Ahora, Señor, puedes
dejar a tu siervo irse en paz
Malaquías 3, 1-4
Hebreos 2, 14-18
Lucas 2, 22-40
Hace
no mucho tiempo, una persona me preguntaba por qué, en la Iglesia, se hablaba
mucho del trabajo pastoral con los niños, de los jóvenes, sobre las parejas,
pero muy poco o nada sobre los enfermos y sobre los ancianos. Creo que, en
mucho, esta persona tiene razón. Ya nos acostumbramos a la imagen que pinta el
mundo de juventud, de lozanía que, sin ser mala, sí creo que es parcial, ya que
Dios nos ha mostrado que lo importante es vivir cada etapa de la vida con
plenitud.
Para
el judaísmo y los demás pueblos de oriente, a diferencia de las sociedades
occidentales, el anciano es prueba del amor de Dios, es un símbolo de la
permanencia en medio de la tempestad, es la experiencia de una vida andada y es
el ejemplo vivo de la fe y la esperanza. La idea del Evangelista Lucas de poner
a esos dos ancianos que contemplan al Mesías y bendicen a Dios, tenía como meta
expresar que los “pobres de Dios” (anawim) eran el símbolo del Israel fiel que
esperaba la llegada del Mesías, mientras que María, la madre del niño junto con
José, son el símbolo de la nueva comunidad de creyentes que viven ahora esos
tiempos mesiánicos.
Hay
otra idea que subyace al texto: el sentido que las Sagradas Escrituras dio
siempre a los hombres y mujeres fieles que por acción de Dios son transformados,
y es en ellos donde se realizan los milagros. Pensemos en Abraham ya viejo que
inicia su peregrinación; en Jacob anciano; no olvidemos a la Madre de Elías;
pensemos en Zacarías y en Ana la profetiza. Pensemos en Isabel la anciana madre
de Juan. Dios se goza en buscar lo débil, lo que aparentemente no vale a los
ojos del mundo para escribir una línea más de su Historia.
El
anciano en AT no era considerado un estorbo, sino alguien bendecido por Dios,
quien había recibido de Él
un cúmulo de años; también por esto, la Iglesia de los primeros tiempos llamaba
a los sacerdotes "presbíteros", es decir, ancianos que deberían guiar
y pastorear a la comunidad. En nuestro mundo pos-moderno se piensa lo opuesto.
A los hombres y mujeres de edad se les ve con resignación y la vejez como una
maldición; los ancianos se han llegado a sentir como estorbo en una sociedad
joven y fuerte.
Nos
cuenta el P. Martín Descalzo que en una ocasión recibió una carta que decía,
entre otras cosas, lo siguiente:
“¿Por qué no nos
morimos en la víspera de la ancianidad? Es horrible envejecer en este mundo
hostil, donde la vejez está desprestigiada, donde todos te miran deseando tu
muerte, cual si estuviera uno quitándoles espacio en el mundo. Y ahora, vivir,
¿para qué?”
Terribles
palabras, pero con las cuales no debemos de estar de acuerdo. Cuántos de
nosotros debemos agradecer a Dios el regalo que nos dio de habernos puesto
hombres maduros al lado de nuestro camino, siendo ellos quienes nos han enseñado
la fe y la alegría de vivir. Lo triste de esa carta es que muchos, tal vez
bastantes de los aquí presentes podrían poner esas mismas palabras en sus labios
y sentir que su vejez es un horizonte sin futuro.
El
camino no es que nos miremos en un espejo, veamos las canas y suspiremos por
una juventud que ya se fue. No, porque no hay nada más terrible que dedicarse a
gastar el presente rumiando un pasado que ya no existe.
Es
verdad que este mundo ha endiosado a la juventud; el mundo de hoy ve como
valores supremos la velocidad, la fuerza, la lucha, pero yo pienso que es ahora
cuando las personas maduras deben dar un testimonio preciosísimo de fidelidad,
no a los valores perecederos, sino a la VIDA, a esos instantes vividos con
plenitud y gozo; a una fe en Dios y en uno mismo. Muchos de nosotros debemos
dar testimonio de que es hermoso dar fruto después de haber sido flor. Que no debemos
pasarnos la vida envidiando a las flores. Es decir, que los hombres y mujeres
maduros no envidian la primavera, sino que su otoño o invierno lo viven
felices.
Quien
ha pensado bellamente estas ideas es la maravillosa autora Zenaida Bacardí de Argamasilla, quien en su
libro Ramillete de Estrellas, dice lo
siguiente:
El viejo es la figura de la casa...
El respeto para la familia...
