Senderos de Vida
Presentación
No
he edificado nada, no he transformado el paisaje, lo más probable es que no
dejaré huella en ninguna parte. Estos han sido los pensamientos que han girado
por mi mente a lo largo de varios años. Sin embargo aconteció un milagro
maravilloso hace poco. He tenido la oportunidad en estos días de ver crecer,
entre las grietas de unas piedras, una plantita de cedro. Me preguntaba: ¿cómo
es posible que en medio de la aridez nace la vida? Probablemente quede como un
pequeño árbol o se levantará gigante y romperá las piedras mismas para mirar de
frente al sol. ¿No es esta una parábola de la vida, un signo de Dios para mí?
Así
es, a más del medio siglo de edad, me preguntaba, ¿será esto acaso un símbolo? ¿Es
acaso el símbolo de la vida en medio de la aparente esterilidad? Tal vez mi
vida sí ha sido fecunda después de todo. Tal vez en medio de la aridez de la
historia soy esa plantita que lucha por brotar y ser signo del Dios de la vida.
Pensaba
también que no he engendrado a nadie. Nadie por las calles lleva mis rasgos.
Pero he visto en muchas miradas la luz de agradecimiento. He descubierto que me
gusta mucho mirar los rostros de las personas, desde el terso rostro de un
bebé, hasta el rostro surcado de arrugas de un anciano. Cada uno esconde una
historia y un sueño; cada rostro es un universo que no se volverá a repetir, y
cada rostro ha sido una epifanía para mí. A lo largo de mis años de ministerio
sacerdotal he podido dar una luz nueva de esperanza y de fe a esos rostros, que
al paso de los años se van haciendo parte de mi propia historia. Sé que ahora
algunos de esos rostros llevan esa luz nueva que les he trasmitido, y ese ha
sido el gran gozo de mi “paternidad”, la alegría pastoral de haber comunicado
la Vida misma.
Así
he visto mi vida: como la tarea de ayudar a los otros a amar la vida, su vida,
a amar a los otros, a que se descubran y amen a sí mismos, y llevarlos a la
fuente del amor para que amen a Dios. Ser colaborador de esa transfiguración, y
ser parte de esa vida que, en Dios, busca un sendero nuevo. Después de eso,
regreso a mi habitación, enriquecido por esa gracia de haber sido portador y
colaborador con Dios; me guardo entonces en el bolsillo de mis recuerdos la
imagen de un rostro más y de una historia que forma parte ya del “quinto
evangelio”.
En
ese caminar de mi vida he encontrado a Cristo, sigo encontrando a mi Señor.
Estamos en un mundo enfermo, no cabe duda, pero Jesús sigue estando presente
como una luz en medio de la oscuridad, como vida en el desierto. Y sé también
que él se vale de mí, de sacerdotes como yo, vasijas frágiles, para comunicar
esa luz y esa esperanza. Al paso de los años se hacen cada vez más vivas para
mí las palabras de Pablo, cuando dice a su comunidad de Filipos: ya sea por mi vida, ya sea por mi muerte,
Cristo será glorificado en mí, pues para mí la vida es Cristo y el morir una
ganancia (Flp 1, 19-20).
En
esta serie de textos que llevarán el título de "SEnderos de Vida",
queremos compartir estas semillas del Evangelio que, por las aguas de la gracia
divina, brotarán en el corazón de muchas personas. Estos textos han sido
alimento de muchos a lo largo de años, y he podido ser testigo de sus frutos en
la vida de todos ellos. Ahora, con la ayuda de la ciencia humana, queremos que
más personas lean, se alimenten con estas reflexiones y caminen por los
senderos de vida, guiados por la única
luz que es Cristo.
Enero
de 2014
P.
Miguel Ángel Ramírez González
De verdad, muchísimas gracias por compartir por este medio, hace mucho que he buscado las publicaciones de senderos, y me parece increíble poder leerlas, que Dios siga bendiciendo y María acompañando al Padre Miguel en estos senderos que tanto nos enseñan.
ResponderBorrar