domingo, 9 de febrero de 2014

ME LO HIZO MI PROPIO HIJO

Me lo hizo mi propio hijo


Is 58, 7-10
1 Cor 2, 1-5
Mt 5, 13-16

Desde fuera de la muerte o desde dentro de la vida, según el punto de vista que asumamos, pensamos que el momento más apto para morir es aquel que está más cerca de la ancianidad. Cuando muere un joven o un niño, aparece el lamento como signo de desaprobación total. Tenemos unos parámetros extraños, en los cuales la muerte de los jóvenes o de los niños no encuadra. Mucho menos de las personas que creemos fueron buenas. Por el contrario, pensamos que el malvado sí puede y debe morir, y esperamos que lo haga pronto.
 
Al pensar así, de forma tan simplista, nos ponemos en el nivel de los hombres del Antiguo Testamento. Eran tiempos en los que los creyentes entraban en crisis al ver morir a un joven o a un hombre justo y bueno. Por lo mismo, una larga ancianidad, muchos hijos, grandes riquezas, salud, todo eso eran los premios que todo judío esperaba de Dios, como expresión de su fidelidad a la Ley.

Sólo hasta despuntar el Nuevo Testamento aparecerá una visión nueva de las cosas. Los autores inspirados expresaron que no es al hombre a quien toca establecer el momento. El hombre y las apariencias son engañosos. Pero Dios ve el corazón, el centro de la realidad, la esencia de la vida. Y él espera que llenemos ese tiempo largo o pequeño de amor y entrega.

Cuando Pedro predicaba su primera homilía, decía de Jesús que había sido un hombre bueno; decía del Señor que “se la había pasado haciendo el bien”. Esto es, viviendo siempre fiel a la voluntad de Dios Padre y en un amor total y misericordioso por los pecadores.

Por eso es que a sus 33 años puede decir Él mismo como resumen de su existencia: “Todo está consumado” (Jn 19,30). Esta frase se refiere no solamente al plan salvador de Dios, sino también a la ratificación de una vida llevada a la plenitud sin ningún desperdicio. Como cumplió plenamente su misión, puede morir en paz, en total armonía consigo mismo, con Dios y con los demás. Es por eso que ofrecerá el perdón a sus asesinos y a los discípulos que lo negaron. Esa es la matemática de la vida: entre más plenitud se tiene, más capacitados estamos para entregar. Jesús ofrece un perdón que está a favor de esos asesinos, pero que está también a favor de él: la muerte no puede sorprenderlo con sentimientos recorosos. Él, mejor que nadie, sabe que el mejor modo de llegar a la cita con la muerte es estando en paz; él ofrece el perdón y entrega la paz.

Y ustedes saben que el perdón solamente puede ser expresado por alguien que sabe amar, que ha aprendido este arte maravilloso del amor. El que no ama no puede perdonar, ni a sí mismo ni a los otros. Y una existencia plena de amor al prójimo llegará al final pidiendo por ellos y perdonándolos.

Es un misterio extraordinario que debemos aprender en la vida: que el cielo lo vamos forjando en este mundo por el modo en que amamos al prójimo, por el modo en que lo perdonamos, como lo ayudamos a crecer, en el día que lo vemos verdaderamente como a un hermano. Volviendo a la matemática del Reino de Dios, podemos decir que cuando nos llenamos de amor y le damos de comer al hambriento, cuando vestimos al desnudo, cuando visitamos al enfermo, es a Cristo a quien lo hacemos, porque él se “encarna” en ellos; Jesús se hace visible en ellos, en los hermanos; amando así, Dios mismo entra en nuestras vidas.

Después de expresar el amor en formas bien concretas, termina el profeta Isaías (58, 7-10) diciendo que solamente en ese momento es cuando Dios alborea en la vida: “… Entonces surgirá tu luz como la aurora cicatrizarán de prisa tus heridas; te abrirá el camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu marcha”.

Se trata de un texto extraordinario pues afirma que la paz que todos buscamos es la consecuencia del amor y del perdón. Y va más allá el profeta al indicarnos que el encuentro con Dios se dará en esta forma de amar, expresado en esa imagen de un Dios que acompaña a Israel por el desierto: la gloria del Señor cerrará tu marcha. Es decir, me acompañará, me protegerá, estará conmigo. Por eso añade el profeta: Entonces clamarás al Señor y él te responderá; lo llamarás y el te dirá: ‘Aquí estoy’

La vida amorosa de un hombre se convierte en armonía y fuente de paz, permitiéndole no solamente entender su vida y vivirla felizmente, sino que aprenderá a ver su muerte con serenidad. La serenidad de saberse sin deudas ante Dios y los hombres, hermanado con todo lo que lo rodea, incluyendo el Universo. Podrá decir en cualquier momento, como Jesús: Todo está consumado.

