Yo hago la voluntad de Dios
2 Domingo del
tiempo Ordinario
1ª Lectura: Is 49,
3,5-6
2ª Lectura: 1Cor
1, 1-3
Evangelio: Jn 1,
29-34
Cuenta el teólogo alemán Teulero: “En un momento dado, yo buscaba dar una
definición de la voluntad de Dios. Pero en vano, erraba por los jardines,
entraba en las iglesias, investigaba en las bibliotecas. Pero nada”.
Un día, al salir de la
Iglesia, donde acababa de rezar, encontré a un anciano que pedía limosna a la
puerta. Le dije:
- Buenos días, señor. Y le
di una limosna.
Pero el anciano me replicó:
- Todos los días son
buenos.
Me detuve extrañado:
- Pero, ¿cómo puede usted
decir, en el estado en que se encuentra, que todos los días son buenos?
- Sí, señor –respondió-. Yo hago la voluntad de Dios. Si él quiere que llueva, yo lo quiero
también. Si quiere que haga buen tiempo, yo estoy de acuerdo. Si él quiere que
sufra un poco, estoy de acuerdo. Cuando era joven trabajaba. Ahora que soy
viejo, gracias a la bondad de la gente puedo seguir viviendo. Por eso todos los
días son buenos para mí.
Teulero razonó: “Este
anciano es más sabio que yo. Acaba de darme la definición de la voluntad de
Dios”.
Cuando Dios presentó a su Hijo, lo hizo diciendo que
era el Hijo bienamado, pero añadió un mandato: ¡escúchenlo! La voluntad de Dios es que escuchemos a Jesús y, como
dijo María en las bodas de Caná a los sirvientes: “hagan lo que él les diga”
(Jn 2,5). Escuchar su palabra significa obedecerla, es vivirla, es hacer del
evangelio el vivir cotidiano. Porque obedecer a Dios no es obedecer una fuerza
ciega; no es tampoco algo inalcanzable, lejano a nosotros, sino que se trata de
escuchar y obedecer a una persona: Jesús de Nazaret.
Un día, cuando Juan el Bautista señaló a Jesús, lo
hizo sabiendo que él tenía que desaparecer para que la luz verdadera brillara;
lo señaló para que todo el pueblo de Israel lo reconociera como el Enviado: “Este es el Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo. Este es de quien yo he dicho : ‘el que viene después de
mí, tiene precedencia sobre mí, porque existía antes que yo’... Yo lo vi y doy
testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34). Juan nos muestra
en ese hombre al Hijo de Dios, al que “quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29);
es él quien nos bautizará con el Espíritu (cf. Jn 1, 33) para tener la vida
nueva.
Estamos iniciando un año más, y la Iglesia nos invita
a que volvamos los ojos a Dios, sabiendo que solamente así podremos encontrar
el sentido a lo que somos y hacemos. La fe cristiana no es una fe entre tantas.
Creer en Jesús no es creer solamente en Dios, es aceptar que su entrada en la
historia humana realmente ha transformado todo y sigue transformándolo todo,
incluso la propia vida.
Ver a Jesús; sí, ver a ese hombre de Galilea y decirle
“creo, Señor, que eres el Hijo de Dios”, significará
que aceptemos transformar la vida desde la dimensión nueva de la fe. La
historia que les platiqué me ha impresionado, porque yo descubro que no he podido llegar a ese nivel de fe;
muchas veces me revuelve el estómago tener que aceptar muchas cosas difíciles que
me pasan. ¡Qué difícil es ponerse ante él y, llevando encima las enfermedades,
los problemas, tal vez la cercanía de la muerte, poder decirle : Yo hago tu voluntad, Señor.
Estar ante Jesús en esa actitud de fe y de oración
significa llegarse a él totalmente desnudos y vulnerables. Sin máscaras. Sin
barreras. Mostrando lo que somos y tenemos, con el deseo de que él vuelva su
rostro a nosotros.
Cómo me gustaría seguir los doce meses de este año con
esa actitud de ofrecimiento y de entrega a Dios. El Papa Bueno, el beato Juan
XXIII, siendo seminarista escribió lo siguiente: “Ya llueva, ya haga sol o haga frío, ya sea alto o bajo el superior, ya
decida esto o aquello, lo acepto todo gustoso. Sin una murmuración, sin una
crítica, ni por fuera ni en mi corazón. En mis labios siempre una sonrisa. Ni
me emborracha el éxito ni me inquietan las tristezas de la vida”. Juan
XXIII y el anciano limosnero de la historia de Teulero eran hombres de fe que
sabían confiarse a la palabra de Dios; eran personas que sabían que no importa
qué pase, estamos en las manos del Señor. Ambos reconocían el rostro de Jesús
en cada acontecer de su vida, en las buenas y en las malas.
Por eso mismo, les invito a que dejemos nuestras vidas
en sus manos. Creo que ya podemos darnos cuenta que sin él nada podemos: ni
perdonar, ni creer en el mañana, ni seguir caminando cada día.
Ver a Jesús, creer en él, depositarle nuestras vidas
en sus manos, seguirle aunque el camino sea crucificado, significa que la fe
nos ha dado una dimensión nueva para vivir. Es verdad, tenemos que vivir para
algo y para Alguien.
Desde hace dos mil años, primero Juan y después la
Iglesia nos muestran a Jesús: este es el
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Quedará de nosotros el modo
de ver cómo seguiremos en la vida: a él en la fe, o solos en el vacío.
P. Miguel Angel Ramírez González
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