Recordemos nuestro bautizo
El domingo pasado celebrábamos la
"Manifestación" del Señor a todos los pueblos; era la luz que llegaba
a un mundo cubierto de tinieblas. Hoy tenemos otra "epifanía", pero
de las tres personas divinas: el Padre deja escuchar su voz, presentando a su
Hijo "bien amado", y lo consagra para la misión bajo la sombra del
Espíritu Santo, simbolizada en la paloma.
El Bautismo de Jesús por Juan no fue
propiamente un sacramento, sino la expresión de solidaridad de Jesús, como
parte del pueblo de Israel, mediante un rito purificatorio. Israel estaba
preparándose para el día de la llegada del Mesías, y Dios mismo lo presente como
tal al "pequeño resto" reunido con Juan, quienes son testigos de esta
"epifanía". Jesús es el “Hijo amado”, el “consagrado por el Espíritu.
La liturgia es también apta este día para
recordarnos nuestro bautismo, así como los frutos de este en nuestras vidas.
Cuando San Agustín recordaba en "Las Confesiones" su bautismo, lo
hacía con un gozo profundo y sincero: rebosante
de dulzura extraordinaria, aquellos días no me saciaba de considerar la
profundidad de su designio para la salvación del género humano.[1]
Yo no tengo memoria de mi bautismo, ya que lo recibí a los 8 días de nacido;
pero, desde que tengo conciencia de su significado, no dejo de asombrarme y
gozarme de ese don, expresión del amor de Dios en Cristo Jesús. En primer
lugar, descubro que ese día del bautismo "entramos" a la casa de la
Trinidad, de modo que por la presencia del Espíritu, fue plasmado Cristo en
nuestro ser para la eternidad, de modo que, a partir de ese instante, el Padre
nos hizo sus hijos: Ya no eres esclavo,
sino hijo: y si hijo, también heredero (Gál 4, 7), señaló Pablo.
De verdad, el bautismo es un "nuevo
nacimiento" y, por lo mismo, un nuevo llamado a la vida en el amor y por
el Amor. La muerte al pecado en cada uno de nosotros, nos abre el horizonte de
la realización en el amor. El bautismo nos incorpora en el misterio de la
muerte y resurrección de Cristo, muriendo al pecado y disfrutando ya la vida
resucitada de Cristo.
Viene después, a lo largo de toda la vida,
el compromiso de hacer fructificar el regalo de esa filiación con Dios, del
regalo de la muerte y resurrección de Cristo. Dicho en palabras sencillas,
nuestra vida desde ese día no tiene otra meta que la santidad, para volvernos
morada digna de Dios Trinidad.
Dios ha llamado a todos a la vida en Él,
pero dependerá de cada uno el modo en que construye y hace fructificar los
dones recibidos en el bautismo. En el NT la Parábola de los Talentos se explica
muy bien, ya que habla de don gratuito, pero también de justicia, pues ese
mismo Señor pide cuentas al final del regalo que se encargó antes de su
partida.
Lo triste es que
no todos aceptan el regalo, y muchísimos decidirán producir frutos al final (aún
así la misericordia de Dios estará presente hasta el último segundo de sus
vidas). Pero debemos nosotros buscar la santidad de vida a toda costa, aunque
no alcancemos ser nombrados en el santoral ni se escriban libros sobre nuestras
pequeñas existencias.
Por desgracia,
por las historias de los hagiógrafos, se nos ha ido clavando en la mente la
idea de que la santidad es algo alejado de nosotros, algo inalcanzable. Sobre
todo porque han brillado en la historia de la Iglesia hombres de la talla de
Pablo, Pedro, Agustín, Francisco de Asís, Teresa de Avila, Juan de la Cruz,
etc., y vemos que nosotros llevamos una vida que no brilla casi nada, pobres
estrellas opacadas ante tales lumbreras.
