sábado, 15 de marzo de 2014

Hágase te voluntad en mi vida, Señor

Hágase te voluntad en mi vida, Señor


Hemos comenzado la cuaresma, y lo hicimos mediante el signo de la imposición sobre nuestras cabezas de la ceniza. Este signo nos recordaba algo que fácilmente olvidamos: que somos polvo, barro; que de la tierra venimos y a la tierra volveremos.  Este signo nos hablaba de que somos seres humanos, esto es, criaturas limitadas y mortales. Y aquí está precisamente el origen de todas las tentaciones que tiene y ha tenido el hombre. El relato del Génesis nos lo explicaba usando un lenguaje simbólico y maravilloso, para decirnos que en el origen de la humanidad está el rechazo y la no aceptación de nuestra condición de ser humanos, de nuestra condición de criaturas. Es la tentación de querer ser como dioses sin contar con Dios, o dicho de otra manera, querer construir nuestra vida a espaldas a Dios y, una vida que se construye de espaldas a Dios, acaba construyéndose a costa de los demás

Alguien definió al hombre como un ser con un deseo de infinito. Y es cierto, porque en nuestro interior una fuerza poderosa nos impulsa a desear ser más y mejor, pero también constatamos que cuando conseguimos algo no nos satisface plenamente, y que inmediatamente surge en nosotros el mismo deseo de más y más.  Nosotros los cristianos sabemos que ese deseo insaciable del hombre sólo se puede satisfacer en Dios, sólo Dios puede colmar el deseo del hombre porque el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios (“nos hiciste para ti…” decía San Agustín), porque el hombre ha sido hecho para la relación y comunión con Dios.  Por eso mismo, el mal no está en desear, el deseo no es malo, antes bien, es la fuerza que nos impulsa a progresar, a crear, a construir. En esta fuerza del deseo radica nuestra grandeza pero también nuestra tragedia, porque en esa fuerza está siempre la tentación de usarla para nuestro provecho egoísta, para establecernos como dioses. Todos los hombres y mujeres de la historia participamos de ésta tragedia, de la gran mentira que el hombre ha consentido en aceptar y que la Biblia nos relataba con la figura de la serpiente: “si comen la manzana.... serán como dioses”, esto es, si dan la espalda a Dios, serán como Él.  Trágica y ridícula mentira en la que todos seguimos cayendo, y que hoy adquiere otros lenguajes: si consigues la riqueza, lo podrás todo, si consigues dominar, todos te adorarán, si consigues el poder todos te servirán..... Y después de todo, después de comer la manzana o acumular riqueza y el poder surge la misma decepción, porque ni la riqueza ni el poder están a la altura del hombre, porque la riqueza y el poder no satisfacen plenamente y en última instancia tampoco evitan el destino de volver a la ceniza de la que salimos. 

Pero, hermanos, hoy el Evangelio nos dice que hubo un hombre de nuestra raza y condición,  Jesús de Nazaret, que sufriendo las mismas tentaciones que todos nosotros, las superó, y fue capaz de vivir y morir sin romper jamás su relación con Dios, aceptando su condición humana hasta la muerte, aceptando vivir con los demás no desde el dominio, la opresión y la mentira, sino desde el servicio, el amor y la verdad. Aceptando en plenitud la voluntad de Dios y poniendo toda su confianza en El. Y por este hombre, la gracia de Dios se ha desbordado sobre nuestro mundo. Por este hombre, Dios se ha reconciliado con la humanidad, Dios nos ha dado su Espíritu para que con nuestro esfuerzo superemos también nosotros las tentaciones. En Jesús el deseo infinito del hombre finalmente se ha cumplido. En Jesús, el hombre puede ser como Dios, porque ya Él se ha hecho Hombre. Y por Jesús nosotros también estamos llamados a ser como Dios pero no arrebatándoselo a nadie, ni erigiéndonos por encima de los demás, sino recibiéndolo como don gratuito del Señor.