Mi conclusión, hermanos, es que la paz interior es la forma más apta para morir, y deberá ser la forma más sabia de vivir cada día. No perder el tiempo con rencores, con rencillas, con odios, con venganzas. La razón es que si estás realidades se van metiendo poco a poco en nuestro corazón, podría ser que nos endurezcan a tal punto, que al momento de la muerte, no podremos mirar de frente a Dios Amor. El autor de la carta a los Hebreos lo expresaba así: hay que construir y vivir “la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb 12, 14).

La Madre Teresa de Calcuta platica la historia de una moribunda que recogió de un basurero[1]: “La arranqué de donde estaba y la llevé al convento. No dejaba de decir y de repetir la misma expresión: “¡Me lo ha hecho mi hijo!” No le oí proferir: ¡tengo hambre! ¡Me estoy muriendo! ¡No puedo soportar mis dolores!. No dejó de repetir: ¡Me lo ha hecho mi propio hijo! Y añade la Madre Teresa: Me costó tiempo lograr ayudarle a decir: “perdono a mi hijo”. Conseguí hacerle pronunciar estas palabras cuando estaba a punto de morir”.

El profeta Isaías tiene razón: solamente en el amor y en el perdón el ser humano alcanza su realización, su plenitud y su felicidad. Y solamente amando y perdonando es como se sana por dentro: surgirá tu luz como una aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas… Teresa de Calcuta sabía que junto con las atenciones que podía recibir la pobre mujer, estaba algo mucho más urgente y necesario: que esa pobre persona aprendiera a perdonar antes de presentarse ante el Justo Juez.

La Biblia está llena de historias de perdón. ¿Recuerdan la historia de José "el soñador" en la Biblia? Siendo un jovencito sus hermanos, llenos de envidia lo vendieron como esclavo. José, que había sido el preferido de su padre pasó de una vida de mimos y comodidad, a tener que soportar una vida de sinsabores y de infortunios. Durante veinte años soñó con el momento de vengarse. Toleró la soledad, la injusticia, imaginando cómo debía hacer que sus hermanos se arrastraran delante de él implorando clemencia. Tal vez la sola idea le causaba un placer infinito.

Y un día ocurrió lo que soñaba. Se produjo una hambruna en la tierra de Canaán y sólo en Egipto podían obtenerse los granos. José era ahora el ministro de agricultura del faraón, a cargo de la distribución de los cereales, y en esa circunstancia se presentaron los hermanos ante él. José los reconoció, no así ellos. Había llegado el momento que soñó veinte años antes. Los tenía en sus manos para poder vengarse de todos los sufrimientos que le habían causado. No obstante, cuando comenzó a atormentarlos acusándolos de espías, amenazando con convertir en esclavo a uno de ellos, algo extraño sucedió: se dio cuenta que no sentía ningún placer. ¡No le gustó el tipo de persona en que se estaba convirtiendo! Él, que odiaba a sus hermanos por su crueldad, no podía ser igual que ellos. Descubrió que la peor esclavitud, la peor muerte no es lo que pueden hacer los hombres, sino lo que uno mismo puede hacerse en el alma. Al final, prorrumpió en llanto y les reveló quién era él.

Exáctamente es lo que dice Isaías: “Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como mediodía”.

Dios nos creó de modo que ciertas actitudes o conductas nos beneficiasen, pero si el hombre decide vivir lo contrario, esa actitud será, a la larga, destructiva. Los celos, el egoísmo, la desconfianza, envenenan el alma; la honestidad, el perdón, la generosidad y la alegría restauran el alma, la capacitan para vivir la felicidad y para alcanzar la madurez humana y cristiana.

Cuando nos preguntamos: “¿Por qué tengo que ser recto y honesto cuando a mi alrededor veo asesinos e impunidad?” Pues bien, la respuesta es Dios mismo, no porque él vaya a detener la bala o intervenga de modo directo en el corazón del vicioso para que deje de serlo, sino porque cuando vivimos en la bondad o en lo que llamamos “estado de gracia”, no solamente “hacemos” lo correcto, sino que nos “hacemos” más hijos de Dios y personas más sanas y más maduras.

Cuando Cristo nos mandaba ser la “sal de la tierra”; cuando nos pedía que recordáramos la vocación de ser “luz del mundo”, era porque el cristiano acepta como única vocación el bien y el amor, a costa de lo que sea (es el mundo de lâs bienaventuranzas). Jesús, Dios y Hombre verdadero, no solamente amó hasta el extremo, sino que nos puso el ejemplo vivo del perdón incluso en el momento de ser colgado de la Cruz.

Cada Eucaristía es un recuerdo del compromiso de vivir amando; de vivir reconciliados. La Eucaristía es un sacramento que nos recuerda no solamente la bondad y amor de Dios por nosotros, sino que nos impulsa a ser cada uno la sal de la tierra y la luz en el mundo. Pues por algo Dios nos dio un corazón y unas manos para trabajar por su Reino para que, viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos.

P. Miguel Ángel Ramírez González








[1] TERESA DE CALCUTA. Seremos juzgados sobre el amor. Ed. San Pablo. Madrid, 1986

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