Joseph Malegue escribió una novela, que no terminó, titulada:
"LAS CLASES MEDIAS DE LA SANTIDAD". Dice él que no debemos buscar
solamente "en los grandes santos,
los aristócratas de la santidad; sino mirar también a esas almas modestas o
clases medias de la santidad".
Hemos trazado
muy tajante la línea entre aquellos hombres que han tomado al Evangelio por
donde más quemaba y lo realizaron en sus vidas, alcanzando una luminosidad que
todavía hoy alumbra, y aquellos otros, hombre y mujeres que parece que vegetan
en el cristianismo.
Además de falsa,
esta distinción es terriblemente desalentadora. Algunos hemos llegado a creer
que como no alcanzaremos la pobreza de Francisco de Asís, la entrega de Teresa
de Ávila o la devoción del Cura de Ars, tendremos que cumplir y esperar a que
Dios nos meta al cielo, al final, por la puerta de servicio, casi a escondidas.
Además, sabemos que muchos santos han realizado milagros, y nosotros ya tenemos
bastante con hacer cada día unos cuantos pecados.
Si abrimos bien
los ojos, podremos ver que además de esos santos de primera (bendito Dios que
los hay), hay un mundo lleno de santos de segunda y hasta de tercera. Son esa
gente buena que ama a Dios; son esos laicos y sacerdotes que, cuando estamos
cerca de ellos, sentimos casi una presencia física de Dios por la bondad que
reflejan. Son almas sencillas, pero entregadas; normales, pero fidelísimas a su
vocación personal. Personas que descubrieron que la santidad se construye con
los ladrillos de todos los días, buscando solamente unirlos con la argamasa del
amor a Dios y al prójimo. Al final de cuentas es facilísima la santidad si
estamos dispuestos a poner nuestra voluntad en las manos divinas y si queremos
arriesgarnos en la fe para vivir el encuentro con Dios en el amor al prójimo.
Les confieso que
yo me he encontrado con muchas personas así, y me he sentido feliz de estar a
su lado. Y he pensado que con un poquito de esfuerzo, hasta podría parecerme a
ellas, ya que estas personas son como señales de la presencia de Dios en su
Iglesia, en medio de un mundo desacralizado y ausente de Dios.
Les platico esto
para que nos se desalienten. Cuántos han pasado 20 o 30 años de sus matrimonios
donde han habido más gritos que abrazos, más problemas que alegrías. Pero ello
no es motivo para desalentarse. Recuerden que los pescadores del Evangelio
estuvieron "trabajando toda la noche"; y cuando parecía que allí
acababa todo, aparece Jesús, diciéndoles que echen nuevamente la red, y por el
lugar más inesperado. Dios nos permite que luchemos un momento solos, para que
después lo hagamos con Él, pero de un modo sencillo, en la cotidianeidad de la
vida común. El P. Charles Möeller lo dice mejor que yo: "el centro del cristianismo es el
misterio de esta humildad de Dios". Sí, el Dios cristiano, amén de
todopoderoso (como lo muestra Isaías), al hacerse visible todo fue humilde y
sencillo. Se hizo simplemente hombre a quien sus enemigos pudieran abofetear
sin que por ello sacara relámpagos del cielo. Un Dios que es humilde en su
revelación, hecha a través de textos igualmente humildes, difíciles de
interpretar, expuestos a malas interpretaciones, mucho menos claros que un
texto de algún filósofo o un matemático. Un Dios humilde en su Iglesia, la cual
no fue formada con una élite de escogidos, sino como una esposa indefensa,
tartamudeante y armada con una modesta honda y unos pocos guijarros contra el
Goliat del mundo. Un Dios humilde también en la tierra que eligió nacer: en
Palestina, que no es un de prodigio de
belleza ni paraíso de orden y paz.
Añade el P. Möeller: "El Señor de la gloria no ha querido ni el poder ni la nada, ni el
trueno ni el silencio del abismo, pues el poder tiránico o la sombría nada son
lo contrario del amor. El amor quiere la dulzura humilde y gratuita, que nos
defiende, que ofrece de antemano su cuello a los verdugos y, sin embargo, es
más poderoso que la muerte, y mil torrentes de agua no podrán extinguir el
fuego de la caridad. El amor quiere también la vida, la vida dulce; el amor da
la vida, no la nada."
