martes, 8 de abril de 2014

La risa de Lázaro

La risa de Lázaro


Hoy escuchamos esta larga narración de la resurrección de Lázaro en donde el Evangelista nos quiere hacer contemplar a Cristo como Vida. Me imagino que Juan, al escribir este relato, no solamente traía a la mente el episodio sorprendente cuando Lázaro, un cadáver ya putrefacto, regresó a la vida; sino que recordaba vivamente cuando descubrió, en compañía de Pedro, el sepulcro vacío, y después cuando sus ojos vieron la verdad nueva de Cristo resucitado.

Creo que la vida es demasiado dura con nosotros, por lo que olvidamos fácilmente que hay otra vida; y nuestra fe demasiado pequeña para que podamos creer el misterio de la resurrección. Me decía un profesor del Seminario que si verdaderamente creyéramos en la resurrección, nuestra vida sería otra, porque cada día sería nuevo, único y maravilloso. Créanme, Dios no habla en el vacío, ni sus palabras son como las nuestras: palabras muertas, sino que es un Dios de vida y su promesa es hacernos participar de esta vida nueva. Ezequiel así lo describe:

“Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel... os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago” (Ez 37, 12-14)

Creer en la resurrección es creer que llegará un momento en la historia cuando todos los hombres se levantarán para escuchar el juicio de Dios: “Les aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán... No os sorprenda que venga la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de condena. (Jn 5, 17-30). Y esta será una resurrección del hombre completo, no de de almas o de partes de la persona, sino en la imagen de Cristo, primogénito de los resucitados.

En la escena del Evangelio donde Lázaro es devuelto a la vida, solamente es un signo de lo que será el final. Lázaro regresó a este mundo, pero volvió a morir. Y Jesús quiere que en esta imagen nosotros veamos que el tiene el poder de dar la vida o de retenerla. Después de resucitado Cristo es el Señor de vivos y muertos y, como decimos en el Credo, esperamos que “venga a juzgar a vivos y a muertos”.

Pero, también, san Juan es insistente al recordarnos a cada momento que la “vida eterna” se va recibiendo desde el momento en que aceptamos por la fe a Jesús y empezamos por vivir una vida nueva en Cristo, cumpliendo su mandamiento de amor; lo mismo la muerte eterna se empieza a vivir ya desde aquí. Dicho en otros términos, vivir en pecado es probar ya la muerte eterna; vivir la vida de Cristo es saborear la vida de Dios.

Creo, hermanos, que Jesús nos toma más en serio de lo que creemos. Nuestro acto de fe involucra de modo responsable y maduro nuestra entrega a su soberana majestad, y nuestra adhesión a su palabra de modo incondicional y absoluto. De no hacerlo así, la vida se irá diluyendo, se irá perdiendo, llegando al final de la vida con nada sino “muerte” entre los huesos. Leer este Evangelio en el tiempo de Cuaresma es para que recordemos que la Pasión del Salvador apunta a que tengamos vida (morimos al pecado y participamos de la vida eterna de Dios), pero también que no existe en el mundo nadie que esté exento de hacer su opción en favor o en contra de Jesús, en favor o en contra de la Vida. “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. Esta pregunta dirigida a Marta nos es dirigida a cada uno en cada momento: ¿crees en la resurrección? ¿crees en la vida?, en última instancia, ¿crees en Jesucristo? Si tu respuesta es “sí”, ¿por qué, entonces, sigues viviendo en las sombras de la muerte y del pecado? ¿por qué sigues en la vida esclavizado por el mal, en lugar de vivir bajo la ley de la vida nueva del Evangelio?

Recuerdo aquella obra de Eugene O'Neill: «La risa de Lázaro». En ella nos platica de un Lázaro que regresa a la tierra después de que Jesús lo resucita. Entonces Lázaro les gritaba a sus conciudadanos:

«Esa es vuestra tragedia. ¡Olvidáis! ¡Olvidáis al Dios que hay en vosotros! ¡Queréis olvidar! El recuerdo implicaría el alto deber de vivir como un hijo de Dios... generosamente, con orgullo, con risa. ¡Esa sería una victoria harto gloriosa para vosotros, una soledad harto terrible! ¡Es más fácil olvidar, convertirse solamente en  un hombre, en el hijo de una mujer; ocultarse en la vida contra su pecho, lloriquearle vuestro miedo a su         resignado corazón y ser consolado por su resignación!
¡Vivir negando la vida!»

Ese texto los he leído cientos de veces y siempre las saboreo, porque es verdad: nunca nos damos cuenta del riesgo en el que vivimos. Somos seres amados por Dios y llamados a vivir con Él después de la muerte; pero desperdiciamos la vida presente y sacrificamos la eterna. Muchos de nosotros nos acurrucamos en nuestra mediocridad; nos olvidamos de los seres a quienes amamos. Dejamos para mañana cosas que deberíamos hacer hoy y despilfarramos horas y horas de esta breve vida.

¡Vivir negando la vida!, decía O'Neill; ¡Cuántos muertos vivos! La vida es un milagro y es un gran riesgo. Yo me imagino que Lázaro, en esta segunda oportunidad, debió de haber aprovechado cada minuto de su vida, cada instante con amor y santidad. Por desgracia la mayoría de nosotros creemos que vale más un momento frente al televisor que un instante de amor y servicio al prójimo. Muchos creemos que vale más un partido de futbol que un día con la familia. Usando los términos de Juan: el mundo nos ha esclavizado. Toda vida, breve o larga, densa o diluida, sana o enferma, tienen un sentido y una misión que cumplir. Yo veo en este pasaje otra imagen: todo hombre, después de una enfermedad, después de una tragedia familiar, después de una traición, puede vivir una segunda oportunidad o, como dice el P. O’Collins, una segunda jornada.

Dios nos dará la vida eterna, pero tengamos presente, nos juzgará como juzgamos en esta vida; nos perdonará pero como perdonamos; nos recibirá como nosotros recibimos a los necesitados; nos dará vida en la medida en que nosotros la aprovechamos en este mundo. Suena cruel, pero atrás de ellos se funda la justicia de un Dios que da la vida, pero no la muerte; un Dios que llama a la resurrección, pero donde cada uno decidirá qué tipo de vida eterna desea.

Sobre la tumba de uno de los personajes de una de sus novelas, el padre Coloma pone una frase bíblica que podría ser el epitafio para muchos: “Fuego fatuo cegó mis ojos y pasé junto a mi felicidad y la pisoteé sin conocerla”. Para muchos tal vez debería de ser el epitafio en sus tumbas: vivieron sin vivir y murieron ya muertos, pues la vida nunca había estado con ellos.

Si Cristo nos llama a la vida, empecemos a vivirla ya desde aquí. Lázaro tuvo la oportunidad única en la historia: la de haber podido empezar de nuevo después de haber probado la muerte. Pero nosotros no tendremos esa oportunidad, a lo más la palabra de Dios que nos advierte que todo llega a su final y que, aunque estamos llamados a la resurrección, tenemos que sembrar semillas de vida en este mundo.

Por eso pidamos a Dios Padre que nos la de, con esas mismas palabras de la oración Colecta: Que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo” (Oración colecta de la quinta semana de Cuaresma).



P. Miguel Ángel Ramírez Gónzalez




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