Soy un hombre con cita de
eternidad
El
inicio del Evangelio del día de hoy (Jn 9, 1-41), introduce el hecho de la
curación del ciego con una pregunta que los seres humanos nos hemos hecho desde
los albores de la humanidad: “¿Quién pecó
para que éste naciera ciego, él o sus padres?” ¿Es Dios quien manda la
enfermedad como forma de ejercer su castigo en esta vida?
La
respuesta de Jesús puede parecernos desconcertante: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se
manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me
envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede
trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.
Por
supuesto que Juan escribe el texto como una catequesis que muestra el poder de
Dios manifestado en Cristo, todo bañado del simbolismo del rito bautismal, así
como del símbolo de la comunidad cristiana primitiva simbolizada en el ciego,
que terminará siendo echado del templo. Pero, respecto al por qué sufrimos,
declara de una manera muy clara que no es porque Dios lo envíe como castigo;
una idea muy metida en la mente y fe de los judíos de su tiempo. Nacimos con
esta o aquella enfermedad, no porque Dios nos quiera hacer sufrir, sino porque
forma parte de nuestra naturaleza humana. Más bien depende de nosotros qué
respuesta demos a ello: podemos dar gloria a Dios y manifestar su amor y
misericordia, o podemos cerrarnos en la autocompasión y en rechazo de ese amor.
Por
supuesto que Él es la luz y puede iluminar esos momentos oscuros de la vida.
Pero para poder “entender” y “dar un sentido nuevo a lo que vivimos”
necesitamos la fe. Los Padres Mateo y Barreto elaboran un argumento filológico
donde señalan que la traducción más correcta es: “le untó SU barro en los ojos”; es decir, “su barro” y luego “su saliva”,
como si creara de nuevo al hombre ya no del barro de la tierra (cfr. Génesis),
sino de Él mismo. El hombre está hecho de Cristo, y se lava en la piscina que
se llama el “Enviado” o “Mesías”, que es Jesús mismo.
El
“fue, se lavó y volvió con vista”
resume el proceso del camino de la fe. Tenemos nosotros también que vivir ese
proceso de purificación que tuvo su comienzo el día de nuestro bautismo, y que
debe seguir a lo largo de la vida hasta que termines nuestro peregrinar.
Todo
hombre y mujer tiene una misión que hacer en la vida. Y casi toda existencia
tiene sus momentos bellos, llenos de alegría y plenitud. Pero hay otros
momentos, igualmente intensos, pero que miden la calidad del amor humano y la
fe en Dios; los momentos que definen la plenitud de esa vida: el sufrimiento.
Por
desgracia nosotros los vemos como castigos, como pruebas enviadas por Dios. Y,
casi siempre, con la mirada interrogadora preguntamos: “¿por qué a mí?”. Y
después del rechazo diluimos nuestra fe y nos encerramos en el rincón de la
tristeza y la frustración.
Ojalá
y tuviéramos esa fe maravillosa que mueve montañas y poder así hacer de nuestra
vida algo grande y maravilloso, algo digno de la gloria de Dios. Y no me
refiero a títulos profesionales o a grandes descubrimientos que nos permitan
dejar grabado nuestro nombre para la eternidad, no. Me refiero a esa vida tan
parecida a la de Cristo que, no importando la cuna humilde, la familia
sencilla, el trabajo amoroso de todos los días, las mismas enfermedades y las
penas que comúnmente llueven en el tejado de la existencia. Y en medio de todo
ello
dejarnos
traspasar por su luz.
Muchos
de nosotros tenemos fe al estilo de los judíos, caminando ciegos por la vida. Pero
nos falta la fe verdadera, nos falta amor a Dios y al prójimo, nos falta mucha
esperanza. Ante esa actitud que parece vencernos, Pablo recuerda: En otro tiempo ustedes fueron tinieblas,
pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan por lo tanto, como hijos de la luz
(cf. Ef 5, 8-14).
De
cómo la fe nos ayuda a ver las cosas de modo distinto y cómo también Jesús nos
sale al encuentro para curar nuestra ceguera, tenemos una bella anécdota.
