
Es
por eso que podemos decir que en caso de Jesús, nunca habrá una vida tan
plenamente vivida como la de él porque amó como nadie ha amado a Dios y al
prójimo.
Pero,
¿qué podemos decir nosotros? Señor, he perdido casi toda mi vida en ideales
estúpidos e irrealizables; he querido fincar mi vida en solamente cosas
materiales; me he olvidado por muchos años de mi familia, esclavizado, incluso,
por algún vicio; ni siquiera he podido dar con amor tiempo a mis hijos y a mi
cónyuge, viéndolo todo como una obligación y nunca como amor; y, lo más triste,
me he olvidado de ti: no me he acercado a reconciliarme contigo, vengo a Misa
más por obligación que por amor a ti, mi fe no es vida sino una serie de ritos.
Creo
que celebrar cada año la fiesta de la Pascua del Señor es reconocer que "no hemos amado" ni a Dios ni a la
gente, tal vez ni a nosotros mismos. Y vamos por la vida mediocremente,
arrastrando los pies, cansados.
La
Pascua es una fiesta de alegría, de compromiso, de entrega generosa.
Les
confieso que en ocasiones, cuando estoy en oración, me viene a la mente esa
pregunta que acabo de hacerles y siento que Jesús me responde: "Qué has hecho con mi
resurrección". La respuesta es: pecar a cada rato y ser mediocre como
hombre, como cristiano, como persona. Y pido perdón a Él, pues me está
ofreciendo la capacidad de la vida eterna, y pido perdón también a los demás
hombres porque me he dejado llevar por la apatía y no he descubierto que la fe
en la resurrección es algo vivo y activo.
P. Miguel Angel Ramírez González