El consejero de las dificultades...
El que conoce la solidez de los valores...
Quien sabe de lo transitorio de la suerte...
Y es el pulso de la vida.
Con una hojeada,
abarca el panorama que lo
rodea.
Con un solo golpe de vista,
sabe la tierra que pisa.
Y con muy pocos detalles,
adivina los peligros y
esquiva las tempestades.
Almacena una increíble cosecha
de sabiduría.
El viejo sabe,
porque la vida le ha
enseñado...
porque el camino le ha
curtido...
porque los años le
moldearon y maduraron.
No te empeñes tanto
en tu afán de una eterna juventud...
ni de vivir una vejez sin
ancianidad,
pues es allí donde se atesoró mucho...
Se conocieron las cruces...
Se templó el carácter...
Se perdonaron ofensas...
Se palpó la vida...
Se afinó la sensibilidad...
Se experimentó la
amistad...
¡Y es en este tiempo cuando se trata
más directamente con Dios!
Es cuando
Más jugosa se acumula la
experiencia...
Más sabias son las
deducciones...
¡Y más íntima y sincera la
oración!
Es en este tiempo cuando usas,
el sentimiento...
el corazón...
el valor...
el espíritu...
y cuando se valora en
profundidad la Fe.
La
juventud es florecer en vistas a dar frutos, y no pensar que es allí nuestro
lugar definitivo. Lo mejor de la juventud es producir cosecha en la madurez,
para recoger los frutos maduros en la vejez.
Pero,
sobre todo, como decía Zenaida al final, una gran FE, como la de estos dos
personajes del Evangelio (Lc 2, 22-40), Simeón y Ana, que no se dedicaron a
rumiar su pasado, ni a ofender a nadie, ni a negar su debilidad y ancianidad,
sino que descubrieron que el hombre es el ser que vive de la esperanza, y sólo
ella puede dar la seguridad y la certeza que necesitamos para esos últimos
días: ahora puedes, Señor, dejar a tu
siervo irse en paz. Pues mis ojos han visto a tu Salvador. Y nosotros poder
decir lo mismo: “puedo, cuando Tú lo quieras, morir, porque he vivido en amor y
en confianza; en infinita fe y he querido sembrar día a día las semillas del
amor".
La
carta a los Hebreos dice unas frases aplicadas a Abraham y a Sara, pero que
podemos aplicar en el evangelio a Simeón y a Ana: “Ellos murieron firmes en la fe. No alcanzaron los bienes prometidos,
pero los vieron y los saludaron con gozo desde lejos. Reconocieron que eran
peregrinos en la tierra... ansiaban una patria mejor...”.
Se
trata de que vivamos hoy nuestra vida, a la edad que tengamos, “acumulando en el cielo un tesoro que no se
acaba”. Deberemos aprender a caminar al estilo de los nómadas: con la túnica
puesta y las lámparas encendidas, para cuando el Señor decida llamarnos.
Continúa
en su poema la señora Zenaida, diciendo a los ancianos:
No cierres las alas...
No amargues las lágrimas...
No vivas en el aislamiento...
No achiques las ilusiones...
No te consumas en tus males...
No te canses de esquivar indiferencias...
No te hundas en el vació de lo que te falta.
No seas el inadvertido de la casa...
El olvidado del mundo...
El deber de los hijos...
La lástima de los que te rodean...
¡Y la caridad de las amistades!
Mientras vivas, no dejes
que el viento te haga leña...
Ni la gente basura...
Ni el fuego ceniza.
Con lucidez y algo de fuerza,
se pueda dar rendimiento...
se pueden obtener resultados...
se puede dar amor.
No seas de los que nada le alcanza, sino de
los que siempre le sobra
con lo poco que reciben.
Acuérdate que el remedio de la vejez es la Fe.
Que vale todo lo que has vivido...
Todo lo que has asimilado...
Todo lo que has visto...
¡Y todo lo que has merecido!
Que este último tramo que Dios
te proporciona... es quizás la oportunidad más
grande que has tenido...
Dios alarga la vida... pero no te quita los ojos
de encima...
Siempre está dejando caer algo bueno para calentarte el corazón...
¡y para que exprimas la felicidad hasta
el final.!
Pidamos al Señor el día de hoy por nuestros viejos y,
a nosotros, que nos permita crecer en la fe y sentir que la vida es un regalo
para hacer fructificar las semillas que se nos dieron, de modo que, como
Simeón, podamos decir en el atardecer de la existencia: ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz… porque he
cumplido mi tarea.
P. Miguel Ángel Ramírez González

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