sábado, 22 de febrero de 2014

DECÍAMOS AYER

               Decíamos ayer


El gran Fray Luis de León, que además de escritor y poeta era catedrático de la Universidad de Salamanca, fue víctima de las rivalidades y envidias académicas. Fue acusado ante el tribunal de la Inquisición por supuestas "herejías", por lo que ingresó a prisión el 27 de marzo de 1572. A partir de ese día, dio inicio un penoso y largo proceso que duró cinco años, y que acabó con la absolución del acusado y su reposición en la cátedra que dirigía. Algunos historiadores afirman que en una de las paredes de su prisión escribió la siguiente décima:

Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
¡Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y, con pobre mesa y casa,
en el campo deleitoso,
con sólo Dios se compasa
y a solas su vida pasa,
ni envidiado, ni envidioso!

A fines del año de 1576, la ciudad de Salamanca lo recibe con júbilo, y el claustro universitario le ofrece una bienvenida calurosa, para hacerle olvidar las penalidades sufridas durante esos terribles cinco años.

¿Qué hace Fray Luis en ese momento? Con sencillez le tendió inmediatamente la mano amistosa al que había sido su más acérrimo enemigo, y renunció en ese mismo instante a la cátedra en favor del que la tenía hasta ese momento, pidiendo solamente la gracia que le concedan otra para más adelante. No hay rastro de rencor por lo que ha pasado.

El día que empieza sus nuevas clases, rompe el silencio con aquellas famosas palabras:
- Dicebamus hesterno die...
«Decíamos ayer»... Expresaba con eso que ese paréntesis en su vida, no podía llenarlo de rencor contra nadie, y que lo más importante era seguir con la vida, vacía de rencores y llena de propósitos nuevos.

Ojalá y todos fuéramos como el fraile, pero nuestra tragedia es que guardamos más en la memoria rencores que obras buenas, por lo que se nos llena el corazón de malos recuerdos y deseos revanchista. Hay que retomar los libros de la Biblia y ver qué es lo que Dios piensa sobre el perdón. El libro del Levítico no narra una de las más impresionantes revelaciones que prepararían el Evangelio de Jesús: “No odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón. Trata de corregirlo... no te vengues ni guardes rencor a los hijos de tu pueblo. Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19, 1-2.17-18).

¿Cuál será la novedad con el nuevo testamento? Que en el Libro del Levítico, es decir, en el Antiguo Testamento, ese amor al prójimo se dirigía solamente a los paisanos, a los del mismo pueblo, no al resto de los pueblos. Jesús irá más adelante y exigirá que no exista ninguna distinción, y que a todos nos tratemos como hermanos, porque somos todos hijos de un mismo Padre. Esa es la novedad y la grandeza del mensaje de Jesús. Será una verdad tan meridiana para la Iglesia de los primeros tiempos, que el mismo Pablo dirá a su comunidad que no puede haber rivalidades entre los cristianos, pues Cristo ha derribado el muro del odio que nos separaba con su Cruz. Es decir, Cristo nos reconcilia con el Padre y nos hermana entre nosotros por el Espíritu de amor y reconciliación; quien no perdona no es digno de Cristo.

Ya desde el domingo pasado escuchamos a Jesús hablándonos del actuar práctico de la fe de quien se dice seguidor o discípulo de él. De hecho, señaló que la nueva ley del evangelio era exigente pues tenía por fundamento el amor incondicional. Todo el que se enoje con su hermano, será llevado ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo. Terminaba por decir que no puede acercarse a Dios quien ha ofendido a su hermano. Primero debe ir a reconciliarse con su hermano, y sólo entonces puede presentar su ofrenda (Mt 5, 17-37). Es decir, la religión verdadera debe pasar a través de las relaciones entre los hombres. Hoy tenemos la continuación de ese evangelio (Mt 5, 38-48). Aquí Jesús da un paso más todavía, para indicar que el amor debe llegar incluso a aquellos que nos han dañado. En la vida de todos los días podemos lastimar a alguien, entonces debemos pedir perdón antes que el sol se ponga; alguien nos puede lastimar, entonces debemos perdonar de corazón y dejar a un lado la ofensa. Ese es el resumen del amor cristiano.

Concretamente, Jesús hace alusión a dos actitudes terribles entre nosotros los hombres: es común que la mayoría, conforme pasen los años, vayamos sembrando las semillas de la venganza y el odio. La venganza nace cuando la herida producida se añade algo de injusticia. La impotencia ante este mal hace que aparezcan esos deseos de venganza, de hacer que pague la otra persona todo el mal que ha hecho. A eso Cristo responde: ... no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarte la túnica, cédele también el manto...

La otra actitud, el odio, recordemos que es la corrupción del amor. San Juan le llama “homicidio” y pone como ejemplo de ello a Caín, que mató a su hermano porque lo odiaba y envidiaba; y para Jesús es homicida no solamente el que “mata” físicamente, ya lo es el que odia, el que guarda rencores, el que envidia al otro.

