Hágase te voluntad en mi
vida, Señor
Hemos comenzado la cuaresma, y lo hicimos
mediante el signo de la imposición sobre nuestras cabezas de la ceniza. Este
signo nos recordaba algo que fácilmente olvidamos: que somos polvo, barro; que
de la tierra venimos y a la tierra volveremos.
Este signo nos hablaba de que somos seres humanos, esto es, criaturas
limitadas y mortales. Y aquí está precisamente el origen de todas las
tentaciones que tiene y ha tenido el hombre. El relato del Génesis nos lo
explicaba usando un lenguaje simbólico y maravilloso, para decirnos que en el
origen de la humanidad está el rechazo y la no aceptación de nuestra condición
de ser humanos, de nuestra condición de criaturas. Es la tentación de querer
ser como dioses sin contar con Dios, o dicho de otra manera, querer construir
nuestra vida a espaldas a Dios y, una
vida que se construye de espaldas a Dios, acaba construyéndose a costa de los
demás.
Alguien definió al hombre como un ser con un
deseo de infinito. Y es cierto, porque en nuestro interior una fuerza poderosa
nos impulsa a desear ser más y mejor, pero también constatamos que cuando
conseguimos algo no nos satisface plenamente, y que inmediatamente surge en
nosotros el mismo deseo de más y más.
Nosotros los cristianos sabemos que ese deseo insaciable del hombre sólo
se puede satisfacer en Dios, sólo Dios
puede colmar el deseo del hombre porque el hombre ha sido hecho a imagen y
semejanza de Dios (“nos hiciste para ti…” decía San Agustín), porque el
hombre ha sido hecho para la relación y comunión con Dios. Por eso mismo, el mal no está en desear, el
deseo no es malo, antes bien, es la fuerza que nos impulsa a progresar, a
crear, a construir. En esta fuerza del deseo radica nuestra grandeza pero
también nuestra tragedia, porque en esa fuerza está siempre la tentación de usarla para nuestro
provecho egoísta, para establecernos como dioses. Todos los hombres y
mujeres de la historia participamos de ésta tragedia, de la gran mentira que el
hombre ha consentido en aceptar y que la Biblia nos relataba con la figura de
la serpiente: “si comen la manzana....
serán como dioses”, esto es, si dan
la espalda a Dios, serán como Él.
Trágica y ridícula mentira en la que todos seguimos cayendo, y que hoy
adquiere otros lenguajes: si consigues la riqueza, lo podrás todo, si consigues
dominar, todos te adorarán, si consigues el poder todos te servirán..... Y
después de todo, después de comer la manzana o acumular riqueza y el poder
surge la misma decepción, porque ni la riqueza ni el poder están a la altura
del hombre, porque la riqueza y el poder no satisfacen plenamente y en última
instancia tampoco evitan el destino de volver a la ceniza de la que
salimos.
Pero, hermanos, hoy el Evangelio nos dice que
hubo un hombre de nuestra raza y condición,
Jesús de Nazaret, que sufriendo las mismas tentaciones que todos
nosotros, las superó, y fue capaz de vivir y morir sin romper jamás su relación
con Dios, aceptando su condición humana hasta la muerte, aceptando vivir con
los demás no desde el dominio, la opresión y la mentira, sino desde el
servicio, el amor y la verdad. Aceptando en plenitud la voluntad de Dios y
poniendo toda su confianza en El. Y por este hombre, la gracia de Dios se ha
desbordado sobre nuestro mundo. Por este hombre, Dios se ha reconciliado con la
humanidad, Dios nos ha dado su Espíritu para que con nuestro esfuerzo superemos
también nosotros las tentaciones. En Jesús el deseo infinito del hombre
finalmente se ha cumplido. En Jesús, el
hombre puede ser como Dios, porque ya Él se ha hecho Hombre. Y por Jesús
nosotros también estamos llamados a ser como Dios pero no arrebatándoselo a
nadie, ni erigiéndonos por encima de los demás, sino recibiéndolo como don
gratuito del Señor.
