La risa
de Lázaro
Hoy escuchamos esta larga
narración de la resurrección de Lázaro en donde el Evangelista nos quiere hacer
contemplar a Cristo como Vida. Me imagino que Juan, al escribir este relato, no
solamente traía a la mente el episodio sorprendente cuando Lázaro, un cadáver
ya putrefacto, regresó a la vida; sino que recordaba vivamente cuando
descubrió, en compañía de Pedro, el sepulcro vacío, y después cuando sus ojos
vieron la verdad nueva de Cristo resucitado.
Creo que la vida es
demasiado dura con nosotros, por lo que olvidamos fácilmente que hay otra vida;
y nuestra fe demasiado pequeña para que podamos creer el misterio de la
resurrección. Me decía un profesor del Seminario que si verdaderamente
creyéramos en la resurrección, nuestra vida sería otra, porque cada día sería
nuevo, único y maravilloso. Créanme, Dios no habla en el vacío, ni sus palabras
son como las nuestras: palabras muertas, sino que es un Dios de vida y su
promesa es hacernos participar de esta vida nueva. Ezequiel así lo describe:
“Yo
mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo
mío, y os traeré a la tierra de Israel... os infundiré mi espíritu y viviréis;
os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago” (Ez 37, 12-14)
Creer en la resurrección es
creer que llegará un momento en la historia cuando todos los hombres se
levantarán para escuchar el juicio de Dios: “Les aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán
la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán... No os sorprenda que
venga la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan
hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a
una resurrección de condena. (Jn 5, 17-30). Y esta será una resurrección
del hombre completo, no de de almas o de partes de la persona, sino en la
imagen de Cristo, primogénito de los resucitados.
En la escena del Evangelio
donde Lázaro es devuelto a la vida, solamente es un signo de lo que será el
final. Lázaro regresó a este mundo, pero volvió a morir. Y Jesús quiere que en
esta imagen nosotros veamos que el tiene el poder de dar la vida o de
retenerla. Después de resucitado Cristo es el Señor de vivos y muertos y, como
decimos en el Credo, esperamos que “venga
a juzgar a vivos y a muertos”.
Pero, también, san Juan es
insistente al recordarnos a cada momento que la “vida eterna” se va recibiendo desde el momento en que aceptamos por
la fe a Jesús y empezamos por vivir una vida nueva en Cristo, cumpliendo
su mandamiento de amor; lo mismo la muerte eterna se empieza a vivir ya desde
aquí. Dicho en otros términos, vivir en pecado es probar ya la muerte
eterna; vivir la vida de Cristo es saborear la vida de Dios.
Creo, hermanos, que Jesús
nos toma más en serio de lo que creemos. Nuestro acto de fe involucra de modo
responsable y maduro nuestra entrega a su soberana majestad, y nuestra adhesión
a su palabra de modo incondicional y absoluto. De no hacerlo así, la vida se
irá diluyendo, se irá perdiendo, llegando al final de la vida con nada sino
“muerte” entre los huesos. Leer este Evangelio en el tiempo de Cuaresma es para
que recordemos que la Pasión del
Salvador apunta a que tengamos vida (morimos al pecado y participamos de la
vida eterna de Dios), pero también que no
existe en el mundo nadie que esté exento de hacer su opción en favor o en
contra de Jesús, en favor o en contra de la Vida. “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya
muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees
esto?”. Esta pregunta dirigida a Marta nos es dirigida a cada uno en cada
momento: ¿crees en la resurrección? ¿crees en la vida?, en última instancia,
¿crees en Jesucristo? Si tu respuesta es “sí”, ¿por qué, entonces, sigues
viviendo en las sombras de la muerte y del pecado? ¿por qué sigues en la vida
esclavizado por el mal, en lugar de vivir bajo la ley de la vida nueva del
Evangelio?
Recuerdo
aquella obra de Eugene O'Neill: «La
risa de Lázaro». En ella nos platica de un Lázaro que regresa a la tierra
después de que Jesús lo resucita. Entonces Lázaro les gritaba a sus
conciudadanos:
«Esa es vuestra tragedia. ¡Olvidáis! ¡Olvidáis al Dios
que hay en vosotros! ¡Queréis olvidar! El recuerdo implicaría el alto deber de
vivir como un hijo de Dios... generosamente, con orgullo, con risa. ¡Esa sería
una victoria harto gloriosa para vosotros, una soledad harto terrible! ¡Es más
fácil olvidar, convertirse solamente en
un hombre, en el hijo de una mujer; ocultarse en la vida contra su
pecho, lloriquearle vuestro miedo a su resignado
corazón y ser consolado por su resignación!
¡Vivir negando la vida!»
Ese
texto los he leído cientos de veces y siempre las saboreo, porque es verdad:
nunca nos damos cuenta del riesgo en el que vivimos. Somos seres amados por
Dios y llamados a vivir con Él después de la muerte; pero desperdiciamos la
vida presente y sacrificamos la eterna. Muchos de nosotros nos acurrucamos en
nuestra mediocridad; nos olvidamos de los seres a quienes amamos. Dejamos para
mañana cosas que deberíamos hacer hoy y despilfarramos horas y horas de esta
breve vida.
¡Vivir negando la vida!,
decía O'Neill; ¡Cuántos muertos vivos! La vida es un milagro y es un gran
riesgo. Yo me imagino que Lázaro, en esta segunda oportunidad, debió de haber
aprovechado cada minuto de su vida, cada instante con amor y santidad. Por
desgracia la mayoría de nosotros creemos que vale más un momento frente al
televisor que un instante de amor y servicio al prójimo. Muchos creemos que
vale más un partido de futbol que un día con la familia. Usando los términos de
Juan: el mundo nos ha esclavizado. Toda vida, breve o larga, densa o diluida,
sana o enferma, tienen un sentido y una misión que cumplir. Yo veo en este
pasaje otra imagen: todo hombre, después de una enfermedad, después de una
tragedia familiar, después de una traición, puede vivir una segunda oportunidad
o, como dice el P. O’Collins, una segunda jornada.
Dios nos dará la vida
eterna, pero tengamos presente, nos
juzgará como juzgamos en esta vida; nos perdonará pero como perdonamos; nos
recibirá como nosotros recibimos a los necesitados; nos dará vida en la medida
en que nosotros la aprovechamos en este mundo. Suena cruel, pero atrás de
ellos se funda la justicia de un Dios que da la vida, pero no la muerte; un
Dios que llama a la resurrección, pero donde cada uno decidirá qué tipo de vida
eterna desea.
Sobre la tumba de uno de
los personajes de una de sus novelas, el padre Coloma pone una frase bíblica
que podría ser el epitafio para muchos: “Fuego
fatuo cegó mis ojos y pasé junto a mi felicidad y la pisoteé sin conocerla”.
Para muchos tal vez debería de ser el epitafio en sus tumbas: vivieron sin
vivir y murieron ya muertos, pues la vida nunca había estado con ellos.
Si Cristo nos llama a la
vida, empecemos a vivirla ya desde aquí. Lázaro tuvo la oportunidad única en la
historia: la de haber podido empezar de nuevo después de haber probado la
muerte. Pero nosotros no tendremos esa oportunidad, a lo más la palabra de Dios
que nos advierte que todo llega a su final y que, aunque estamos llamados a la
resurrección, tenemos que sembrar semillas de vida en este mundo.
Por eso pidamos a Dios
Padre que nos la de, con esas mismas palabras de la oración Colecta: Que tu gracia nos ayude, para que vivamos
siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la
salvación del mundo” (Oración colecta de la quinta semana de Cuaresma).
P. Miguel Ángel Ramírez Gónzalez
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