Por eso estoy
convencido, hermanos, que a este Dios humilde le gustan los santos humildes y
pequeños, como lo fue María, su Madre. Y es una suerte que nos permite el no
desanimarnos quienes tenemos un amor de hoguera y no de volcán.
Aprender que la
santidad, a la que Dios nos llama por el bautismo, consiste en subir, no
importando cual camino se tome. Lo que importa es amar, aunque sea un amor
balbuciente. Al final los caminos se encuentran. Allí nos quitaremos las
sandalias, pues estaremos ante el que es verdadera y totalmente santo: Dios.
Como les decía,
todos hemos sido llamados a la santidad. Muchos de nosotros nos hemos de sentir
indignos de Dios por una vida pecadora y mediocre. Pero a Dios no le importa,
de hecho, y como lo dice san Pablo a la comunidad de Corinto que Dios elige lo
débil en orden a que brille su fuerza y su gloria, y esa, hermanos es la
santidad.
Sí, Dios nos ama
y nos llama no por méritos, sino por puro amor. Poco antes de morir, el P.
Carlo Carreto escribió su obra póstuma: "Y vio Dios que era bueno", donde dice de un modo conmovedor:
"Lo que vives en la tierra es sólo
un comienzo, un gemido de un niño, un abrir los ojos a la luz, una primera
experiencia de amor, una prueba de fidelidad, una escuela de signos, un primer
alfabeto divino, una comunicación de luz... un tensión cada vez más fuerte
hacia el Padre, una búsqueda del tesoro escondido en el campo de la tierra,
donde has nacido a la vida".
Es verdad,
vivimos apenas el comienzo, por ello debemos seguir luchando, dando el alma a
jirones, amando hasta el final, buscando en nuestro caminar siempre las huellas
del divino Maestro. Como Pedro, que "dejándolo todo lo siguieron".
La autora suiza Sabine Naegeli compuso
una oración que traza los rasgos del espíritu que debe guiar a todos los
bautizados, a sabiendas que el que hace aunque sea un poco, logra hacer mucho:
Señor, bendice mis manos
para que sean delicadas
y sepan tomar
sin jamás aprisionar,
que sepan dar sin calcular
y que tengan la fuerza
de bendecir y consolar.
Señor, bendice mis ojos
para que sepan ver la necesidad
y no olviden nunca
lo que a nadie deslumbra;
que ven detrás de la superficie
para que los demás se sientan felices
por mi modo de mirarles.
Señor, bendice mis oídos
para que sepan oír tu voz
y perciban muy claramente
el grito de los afligidos;
que sepan quedarse sordos
al ruido inútil y a la palabrería,
pero no a las voces que llaman
y piden que las oigan y comprendan
aunque turben mi comodidad.
Señor, bendice mi boca
para que dé testimonio de ti
y no diga nada que hiera o destruya;
que sólo pronuncie palabras que
alivian,
que nunca traicione confidencias o
secretos,
que consigan despertar sonrisas.
Señor, bendice mi corazón
para que sea templo vivo de tu Espíritu
y sepa dar calor y refugio;
que sea generoso en perdonar y
comprender
y aprenda a compartir dolor y alegría
con un gran amor.
Dios mío, que puedas disponer de mí
con todo lo que soy y con todo lo que
tengo. Amén.
Yo espero que el día de nuestra muerte,
cuando veamos a Dios cara a cara, podamos escuchar las mismas palabras que dijo
a su Hijo Jesús: este es mi hijo amado, en quien me he complacido. Porque esa será la expresión que resume la
vida de alguien que tal vez no fue un gran santo, pero que puso su granito de
arena para la construcción del Reino de Dios.
P. Miguel Ángel Ramírez González
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