Es por eso que el
secreto de una vida plena y feliz es vivir como Cristo, haciendo la voluntad de
Dios. No olvidemos que Dios no quiere enfermedades, ni la muerte de nadie, sino
el amor; quiere la entrega de nuestros esfuerzo por construir un mundo donde
exista la verdad, la justicia, el perdón, el servicio por los más sencillos.
Que exista el amor. Eso significa “hacer su voluntad”.
¿Qué es hacer su
voluntad?
Se trata de vivir
diariamente una vida coherente con la fe; solamente eso. No obstante, en
nuestras vidas hay momentos cuando Dios tiene un deseo específico para
nosotros. La mayoría de nosotros pasamos por la vida haciendo nuestros propios
planes y después le pedimos a Dios que los convierta en realidad, en lugar de
preguntarle cuáles son sus planes y pedirle que nos ilumine respecto a nuestra
parte en esos planes. Dios nos envió a ti y a mí a este mundo para hacer algo
que sólo nosotros podemos hacer. Para recordar esta verdad necesaria, tengo un
letrero en mi espejo que dice: "Gracias
Jesús por amarme. ¿Qué tienes preparado para hoy? Me gustaría ser parte de
eso". Esa oración representa mi ideal.
Cuando Dios tiene
algo específico para nosotros, trata de dirigirnos por medio del impulso de su
gracia. Lo imagino de esta manera: me veo recorriendo un pasillo largo (que es
la vida), y trato de ser una persona amorosa. Hay muchas puertas a lo largo de
este pasillo, pero todas están cerradas. De pronto, llego a una que está
abierta y Dios me toca con su gracia. Señala con gentileza la puerta y me pide
con amabilidad que la cruce. Soy libre para negarme, pero si acepto, del otro
lado descubro el regalo que Dios me quiere dar: la felicidad.
Para conocer estos
momentos, así como la voluntad específica de Dios, es necesario un deseo real y
el anhelo de ser y hacer lo que Él desea. No quita que sintamos algo de temor
por lo desconocido, pero ese es el camino de la fe, como Abraham, que abrió la
puerta a los desconocido cuando todo apuntaba al fracaso. Como Jesús, que en el
Huerto de los Olivos se pone en las manos del Padre, para que "se haga tu
voluntad, no la mía".
Hacer la voluntad de
Dios es también posible sólo si se sostiene en otras dos convicciones. (1) Tengo que creer que Dios me ama más de lo que yo
me amo y que desea mi felicidad más de lo que yo la deseo. (2)Tengo que creer que Dios sabe más que yo acerca de
lo que me hará realmente feliz.
Sí, nuestras vidas
están en las manos de Dios. Cuando esos momentos especiales lleguen, cuando
vayamos a entregar nuestro mensaje y otorgar nuestro acto de amor especial,
Dios hablará a nuestros corazones. Lo importante es cultivar corazones que escuchen, como María, que escuchaba y guardaba todo
en el corazón.
Un atleta norteamericano, quien luego de un accidente quedó postrado en
una silla de ruedas, Kirk Kilgour, escribió una oración
(hoy bastante famosa) que resume su vida, pero también la fe de un hombre que
sabe que Dios es su mayor bien y que de él recibimos lo que nos conviene. Dice:
Pedí a Dios ser
fuerte para realizar proyectos grandiosos, y Él me ha preferido débil para
conservarme en humildad.
Pedí a Dios que me
diese salud para grandes empresas, y Él me ha dado el dolor para comprenderlo
mejor.
Le pedí riquezas para
poseer muchas cosas, y Él me ha dejado pobre para no ser egoísta.
Pedí a Dios todo para
poder gozar de la vida, y Él me ha dejado la vida para poder ser feliz.
Señor, no he recibido
nada de cuanto pedí, pero me has dado todo aquello de lo que tenía necesidad, y
casi contra mi voluntad.[1]

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