La alegría del sí para
siempre
Eclo 15, 16-21
1Cor 2, 6-10
Mt 5, 17-37
El pasado 14 de febrero, el Papa Francisco, ante casi 20 mil
novios con motivo del día de San Valentín, reunidos en la Plaza de San Pedro,
les decía que no tuvieran miedo a decir "sí" al amor, viviendo el
perdón y la gratitud cotidianamente en el matrimonio. Les dijo:
“Es importante preguntarnos si es posible amarse ‘para siempre’ –dijo el Papa–. Hoy en día muchas personas tienen miedo de tomar decisiones definitivas, para toda la vida, porque parece imposible... y esta mentalidad lleva a muchos que se preparan para el matrimonio a decir: ‘Estamos juntos hasta que nos dure el amor’.... Pero, ¿qué entendemos por ‘amor’? ¿Sólo un sentimiento, una condición psicofísica? Ciertamente, si es así, no se puede construir sobre ello nada sólido”.
Continuó el Papa, “si el amor es una relación, entonces es una
realidad que crece y también podemos decir, a modo de ejemplo, que se construye
como una casa. Y la casa se edifica en compañía, ¡no solos!.. No querrán
construirla sobre la arena de los sentimientos que van y vienen, sino sobre la
roca del amor verdadero, el amor que viene de Dios. La familia nace de este
proyecto de amor que quiere crecer como se construye una casa: que sea lugar de
afecto, de ayuda, de esperanza”.
Así como el amor de Dios es estable
y para siempre, dijo el Papa, “queremos
que el amor en que se asienta la familia también lo sea. No debemos dejarnos
vencer por la ‘cultura de lo provisional’. Así que el miedo del ‘para siempre’
se cura día tras día, confiando en el Señor Jesús en una vida que se convierte
en un viaje espiritual diario, hecho de pasos, de crecimiento común... Porque
el ‘para siempre’ no es solo cuestión de duración. Un matrimonio no se realiza
sólo si dura, es importante su calidad. Estar juntos y saberse amar para
siempre es el desafío de los esposos cristianos. En el Padrenuestro decimos
‘Danos hoy nuestro pan de cada día’. Los esposos pueden rezar así´:
‘Señor, danos hoy nuestro amor de todos los días.... enséñanos a querernos’”.
Las palabras del Papa a los novios iluminan muy bien el
Evangelio del día de hoy (Mt 5, 17-37), ya que es un evangelio que, me atrevo a
decir, es "difícil", sobre todo en esta sociedad que quiero todo
provisional, deshechable, superficial, solamente cimentado en lo físico. Este
evangelio nos recuerda que Él no vino a abolir la ley de Moisés (10
mandamientos), sino a llevarlos a la plenitud del amor, donde por Él y en Él,
todo puede ser transformado. Es por eso que empieza con lo esencial, es decir,
con la relación que debemos tener hacia los demás: ni siquiera el insulto debe
existir entre nosotros. La reconciliación por medio del perdón deben ser la
tarea cotidiana del verdadero cristiano. Si tenemos ese fundamento, entonces,
siguiendo el texto, podremos vivir el amor pleno del matrimonio para poder
fundar una familia.
La ley del Sinaí era para Él sagrada, era el alimento de su
vida. Por eso toda ley tendrá que cumplirse, no como una imposición, sino como
una puerta hacia la libertad plena y la realización en el amor. Ahora bien, el
camino de la ley es cumplirla pensando no en un Dios-temor, sino en un
Dios-amor. La razón es que al amor no se
le responde cumpliendo, sino con otro amor, con una fe convertida en vida.
La revelación nos señala que el gran don que se nos dio
desde la creación fue la de ser libres. Libres para aceptar o rechazar a Dios;
libres para aceptar o negar la ley del amor. Dice el escritor bíblico:
“Si tú quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. El Señor ha puesto delante de ti fuego y agua; extiende la mano a lo que quieras. Delante del hombre están la muerte y la vida; le será dado lo que él escoja” (Sir 15, 16-21).
Cristo quiere que, desde el eje de nuestra libertad, contemplemos
que la ley deriva del Dios que es amor. Pide, por tanto, no una obediencia
vasallaje, sino una obediencia-amor. El hombre actual quiere una libertad que
es libertinaje, y que se coloque sobre todo y sobre todos. Tenemos el ejemplo muy
actual en que se quiere votar para la "despenilización de la marihuana"
para uso "terapéutico" en la Ciudad de México; y eso lo defienden los
pseudo-intelectuales, bajo el pobre argumento de que así desaprecerá o
disminuirá el narcotráfico. Quieren, a final de cuentas, una sociedad sin leyes
donde reine la anarquía.
No cabe duda, la convivencia en esta saociedad es dificil,
sobre todo cuando hemos creado un mundo de "narcisos" ególatras, en
el cual la norma es la satisfacción personal y el subirse sobre los demás para
alcanzar el éxito. Por ese motivo, el Papa Francisco les decía a los jóvenes en
esa reunión que "la convivencia es un arte, un camino paciente, hermoso y fascinante que tiene
unas reglas que se pueden resumir en tres palabras: ¿Puedo? Gracias,
Perdona. ‘¿Puedo?’ Es la petición amable de entrar en la vida
de algún otro con respeto y atención. El verdadero amor no se impone con dureza
y agresividad. San Francisco decía: ‘La cortesía es la hermana de la caridad,
que apaga el odio y mantiene el amor’ Y hoy, en nuestras familias, en nuestro
mundo, a menudo violento y arrogante, hace falta mucha cortesía”.
