Danos
hoy, el milagro de cada día...
Lecturas
3er. Domingo ordinario:
Isaías
8, 23-9, 3
1Corintios
1, 10-13.17
Mateo
4, 12-23
San Pablo fue uno de los primeros sorprendidos al
contemplar la obra de la gracia en las personas. Sabía que era obra de Cristo,
quien trabajaba en la Iglesia
mediante el Espíritu Santo. Todo, sus predicaciones, sus desvelos por las
comunidades, sus naufragios y persecuciones tendrían a la larga un fruto. Es
por eso que a las mismas comunidades las conminaba siempre a no olvidarse de
que eran “testigos” de Cristo ante el mundo. Todos, por razón de ese Espíritu,
deberían hace presente a Dios, tanto en la vida diaria como en la sociedad. Es
por eso que cualquier acto en contra del amor se volvía en una realidad que
podía hacer infructuosa la gracia en las comunidades.
La comunidad de Corinto, tan difícil que era, pero tan
amada por Pablo, estaba dividida y existían ciertos problemas morales; es la
razón por la que el Apóstol les escribe:
“Los exhorto, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos vivan
en concordia y no haya divisiones entre ustedes, a que estén perfectamente
unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar” (1 Cor 10,11).
Cualquier división, cualquier violencia, toda envidia
o arrogancia, cualquera falta de perdón, cualquier crítica, todo ello eran
expresión viva del pecado. Por eso, acuñaría aquella frase que marcaba el ser
de la Iglesia: Cristo, con su cuerpo,
derrumbó el muro que nos separaba, el odio. La Iglesia es, por lo tanto, no
un club de amigos, sino un pueblo de hermanos reconciliados en Jesús.
Como en tiempos de Pablo, hoy podemos decir que el
milagro verdadero empieza cuando la comunidad o la familia, empiezan a amarse y
a perdonarse realmente. No solamente se convierten en signos del Reino de
Cristo, sino que hacen real el milagro de la Pascua.
Esa es nuestra tarea: en la vida diaria, realizar el
milagro del amor, del servicio, de la entraga. La Iglesia no se cansa de
hablarnos de la importancia que tiene el signo del amor, expresado en la unión
y la caridad por los más necesitados.
Casualmente uno de los personajes que más me recuerdan
al querido Papa Juan Pablo II es el Papa
Jacinto. Se trata de un personaje ficticio nacido de la mente de Gerard Bessière. Este escritor
escribió una serie de historias que narran las aventuras del Papa Jacinto, quien
un día decide fugarse del Vaticano y se dedica a andar por todas partes y a
conocer a todas las gentes bajo el disfraz de un taxista, siempre oculto en la
pobreza y el anonimato. Uno de los personajes más pequeños que le acompañan
siempre es una niña llamada Gabriela; y en verdad que hay anécdotas
maravillosas.
“Aquella tarde a Gabriela le preguntó su amigo
Jacinto:
—¿Qué has hecho
hoy en la escuela?
—He hecho un
milagro—respondió la
niña.
—¿Un milagro? ¿Cómo?
—Fue en el
catecismo.
—¿Y cómo
hiciste el milagro?
—Tenemos como
profesora a una señorita que está muy enferma. No puede hacer nada ella sola,
sólo hablar y reír.
—¿Y qué pasó?
—La señorita
hablaba de los milagros de Jesús. Y los niños dijeron: No es verdad que haya
milagros. Porque si los hubiera, Dios te hubiera curado a ti.
—Y ella, ¿qué
dijo?
—Dijo: Sí, Dios
hace también milagros para mí.
Y los niños
dijeron: ¿Qué milagro ha hecho?
— Entonces ella
dijo: Mi milagro son ustedes.
- ¿Por qué?, le
preguntamos. Y ella dijo: Porque me llevan los miércoles a pasear, empujando
mi silla de ruedas.
- ¿Lo ves?
Hacemos milagros todos los miércoles por la tarde. La señorita dijo también
que habría muchos más milagros si la gente quisiera hacerlos.
—¿Te gusta a ti
hacer milagros?