¿Conocen
ustedes la historia del maravilloso guitarrista español Narciso Yepes? Casi
toda su juventud estuvo alejado de la fe y de la instrucción religiosa. Pero un
día, antes de que fuera un músico famoso y con apenas 25 años de edad, se
encontraba en París, acodado en el puente del río Sena, viendo pasar el agua…
era por la mañana, exactamente el día 18 de mayo de 1951. Y narra Narciso
Yepes:
-De
pronto le escuché dentro de mí… quizá me había llamado ya en otras ocasiones,
pero yo no le había oído. Aquel día yo tenía “la puerta abierta”… Y Dios pudo
entrar. No sólo se hizo oír, sino que entró de lleno y para siempre en mi vida.
- y esa voz me preguntó: “¿qué estás haciendo?”. En ese instante todo cambió para mí. Sentí la
necesidad de plantearme por qué vivía, para quién vivía.
- Y
ya desde aquel momento nunca he dejado de saber que soy una criatura de Dios,
hijo de Dios… Un hombre con una cita de eternidad que se va tejiendo y
recorriendo ya aquí en compañía de Dios. Así como antes Dios no contaba para
nada en mi vida, desde aquel instante no hay nada en mi vida, ni lo más
trivial, ni lo más serio, en lo que yo no cuente con Dios…
Pero
se trataba del inicio de un peregrinar de la fe, pues la vida le traería más
tarde más penas, pero sus ojos estaban ya curados por Jesús.
Años
después, un Guardia Civil le comunicó la tremenda noticia que su hijo, Juan de
la Cruz, había fallecido en un accidente, destrozado por una máquina
quitanieves. Y poco después, cuando un periodista le preguntó si llegó a
encararse con Dios y a pedirle explicaciones, si pudo sostenerse en el dolor,
contestó Narciso Yepes:
¿Pedirle
explicaciones? ¿Por qué iba a hacerlo? Sentí y sigo sintiendo todo el dolor que
usted se puede imaginar… y más. Pero sé que la vida de mi hijo Juan de la Cruz
estaba y está amorosamente en las manos de Dios… Y ahora lo está aún con más
plenitud y felicidad. Por otra parte, dijo a la periodista, cuando se vive con fe y de fe, se entiende
mejor el misterio del dolor humano. El dolor acerca a la intimidad con Dios.
Es… una predilección, una confianza de Dios hacia el hombre.
Narciso
tuvo su cita con la Eternidad en mayo de 1997.
Su
hijo no murió por sus pecados, ni Dios había mandado el sufrimiento por algún
motivo arcano. Simplemente pasaron las cosas. Pero Narciso Yepes creía y
confiaba en Dios.
Si
pudiéramos tener la fe de Yepes, si pudiéramos creer que Dios nos acompaña y
nunca nos deja solos, y que no ha sido él quien nos manda el sufrimiento, sino
que es nuestra propia naturaleza humana, cuántas tristezas se alejarían de
nuestra vida y con qué gozo empezaríamos a vivir la vida.
El
pecado no es tener miedo, sino dejar de creer, dudar de Dios y tal vez creer
que somos marionetas de un destino fatuo. El pecado está en la desconfianza y
no creer que Dios es más grande que nuestras penas y más fuerte que la muerte.
¿Qué espera Jesús? Que un día digamos “creo,
Señor”, y postrados le adoremos (cf. Jn 9, 41).
En
el corazón de la fe cristiana
está
la convicción de que,
cuando
se acepta la muerte
con
espíritu de fe,
y
cuando toda la vida se orienta
a
la entrega de sí mismo,
de
manera que, al final
uno
la devuelve alegre y libremente
en
las manos de Dios
Creador
y Redentor,
entonces
la muerte
se
transforma en plenitud.
Vencemos
a la muerte con el amor,
y
no por una heroica virtud nuestra,
sino
por participar en aquel amor
con
el que Cristo aceptó
su
muerte y su cruz.
Todo
esto no lo ve nuestra razón,
sólo
lo ve nuestra fe.
Thomas Merton. Monje trapense
P. Miguel Ángel Ramírez González
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