"Gracias.
La gratitud es un sentimiento importante ¿Sabemos dar las gracias?: En vuestra
relación ahora y en vuestra futura vida matrimonial, es importante mantener
viva la conciencia de que la otra persona es un don de Dios... y a los dones de
Dios se dice ‘gracias’. No es una palabra amable para usar con los
extraños, para ser educados. Hay que saber decirse gracias para caminar
juntos”.
“Perdona.
En la vida cometemos muchos errores, nos equivocamos tantas veces. Todos. De
ahí la necesidad de utilizar esta palabra tan sencilla: ‘perdona’. En general,
cada uno de nosotros está dispuesto a acusar al otro para justificarse. Es un
instinto que está en el origen de muchos desastres. Aprendamos a reconocer
nuestros errores y a pedir disculpas. También así crece una familia
cristiana. Todos sabemos que no existe la familia perfecta, ni el
marido o la mujer perfectos. ¡No digamos la suegra perfecta! Existimos
nosotros, los pecadores. Jesús, que nos conoce bien, nos enseña un
secreto: que un día no termine nunca sin pedir perdón... sin que la paz vuelva
a casa. Si aprendemos a pedir perdón y perdonar a los demás, el matrimonio
durará, saldrá adelante”.
Tenemos que empezar por sanar nuestros corazones y
nuestros matrimonios y familias desde sus mismas raíces. Empezar por vernos
como personas, reconciliarnos y creer sinceramente que solamente nos tenemos el
uno al otro en esta vida para amarnos. Junto a ello, empezar por educar a los
hijos en el ámbito de un amor responsable y oblativo; hacerles descubrir a los
hijos que el amor verdadero es algo demasiado importante como para que puedan
desviarse en sus primeros pasos. Recordar que la mejor escuela del amor es el
hogar y el ejemplo de los padres, y no los programas simplones y sin valores
cristianos que vemos muchas veces en algunos medios de comunicación.
Finalmente, que seguir a Jesús significa dejar atrás muchas cosas; los
evangelistas coinciden con una expresión: "dejándolo todo...",
referido a los apóstoles. Nosotros debemos empezar por dejar todo aquello que
nos oscurece el seguimiento de Jesús y nuestra vocación al amor verdadero.
Hay que empezar por educarnos en el verdadero amor,
entendiendo que el amor humano, según el plan de Dios, es el encuentro entre
dos personas, alma y cuerpo, en una mutua donación y respeto. El peligro no es
la carne -tan creada por Dios como el alma-; el peligro está en el desorden de
la realidad, en la carne pasión que devora el alma; el riesgo está en la
pasión, que consume a la inteligencia y la voluntad y que termina por hacer
verdadera la afirmación de Saint-Exupéry: "La pasión acerca los
cuerpos y aísla las almas".
La solución está en descubrir esa verdad de oro que San
Pablo nos recuerda: "nuestros cuerpos", nuestras vidas son "para
glorificar al Señor". Venimos a este mundo para una cosa solamente:
aprender a amar; por eso se nos dio al Espíritu Santo para amar como Cristo
amó, aceptando el riesgo de dar la vida en bien del otro. Aprender a buscar en
el prójimo no la satisfacción egoísta de los bajos deseos, o la utilización
cual si fuera un objeto, sino su perfección y crecimiento. Nunca
olvidemos que el mal no solamente termina por engendrar soledad, sino que su
fruto es siempre el odio y la muerte. Ojalá y los novios que escucharon al Papa
Francisco digan sí al amor fiel y fecundo; ojalá y nosotros aceptemos el
compromiso de arrancar toda mala hierba de sobrerbia y egoísmo.
Hace algunos años se reunieron varios psicólogos,
especialistas en distintas áreas, para determinar los caminos para formar un
matrimonio feliz y duradero. Los resultados son tan parecidos a lo que nos pide
el amor evangélico. Escriben:
1° Nunca se enojen los dos al mismo tiempo.
2° Nunca se griten el uno al otro, a menos que la casa se
esté incendiando.
3° Si uno de los dos tiene que ganar en una dsicusión,
deja que sea tu cónyuge.
4° Si tienes que criticar, hazlo con amor.
5° Nunca se echen en cara los errores del pasado.
6° Sé negligente con cualquiera antes que con ti cónyuge.
7° Nunca se retiren a dormir con un desacuerdo por resolver.
8° Por lo menos una vez al día trata de decir algo
bondadoso o un cumplido agradable a tu cónyuge.
9° Cuando hayas hecho algo equivocado, prepárate para
admitirlo y dicúlpate.
10° Dos no se pelean si uno no quiere, y el que está
equivocado es el que más habla.
Pidamos este día por todos los matrimonios presentes en
esta Ecuaristía; pidamos por aquellos que se encuentran pasando por alguna
crisis; pidamos también por aquellos que, por alguna razón se han distanciado,
para que el perdón toque sus corazones. Pidamos para que todos podamos decir
como el salimista: Muéstrame, Señor, el
camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado. Enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón (Salmo 118). Amén.
P. Miguel Ángel Ramírez González
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