Es por eso que el secreto de una vida plena y feliz es vivir como Cristo, haciendo la voluntad de Dios. No olvidemos que Dios no quiere enfermedades, ni la muerte de nadie, sino el amor; quiere la entrega de nuestros esfuerzo por construir un mundo donde exista la verdad, la justicia, el perdón, el servicio por los más sencillos. Que exista el amor. Eso significa “hacer su voluntad”.

¿Qué es hacer su voluntad?

Se trata de vivir diariamente una vida coherente con la fe; solamente eso. No obstante, en nuestras vidas hay momentos cuando Dios tiene un deseo específico para noso­tros. La mayoría de nosotros pasamos por la vida haciendo nuestros propios planes y después le pedi­mos a Dios que los convierta en realidad, en lugar de preguntarle cuáles son sus planes y pedirle que nos ilumine respecto a nuestra parte en esos planes. Dios nos envió a ti y a mí a este mundo para hacer algo que sólo nosotros podemos hacer. Para recordar esta verdad necesaria, tengo un letrero en mi espejo que dice: "Gracias Jesús por amarme. ¿Qué tienes preparado para hoy? Me gustaría ser parte de eso". Esa oración representa mi ideal.

Cuando Dios tiene algo específico para nosotros, trata de dirigirnos por medio del impulso de su gracia. Lo imagino de esta manera: me veo recorriendo un pasillo largo (que es la vida), y trato de ser una persona amorosa. Hay muchas puertas a lo largo de este pasillo, pero todas están cerradas. De pronto, llego a una que está abierta y Dios me toca con su gracia. Señala con gentileza la puerta y me pide con amabilidad que la cruce. Soy libre para negarme, pero si acepto, del otro lado descubro el regalo que Dios me quiere dar: la felicidad.

Para conocer estos momentos, así como la voluntad específica de Dios, es necesario un deseo real y el anhelo de ser y hacer lo que Él desea. No quita que sintamos algo de temor por lo desconocido, pero ese es el camino de la fe, como Abraham, que abrió la puerta a los desconocido cuando todo apuntaba al fracaso. Como Jesús, que en el Huerto de los Olivos se pone en las manos del Padre, para que "se haga tu voluntad, no la mía".

Hacer la voluntad de Dios es también posible sólo si se sostiene en otras dos convicciones. (1) Tengo que creer que Dios me ama más de lo que yo me amo y que desea mi felicidad más de lo que yo la deseo. (2)Tengo que creer que Dios sabe más que yo acerca de lo que me hará realmente feliz.

Sí, nuestras vidas están en las manos de Dios. Cuando esos momentos especiales lleguen, cuando vayamos a entregar nuestro mensaje y otorgar nuestro acto de amor especial, Dios hablará a nuestros corazo­nes. Lo importante es cultivar corazones que escuchen, como María, que escuchaba y guardaba todo en el corazón.

Un atleta norteamericano, quien luego de un accidente quedó postrado en una silla de ruedas, Kirk Kilgour, escribió una oración (hoy bastante famosa) que resume su vida, pero también la fe de un hombre que sabe que Dios es su mayor bien y que de él recibimos lo que nos conviene. Dice:

Pedí a Dios ser fuerte para realizar proyectos grandiosos, y Él me ha preferido débil para conservarme en humildad.
Pedí a Dios que me diese salud para grandes empresas, y Él me ha dado el dolor para comprenderlo mejor.
Le pedí riquezas para poseer muchas cosas, y Él me ha dejado pobre para no ser egoísta.
Pedí a Dios todo para poder gozar de la vida, y Él me ha dejado la vida para poder ser feliz.
Señor, no he recibido nada de cuanto pedí, pero me has dado todo aquello de lo que tenía necesidad, y casi contra mi voluntad.[1]

P. Miguel Ángel Ramírez González






[1] JULIO EUGUI. Más anécdotas y virtudes. Editoral RIALP. Madrid, 1999. p. 212

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