En el ambiente judío, debido a que había sido un pueblo siempre perseguido, tenían por consigna la llamada “ley del talión”, que en el fondo buscaba vengar los crímenes y ofensas y vivir en constante odio contra aquellos pueblos que habían hecho tanto daño al pueblo de Israel. Jesús, cambia la ley: “han oído que se dijo”. Ahora, él mismo, como nuevo Moisés, dice la nueva Ley: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial”. Cristo añade dos cosas: amar así, perdonar de ese modo tienen como fundamento un hecho de fe: que seamos hijos del Padre e imitadores de él.

Jesús nos pide perdonar y olvidar para que podamos “ser” cristianos, representantes y portadores del amor misericordioso de Dios “que hace salir el sol y llover sobre justos y pecadores”. El fundamento de este actuar es, pues, Dios mismo y su misericordia.

No quiero decirles que perdonar sea fácil. Jesús lo sabe y pide que perdonemos pues el odio y la falta de amor son siempre autodestructivos. El mal es siempre muerte, no así el amor que produce en el hombre la superación de sí mismo. Quien se acepta serenamente, acepta sus propios errores, quien sabe sonreír en el espejo al verse a sí mismo con sus defectos y virtudes, esa persona está preparada para perdonar a los demás.

Ser cristiano es “perdonar” las ofensas y el mal que nos han hecho. O al menos hacer todo lo posible para dejar atrás todo eso. Sabemos que hay dolores que no se olvidan. Pero, tengámoslo presente, hay muchos males que perduran por los años no porque sean muy profundos, sino porque nosotros los alimentamos en los recuerdos. Hay personas que viven disfrutando mantener abiertas las heridas. Eso es el resentimiento. Por eso es que cuando a esas personas alguien las toca, revientan como saco lleno de veneno y lanzan todos los rencores acumulados por años y años.

Tenemos que ser como Jesús y perdonar de verdad aunque nos estén crucificando. Además, existen razones para ello; la primera la dice Gracián: el mejor remedio contra el mal es olvidarse de él. La  segunda porque lo que pasó, pasó; puede enmendarse, pero nada puede rehacerse. La tercera, nos dice Unamuno, porque hay que olvidar para vivir: hay que hacer hueco para lo venidero. Nuestra  vida es muy pequeña y breve, por eso no podemos llenarla de rencores, de envidias, de odios y de venganzas, ya que si está llena de todo eso, difícilmente podrá llenarse de amor.

Me gustó mucho la anécdota del gran Fray Luis de León, que coincide con Unamuno, pues como el perdón estaba vivo y presente en su vida, pudo así seguir adelante, a pesar de cinco años de calvario, fruto de las envidias y malos compañeros. Sabía una cosa, que Dios perdona porque ama, y ama infinitamente porque desde siempre nos ha perdonado en su Hijo. Por eso mismo, termino citando un pensamiento que me envió un amigo, el cual adjudican algunos a William Shakespeare. Dice:

"Siempre me siento feliz, ¿sabes por qué? Porque no espero nada de nadie; esperar siempre duele.
Los problemas no son eternos, siempre tienen solución, lo único que no se resuelve es la muerte.
No permitas que nadie te insulte, te humille o te denigre. Los gritos son el alma de los cobardes, de los que no tienen razón. Siempre encontraremos gente que te quiere culpar de sus fracasos, y cada quien tiene lo que se merece.
Hay que ser fuertes y levantarse de los tropiezos que nos pone la vida, pues esta nos advierte que después de un túnel oscuro y lleno de soledad, vienen cosas muy buenas. "No hay mal que por bien no venga". Por eso, disfruta la vida que es muy corta; por eso ámala, se feliz y siempre sonríe. Solo vive intensamente para ti y por ti. Recuerda: Antes de discutir, respira; antes de hablar, escucha; antes de escribir, piensa; antes de herir, siente; antes de rendirte, intenta; antes de morir, VIVE.
La mejor relación no es aquella que une a personas perfectas, sino aquella en que cada individuo aprende a vivir con los defectos de los demás y a admirar sus cualidades. Que quien no valora lo que tiene, algún día se lamentará por haber perdido y que quien hace mal algún día recibirá su merecido.
Si quieres ser feliz, haz feliz a alguien; si quieres recibir, da un poco de ti, rodéate de buenas personas y sé una de ellas. Recuerda, a veces de quien menos esperas es quien te hará vivir buenas experiencias.
Nunca arruines tu presente por un pasado que no tiene futuro. Una persona fuerte sabe cómo mantener en orden su vida. Aún con lágrimas en los ojos, se las arregla para decir con una sonrisa 'Estoy bien'."

Es verdad, perdonarnos nos permite amar la vida; perdonar a los demás nos prepara al perdón divino y hacemos hueco para vivir en plenitud. Por eso, les invito a que recibamos hoy la Eucaristía y le pidamos a Cristo que nos enseñe a amar y perdonar como él nos ha amado y perdonado, para hacer verdaderas las palabras de su oración: perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

P. Miguel Ángel Ramírez González



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