—Sí. Tengo
ganas de hacer un montón. Primero pequeños. Cuando sea mayor voy a hacer
milagros grandes.
—¿Todos los
miércoles?
—Quiero
hacerlos todos los días. toda la vida.
—¿No te parece
que la vida es también un milagro? Preguntó el Papa.
—No—dijo
Gabriela—. La vida es para hacer milagros.
Recuerdo que cuando leí esa frase me cayó como agua
fría, pues así debería ser mi vida, pensé. Gabriela tiene razón, la vida es para hacer milagros, los
miércoles, y los jueves, y los domingos. La vida no es para sentarse esperando
que Dios haga milagros espectaculares, no es para limitarse a confiar en que
él resuelva nuestros problemas, sino para empezar a hacer ese milagro pequeñito
que él puso ya en nuestras manos, el milagro de perdonarnos, de querernos y de ayudarnos.
¿Es que será más milagroso devolverle la vista a un
ciego que la felicidad a un amargado? ¿Más prodigioso multiplicar los panes que
repartirlos bien? ¿Más asombroso cambiar el agua en vino que el egoísmo en
fraternidad? Si los hombres dedicásemos
a construir milagros pequeñitos la mitad del tiempo que invertimos en soñar los
espectaculares, seguramente el mundo marcharía ya mucho mejor.
Cómo me imagino a esos pescadores llamados por Jesús
que un día se pusieron de buenas a primeras a predicar y a curar. Supieron que
no habían venido a este mundo a quedarse sentados y a consumirse por la muerte,
sino que debían trabajar por el Reino de Dios a fuerza de pequeños milagros. Y
así lo hicieron, como Jesús, aunque en ello les llevara la vida. Esa frase
de “dejándolo todo lo siguieron” deberá referirse no solamente a
que dejaron su fuente de trabajo, sino que es
una imagen igualmente valedera para las renuncias a todo aquello que no nos
permite vivir la fe y el amor; todo aquello que no nos permite vivir
dignamente. Porque dejaste tu egoísmo, porque dejaste el vicio, porque
perdonaste, porque dejaste todo eso, eres capaz de seguir a Cristo.
Y el Reino de Dios empieza donde existe el amor,
porque Dios es amor, nos dice san Juan. Hermanos, el milagro de amar pueden
hacerlo todos, niños y grandes, pobres y ricos, sanos y enfermos. Fíjense bien,
a un hombre pueden privarle de todo menos de una cosa: de su capacidad de
amar. Un hombre puede sufrir un accidente y no poder volver ya nunca a caminar.
Pero no hay accidente alguno que le
impida amar. Un enfermo mantiene entera su capacidad de amar: puede amar el paralítico, el moribundo, el
condenado a muerte. Amar es una capacidad inseparable del alma humana, algo que
conservará siempre incluso el más miserable de los hombres, a menos, claro,
que no deseemos amar y prefiramos quedarnos en el capullo del egoísmo.
Lo que nuestra
fe católica nos dice es que solamente en el infierno no se podrá amar. Porque el infierno es literalmente
eso: no amar, no tener nada que compartir, no tener la posibilidad de sentarse
junto a alguien para decirle ¡ánimo! o ¡te perdono! Para los condenados no
existe el amor, ni siquiera como posibilidad.
Pero mientras vivimos nosotros en este mundo, no hay
cadena que maniate al corazón, salvo claro está la del propio egoísmo, que es
como un anticipo del infierno. «Los
verdaderos criminales —decía Follerau—
son los que se pasan la vida diciendo yo
y siempre yo».
En cambio, allí donde se ama, se ha empezado a
construir ya el cielo a golpe de milagros. En definitiva, los milagros, para
Jesús, eran ante todo «los signos del
reino», ¿y qué mejor signo de un reino de amor total que empezar
queriéndose aquí con amores pequeñitos como el de Gabriela y sus compañeras de
escuela?
Con Jesús, en su Iglesia, digámosle: el milagro de cada día, dánoslo hoy, Señor.
P. Miguel Ángel Ramírez González
No hay comentarios.:
Publicar un comentario